Labios rojos, corazón grande

julio 22, 2012

 

Foto: http://www.imujer.com

La vio pasar frente a él, con sus más grandes riquezas ceñidas a ella, los rubíes que formaban sus labios eran deseo de muchos, tanto como la perla que había forjado su piel. Esa noche, mientras la sal del mar se comía la madera del muelle y se le pegaba a la piel como sanguijuela, él, quedó aturdido. Se le acercó.

-¿A dónde vas tan brillante, tan perfecta?- le preguntó.
-En las noches, cuando no puedo dormir, me siento en la punta del muelle, me tranquiliza, me para el corazón, me hace revivir- respondió ella.
-¿El corazón? ¿Revivir? ¿Has muerto?- volvió a preguntar él.
-Vengo muriendo hace dieciocho años, pero aún no puede darse, el mar, el viento, la sal, la muerte, me aferran tanto a esta vida, que no sé cuándo me pueda ir- Afirmó ella.
-¿Puedo acompañarte?- insistió él.
-No creo que seas capaz, mi corazón es tan grande como mi pecho, que algún día puede estallar- se sinceró ella.
-Yo quiero estar presente cuando eso ocurra, o simplemente hacerlo estallar de amor cada noche frente al mar- le dijo él.

Ella sonrió, bajo sus labios de rubí, sus dientes, tan brillantes como diamantes susurraron algo. La sal ya no se les pegó en la piel.

Caminaron toda la noche, se sentaron en la punta del muelle. Ella suspiraba, él hablaba y hablaba y hablaba. Nada podía callarlo.

Cada noche repitieron el ritual, él la esperaba en la playa, ella salía a caminar. Ambos repetían uno a uno los pasos, se miraban frente a frente, se sentaban en el muelle, se querían despertar. Soñaban.

Con la decimooctava noche llegaron los nervios, las mariposas revoloteando sin parar. El corazón de ella, ese gigante de carne que se envolvía de perlas, palpitaba, estaba por reventar. Él, de oído agudo, de sonrisa precisa, la miró.

-Lo escucho, está por estallar- le dijo.
-No, sólo sos vos- respondió ella.
-¿Cómo yo?- preguntó él.
-Sí, simplemente está experimentando cosas que nunca antes había podido despertar, simplemente está esperando que te acerques a mi boca, que me aspires sin parar, simplemente está esperando ese momento en que entre tus brazos mi cuerpo, se entregue, pueda estallar.

Él, ruborizado, contó los pasos desde la punta del muelle, escuchó con su agudo oído cada uno de los trescientos treinta y cuatro crujidos que hicieron las tablas por las que caminaron, apenas sintió el viento en su cara con más fuerza, sintió la punta, el final. Le besó los labios, se arrojó al mar, le paró el corazón a ella, le dejó de palpitar. Ella suspiró tranquila, ya nada le hacía mal. Se sumergió con él en el agua, no lo quiso abandonar, se fueron todos sus miedos, sus sueños, su libertad.

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Juana y el adiós.

julio 11, 2012

a Juana en algún lugar de Chile. 

Foto: Tolla Staley Season.

La última vez que vi a Juana estaba igual de sonriente, con su lunar bajo los labios, con sus ojos café, con su cabello rojo no tan rojo; olía a ese maquillaje que me hace estornudar, sonreía como siempre. La última vez que vi a Juana compartimos la lluvia, las frases, las palabras. Compartimos las páginas de una revista de culto cargadas de dibujos y letras, compartimos pensamientos, compartimos silencio.

Juana es sonriente, de rostro ancho, le gustan las faldas. Juana tiene un tatuaje en el pecho, uno en la espalda, uno en la pierna y uno más profundo, en su corazón. Le patinan de vez en cuando las R, puede ser silenciosamente histérica, histórica, también bullosa, soportable.

La última vez que vi a Juana me quedó el aliento con olor a choripan y aún así conversamos frente a frente, se acostó en mis piernas y durmió, meditó. Intercambiamos obsequios, se fue lejos.

Una pajuela, dos libros, una billetera, un miedo y un adiós. Intercambiamos todo y nada se nos quedó, todo entre los dedos se nos esfumó. Intercambiamos aliento, aire. Sus brazos se fundieron en los míos en un gancho interminable que nos llevó a caminar un parque, dos o tres. Siempre quisimos beber café juntos, no bebimos nada. Ella un té, yo una gaseosa.

Juana dice que somos diferentes y eso la hace disfrutar cada momento conmigo. No le gustan mis manillas en los pies, ni la gente que conozco, no le gustan las manos que estrecho, los abrazos que doy, ni los saludos que brindo, ni las sonrisas que esbozo, dice que eso me hace diferente a ella, dice que no lo puede soportar, pero no es capaz de dejarme sentado en donde nos podamos encontrar.

