Celos cosidos

febrero 17, 2012

Foto: http://www.elestenoticias.com

Desde que se habían conocido ella le había advertido que era demasiado celosa. Javier, pese a todo la había aceptado. La quería y pensaba que ella era la mujer de su vida.

Lo que Javier nunca se imaginó fue que fuera celosa obsesiva, de esas que necesitaba saber dónde andaba y con quién a toda hora del día.

Esa tarde, cuando Javier estaba en el centro comercial, de la mano de ella, celebrando el tercer aniversario de noviazgo, la miró a los ojos, le dijo cuánto la amaba y le pidió que fuera la mujer de su vida. Luego, sin pensar, simplemente dejándose llevar por esa característica del ser humano de ir siempre mirando al frente, se encontró con los ojos achinados de una mujer de cabello negro que estaba en la puerta de un almacén de ropa casual, observando hacia afuera.

Ella, con sus celos, con sus ojos, con su boca, dijo todo lo que había visto en ese momento. El hombre del que se había enamorado, ese con el que había compartido sus últimos tres años, Javier. La había vuelto a traicionar y esta vez, esta vez lo iba a pagar.

No le dijo nada más. Simplemente calló en el trayecto del Centro comercial a la casa. Javier la notaba extraña, pero no se lo dijo. Era el aniversario, no quería arruinar la situación.

Como una buena fiesta de aniversario, luego de la comida que habían tenido en el centro comercial, terminaron con una larga jornada de sexo que los dejó exhaustos a ambos, más a Javier que había trabajado todo el día desde las cinco de la mañana.

De todas formas, Javier la notó rara.

-¿Qué tienes?- le preguntó.

-Nada- respondió ella.

-Si, claro que tienes algo.

-Pues, es que…

-Es que ¿qué?

-Lo volviste a hacer Javier, traicionaste mi confianza y miraste a esa mujer en el centro comercial.

-Nuestros ojos se encontraron en el aire- dijo él.

-Por eso, me traicionaste.

-Pero ni la toqué. Simplemente miré al frente y ella estaba ahí- Subía el tono Javier.

-Pero pudiste volver la mirada para otro lugar, o simplemente cerrar los ojos.

Javier sonrió irónico, se volteó y le dio la espalda a su novia, no quería seguir discutiendo por una bobada. Así, con su rabia y esperando tranquilizarse para hablar al otro día, se quedó dormido.

Ella, con su ira, con el hervor de la traición en la sangre, no pudo aguantar más, si no la miraba solo a ella, él no podría mirar a nadie más. Así que hizo uso de todas esas clases de cosido que le había dado mamá para aprender a pegar bien desde un botón hasta una  lona super resistente, miró a su novio exhausto, sabía que no se despertaría, tomó aguja e hilo y empezó a coser de manera muy finita los párpados de cada ojo.

Una tras otra Javier sentía las puntadas, pero no se despertaba. El hilo le unía la parte superior con la inferior, sus ojos no se volverían a abrir.

Cuando hubo terminado su labor, ella sonrió. Sabía que los ojos verdes de él, gigantes, hermosos, no volverían a mirar a nadie más, ni siquiera a ella y eso la tranquilizaba.

Al otro día, cuando Javier quiso despertar, vio todo hecho oscuridad, los ojos le dolían, la cabeza también, los párpados le pesaban, los párpados no le abrían, los párpados le sangraban, también el corazón.

Esa mañana, despertó y vio de lo que era capaz la mujer a la que le entregó sus últimos tres años, esa misma mañana la sacó de su vida mientras sentía como el médico le sacaba uno a uno los puntos que en los ojos le incrustó.


Tiempo (Metro) perdido

enero 25, 2012

 

El reloj marcaba las diez y treinta y siete minutos de la noche, el metro estaba a tres minutos de partir, él como cada viernes se había quedado un rato con los compañeros de trabajo tomando algo, pero esta vez estaba un poco más ebrio que de costumbre y muy lejos de la estación donde el tren iniciaba el recorrido.