La última vez que estuve con Juana estaba tan segura, tan triste, tan suave, tan llena, que no la quise sacar de su lugar y aún así, todo eso que tenía, se fue. La última vez que la vi, fue la última vez en meses. La única de este año.

Juana partía para otra parte del mundo, allá tirando al sur, a la tierra de Neruda y Nano Stern, esa tierra que algún día quisiera conocer. Esa tierra que hoy le moja la piel. No la volví a ver.

Esa noche, la lluvia, las páginas, el aliento, el lunar, los ojos, los dibujos, los regalos, fueron los últimos, porque a Juana no le gustan las despedidas y por ese motivo fui capaz de desaparecer de su vida. Al menos, al menos hasta el día que pueda volver, a esta ciudad donde sus labios se cubren de R arrastradas y musicalizan mis oídos. Al menos hasta el día en que sus brazos me colmen y me lleven a su cuerpo, al menos al día en que la vuelva a ver sonreír.


Espía en la palmera

julio 8, 2012

Foto: JuanSe

Desde su nacimiento había estado destinado a vivir entre el calor, las playas, el mar. La arena se le pegaba al cuerpo con el viento, el viento le movía el pelo que le crecía a diario.

Su cara redonda, a veces daba tonalidades verdes, otras amarillas, algunos afirmaban que moriría de enfermo, pero la verdad era su orígen lo que le dió ese color y lo empujó a luchar a diario por ser lo que siempre quiso.

Vivió colgado de una palmera durante toda su vida, jugaba a los pistoleros y no lo descolgaba nadie, en el estudio no le iba bien, su sueño siempre fue ser espía. ¿Por qué? no lo sabe. Pero logró llegar a serlo cuando maduró. Uno de los mejores espías ubicado en las costas.

Trabajó con el gobierno nacional y con algunas agencias internacionales, prestó el servicio durante un par de años, hasta que le llegó la misión que esta vez nos incumbe.

A su ciudad, tal vez Santa Marta, llegaba un temido terrorista y un prestigioso empresario. El primero iba a negociar el uranio que el segundo vendía, para así generar un nuevo impacto en armas para su organización. El segundo veía en el primero una hermosa oportunidad de ampliar su negocio.

La orden: Filtrarse en el parque turístico donde se reunirían y sacar la mayor información que se pudiera, es más, si era posible, lograr la captura del terrorista en sus tierras. Tarea fácil, había crecido en esas playas, es más, estaba ubicado en esa área y la conocía a la perfección.

***

Cuando llegaron los dos invitados, sus dos objetivos; ya llevaba ubicado en el parque más de dos semanas conociendo el territorio donde se hospedarían, qué harían. Los identificó a ambos. Los vio desde la palmera donde había decidido establecer su centro de control. Pasaron uno tras otro, con un espacio de una hora. El calor era sofocante, el dispositivo de seguridad increíble. Tal parecía que la importancia de ambos había seducido a las empresas privadas nacionales que hoy les prestaban en igualdad de condiciones el servicio de escolta.

No desistió, al sol y al agua esperó tranquilo, sabía que la reunión se daría pronto.

La palmera que había escogido estaba estratégicamente ubicada en un cabo de la playa, de la cual vería dos sectores del mar privado del hotel donde se hospedarían los dos objetivos. Además, podía ver a la distancia el restaurante, entonces si tenía sitio alguna reunión entre los dos, podría fotografiarlos y llevarlos como evidencia.

Tres días pasaron desde la llegada de ambos al hotel y nuestro espía seguía ubicado en el mismo lugar, en la misma palmera, esperando en silencio, buscando la manera de poder moverse.

Esa tarde, luego del almuerzo, se sintió un movimiento extraño en el hotel. Al modo de ver del espía, era el día dado para el encuentro.

Los dos objetivos, salieron a eso de las dos de la tarde del hotel. El primero, el terrorista, llevaba una camisilla blanca, una pantaloneta roja, unas medias blancas hasta la espinilla y unas chanclas de cuero café. Las gafas café hacían juego con sus chanclas. El segundo, más gringo, más surfer, llevaba una camiseta blanca hasta los codos, con un letrero que hacía alarde de sus visitas a Hawaii, un pantalón blanco de tela cruda y unos zapatos negros.

El espía se puso sus lentes, sus audífonos y se dispuso a escuchar con un pequeño micrófono la conversación que se desarrollaría a pocos metros de donde estaba. Llamó a su central, la orden era tratar de capturar al terrorista, entonces esperarían a que él hiciera una señal y allí caería el terrorista en el acto.

Pero para sorpresa de todos, especialmente de nuestro espía, la conversación no se desarrolló lejos.

Los dos objetivos caminaron y se introdujeron en el mar, cada uno a lado y lado del espía en la palmera. Luego de unos cuantos minutos disfrutando del agua, se acercaron buscando la sombra que los alejara y refrescara del sol que en ese momento quemaba mucho. Se posaron bajo la palmera donde el espía había puesto su centro de mando.