Le puso la mano al primer bus verde que vio pasar cerca a donde iba caminando, con dificultad se subió apenas le paró, cruzó la registradora con torpeza, le preguntó al conductor cuánto costaba y mientras el bus arrancaba, respiraba por la boca e inundaba con su tufo el resto del vehículo. Buscó en los bolsillos un par de billetes, con dificultad y muy arrugados los sacó y mientras los trataba de planchar, se los entregó al conductor y le pidió un tiquete integrado que le permitiría viajar en el metro sin detenerse en la taquilla. Así no le detectarían la borrachera con solo olerle el aliento.

Apenas pagó, se dejó caer en una silla y le gritó al conductor.

¡Vamos rápido que me va a dejar el metro!

El resto del bus se rió y esperó tranquilo, ninguno usaba el tren a esa hora, todos hacían el transporte intermunicipal en bus de un pueblo a otro, solo que en el medio estaba la estación del metro. Así que a nadie le importaba la salida del tren.

El bus aceleró y en menos de tres minutos había hecho todo el recorrido hasta la estación. El hombre con su borrachera se había quedado dormido, una señora cerca a él lo despertó. Cuando se incorporó, miró a todos lados como quien no sabe donde está parado y dando tumbos se colgó su bolso a la espalda y le agradeció al conductor, con dificultad bajó las escaleras del bus y se encontró frente a las que llevaban a la estación del Metro.

Se acomodó el pantalón, se movió el pelo con la mano derecha y con la izquierda se limpió la boca, algo de baba tal vez se había escapado. Luego miró a todos lados, hizo un gesto con su rostro y empezó a caminar procurando hacerlo en linea recta, para que nadie se diera cuenta de su borrachera, especialmente los auxiliares bachilleres de la policía, quienes le podrían impedir el ingreso a la estación para tomar el metro.

El tren esperaba terminar el abordaje en la estación, el hombre lo vio, distante, inalcanzable, corrió, esta vez no importó la línea recta que llevaba en la cabeza, solo importaba irse en ese tren que estaba aparcado allí.

En zig zag y con dificultad fue acercándose a la puerta de la estación, el tren se marchaba. Un auxiliar de la policía que estaba allí, le impidió el ingreso, ya no habían más trenes en dirección sur-norte, el hombre procuró explicarle que debía llegar al otro lado de la ciudad en tren. Pero ya el joven no sabía qué decirle. Así que tuvo que cerrarle la puerta en la cara, puerta que le sirvió de apoyo al hombre borracho para poner el bolso que traía en la espalda y usarlo de almohada y dormir un rato, esperando que se le quitara la borrachera y a que saliera el primer tren a las cuatro de la mañana del otro día.

Foto: http://mata.freeflux.net/


Encuentros fugaces

enero 20, 2012
Toda la tarde en el salón de belleza veía los frutos en este instante de la noche. Mariana tenía sus rayos monos recién hechos y jugaban con el negro de su cabello, sus uñas bien pintadas, tanto las de las manos como las de los pies. La depilación había quedado perfecta. Y en este momento se veía el resultado: Jaime, el chico que le había gustado toda la vida, la estaba esperando afuera. Sería la noche en la que ambos podrían perderse, sumirse y entregarse el uno al otro.

Con sus shorts de Jean, una blusa strapples blanca, su tirita de cuero sosteniéndole el cabello, una pulsera gruesa de metal en el brazo derecho, sus sandalias cafés y su cartera, se veía perfecta, deliciosa. Al menos eso le dijeron los ojos de los cerca de veinte hombres que habían girado su cabeza cuando la vieron pasar a su lado cuando entraba a la discoteca.