El espía sacó su arma: una navaja suiza, su única dotación. Por el intercomunicador, que como todo espía siempre llevaba en su oído, le ordenaron que disparara, pero no podía hacerlo.

Los objetivos estrecharon las manos, empezaron a hablar de Uranio. El espía escuchaba a su jefe diciéndole que sacara sus dotes de francotirador, que acabara la reunión.

El espía, tan solemne, con su navaja en la mano y sin ningún arma de fuego en las manos, decidió cortarse de la palmera, dejarse caer. El viento se cortaba en su cara, la arena se le metía en los ojos, fue lento, suave, como en una película, pero era real. Gritó, nadie lo escuchó.

Con su cuerpo golpeó la cabeza del terrorista, que cayó inconsciente en el acto. La seguridad corrió a ver qué había pasado. El negociante de Uranio corrió a su habitación. El otro, el terrorista, no se despertó.

***

Al otro día, todos los diarios, la radio y la televisión, abrían sus ediciones con una noticia particular, un coco espía, mató a un terrorista, que pensaba traficar con Uranio.

A nuestro espía, el coco amigo, un barman del hotel, le dió su mayor condecoración, lo convirtió en coco loco, que alguna bronceada mujer, frente al mar, con el sol en el cuerpo, disfrutó.


Besos de silencio

julio 4, 2012

Foto: http://sonrisasefimeras.blogspot.com

-Hola, ¿Cómo estás?- le dije.

Luego de seis minutos y doce segundos frente a frente, con los ojos cruzando esas miradas que antes nos enamoraban y hoy, al menos de su parte, reflejaban un odio hacia mí, el silencio se me acercó, me besó los labios, sonrió.

Sentí como mi cabeza se fue tensando, algo en ella la hizo sentir un corrientazo que tal vez no podría describir, se llenó de recuerdos.

Besos, abrazos, caricias, sonrisas, saludos, despedidas, idas, venidas, llegadas, partidas. Todo pasaba en fotografías de momentos que se atesoraban en el corazón, se sintió otro crujir.

-¿No querés hablar?- insistí.

Doce minutos iban, el silencio se volvió a acercar, me abrazó, me besó el cachete, me volvió a tensar.

Las lágrimas en mi rostro empezaron a juagar lo que era una sonrisa muy bien pintada, muy acostumbrada a ella. Esa sonrisa que solamente ella era capaz de dibujar. Corría entre rosas y blancos, se mezcló con mi saliva y la sal, esa que antes disfrutaba, hoy me llenó de amargura.

-Está bien, todo queda claro- le dije, intentando tomarla de los brazos, se alejó.

El silencio me buscó los dedos, los subió a su boca, los besó.

El frío que recorrió mi cuerpo al sentirle los labios sumergió la vida en un letargo de muerte que no alcanzó a morir del todo, me despertó, la sentí a mi lado, quise abrazarla. Todo se calmó.

-¿Sigues dispuesta?- alcancé a balbucearle antes de despertar.

El silencio, ese que me había besado durante todo el sueño y ahora me despertaba, la desapareció. Ella no volvió, su voz no la volví a escuchar, el silencio tampoco. La calma se aturdió.


En paz

junio 23, 2012

a Doña Beatriz. 

Yo la oí reír, yo la vi llorar, la vi enojarse, la escuché cantar, la miré a los ojos, la pude abrazar, la tuve cerquita, no la tuve más.

Era sonrisa blanca para cada frase. Era un beso largo para su más grande amor: su esposo, su familia, sus hijos, su madre, sus nietos, sus sueños, su mayor pasión. Era una palabra exacta en un laberinto, una salida justa para el perdedor, era vida íntegra, esfuerzo y entrega, era pulcritud, luz y educación.

La última vez que estuve frente a ella me dio su sonrisa para mi protección, me miró a los ojos, puso una mano en mi hombro y en profundo silencio echó una bendición. Esfuércese mucho le decía al joven, estudie bastante, sea muy feliz, hoy su descendencia debe estar orgullosa de ese legado que ella les dejó.

Era preocupada, se daba mil veces. Quería para todos siempre lo mejor. Se hinchaba de orgullo, hablaba de los sueños que no había cumplido pero que a sus hijos iba a realizar.

Yo la vi beber y la vi bailar, la vi sonrojarse, la escuché gritar, probé su sazón, sus besos y abrazos, probé su sincera mirada de amor.

Cuídeme a la niña, siempre me decía, cuídela así como la cuido yo, cuídemela y hágamela muy feliz, porque ella es la reina y lo merece todo y muera por ella, como ella por ti.