Ahora era su momento, con su pinta bien puesta, sus labios bien llenos de brillo, sus pestañas bien pintadas, sus cachetes colorados por el polvo artificial, unos cuantos tragos en la cabeza y un vaso de coctel en la mano, se dispuso a salir. Cruzó la puerta oscura de la discoteca, él la esperaba al otro lado de la calle, estaba brillante. Tenía gafas oscuras, su cabello parado por la cera, su camiseta amarilla con estampado de letras azules, su bluejean ceñido a las piernas y sus zapatos blancos, en la mano derecha llevaba un vaso con un coctel, en la izquiera el blackberry, donde le estaba mostrando a los demás amigos, por el messenger, la foto de la chica que estaba a punto de comerse.

Mariana le sonrió desde el otro lado de la calle, miró a lado y lado para cruzar, sus uñas bien pintadas y brillantes, iluminaban el camino. De la nada, un automovil apareció, venía a toda velocidad, se escuchó el pito. Ella corrió, su uña del dedo gordo del pie salió de las sandalias, se clavó en el pavimento y salió de su orbita en el dedo, la sangre empezó a correr a borbotones, también Jaime corrió, se alejaba de Mariana, ella y su acelere, se le habían tirado la noche. Igual, tampoco la quería para nada más.


Carta de despido

enero 17, 2012

Foto:  http://www.urbinavolant.com

¿Te acordás aquel día que estabamos haciendo mercado para ir a la finca y me dijiste que te querías embriagar de vino? ¿Y te acordás que a pesar de que no tomo te di gusto y compramos cinco botellas? ¿Te acordás que esa noche no dormimos por estar bebiendo? Si, tu te bebiste cinco botellas de vino. ¿Te acordás el guayabo que te dio al otro día? ¿Te acordás que tuvimos que esperar para volver un par de días más porque estabas indispuesta? ¿Te acordás que cuando estuviste repuesta quisiste disparar y probar tu puntería con la pistola que guardaba en el armario? ¿Te acordás que fui metiendo una a una las seis balas que llenaron la recamara del revolver?

¿Te acordás que habíamos quedado en que quien fallara un tiro entregaba la pistola? ¿Te acordás que no fallaste ninguno de los tiros?

Pues si, estoy en la finca, solo, porque no quisiste venir, no quisiste volver. Estoy sentado llorando y aun hay una bala en la recámara. Una bala como la que disparo en este papel, una bala como la que espero me penetre la piel y me quite la vida, una bala que no me permitirá seguir así.

Estamos sentados frente a frente, él me mira con su pequeña mirilla y yo le sonrío, temeroso, lleno de dudas y pensando si será capaz de disparar, pero luego recuerdo que soy yo solo el dueño de lo que pueda pasar.

Sabes, ya se ha acercado, la tinta se está regando por las lágrimas que caen sobre ella tan fresca, tan suave, tan fácil de correr y ya sus labios, fríos, como los tuyos esa tarde en que te enfermaste y la piel se te puso tan blanca, me han besado un par de veces, tal vez esperando el momento en que mi lengua busque en su interior abrirse paso y tocar y sentir su fuego en mi interior y sentir su fuego calcinándome, atravesándome.

Es la carta de despido, porque el día que partiste yo no te dejé ir, pero mejor lo dejo así. Tranquilo, luego de pensar mucho, luego de llorar mucho. Ahora soy yo el que te deja y cuando te enteres que lo he hecho para siempre y no me volverás a ver, será el momento en que querrás volver a la finca, mirarme a los ojos, sentirme en tus brazos, mirarme despertar a tu lado. Pero será muy tarde, le prometí que luego del tercer beso la accionaría y acá está, a unos centimetros de mis labios, entre mis manos, es perfecta. Por eso ahora me marcho, pero tranquila, vos seguís viva, vos estás viva, ¿Vos estás bien?
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Soltó la pluma de manera estrepitosa, tan estrepitosa como el beso que le dio esa mujer que le perforó la lengua, el craneo y el sueño. Durmió con el último beso que desde que ella se marchó quiso sentir. Durmió y no se volvió a despertar.


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