Amaba a su madre con amor sincero, la amó con su cuerpo y con su razón, la cuidó con el alma, le entregó su vida, la tuvo en su casa hasta que partió.

Cerraba sus ojos con total confianza de que en esta tierra estaba cumpliendo su labor, fue feliz a diario, lo expresaba en todo, desde su trabajo hasta su ilusión.

Sus ojos se han ido, su cuerpo también, sus manos de madre, sus frases de amor. Su vida nos queda como un gran ejemplo, de entrega, de lucha, de esfuerzo y razón.

Se fue para siempre, y quedó en la memoria de todos los que con confianza la llamaron mamá, en todos se esboza una sonrisa larga por saber que esa mujer que los guió ya descansa en paz.

No quedan palabras, solo dar las gracias. Ya los ojos no pueden parar de llorar. Quedó en mi memoria todo lo que dijo y esa sonrisa, no podré borrar.


Frío

junio 18, 2012

Foto: http://poesiapelafustana.blogspot.com

De espaldas, mirando por la ventana, la ciudad al fondo, las luces amarillas y blancas inundaban lo que tal vez sería un panorama. Sus caderas anchas, su tanga negra medio cubriéndolas, sus curvas muy bien marcadas, su cabello a la mitad de la espalda, una lágrima se le congeló en el pómulo.

Él estaba tras ella, enfriándole las lágrimas, mirándole de espaldas, se acercó lentamente, le puso la mano en el abdomen, fue subiéndola, le presionó un seno, ella se puso la mano en el mentón, inclinó un poco su cabeza a la derecha, sonrió. Lo sintió frío.

-¿Estás ahí?- preguntó.

-Si, soy yo- le dijo él al oído.

Una lágrima más le recorrió el rostro, él sopló, se la volvió a congelar.

-Te acordás cómo mirábamos este panorama, mientras cocinabas, mientras me mirabas la espalda y me decías algún piropo- le dijo ella.

-Claro que lo recuerdo, siempre está en mi mente- dijo él mientras iba a sentarse al sofá.

Ella encendió un cigarrillo, se miró el cuerpo, saboreó el humo. Se miró las marcas, la cruz que había tatuado en su brazo derecho, ese con el que siempre se tomaba de la mano de él.

-Te acordás cómo eran de sabrosas las nubes que pintábamos en esos lienzos que dibujabas en mi cabeza, simplemente sabrosas. Hace ratos no hay nubes iguales.

-Lo se- dijo él.

-¿Por qué carajos me congelás las lágrimas, me congelás el corazón y a veces lo siento palpitar?- preguntó ella.

-Tal vez para que no me sientas más- dijo él.

-Hablame- gritó ella- ¿Qué carajos te hiciste?

Seguía mirando el horizonte, seguía tratando de quitarse el frío de tenerlo ahí. El vidrio la reflejaba, el vientre tatuado con la “S” de su nombre, la “S” de su soledad.

-¿Por qué me dejaste?- volvió a preguntar ella- ¿Qué querés? ¿A qué volviste?

El silencio le habló, ella lo escuchó, otra lágrima le salió, no se congeló.

Siguió el frío, lo sentía en sus entrañas, la llevó a la biblioteca. Allí el mismo frío le indicó su libro favorito.

Las manos de él, apenas la vieron que agarró el libro, la fueron guiando hasta encontrar la marca que buscaba. El nombre de él, el de ella, uno sobre otro, con lápiz, como él acostumbraba escribir.

Ya se, quieres que lo borre. Tomó un borrador y empezó a borrarlo. Luego hizo lo mismo con los demás libros. Las libretas de él se fueron consumiendo con el fuego, el frío se fue yendo. Ella, aunque lo recordaba, siguió siendo feliz, él, después de haberla dejado tranquila, descansó en paz.


La muerte

junio 11, 2012

Foto: http://blog.pucp.edu.pe

El final del cuento, la muerte, llegó intempestivamente, tocó a la puerta de la historia, puso un punto final y no lo dejó escribir más. Aunque su objetivo era recordarla, amarla, retratarla, no pudo.

Corrió a buscarla, una a una fue timbrando en todas las casas del barrio donde sabía que ahora vivía, en ninguna le daban razón de ella. Siempre la misma descripción.

Cabello rubio hasta los hombros, ojos verdes, cachetes rosa, sonrisa blanca, gigante. Colores vivos en su manera de vestir, zapatos Converse de tela. Uvita decía que se llamaba.

No señor, no la conocemos, no la hemos visto.

Los nudillos le dolían, cada vez el esfuerzo por doblarlos y hacer que estos fueran el sonido que anunciaban su llegada, se hacía más difícil, lloraban sus dedos, las letras no podían tener razón.

Puerta café, pestillo azul, olor a ella. Podía escuchar el fuego de su voz a distancia, el olor se le filtró por la nariz aún más. Tocó la puerta.

Abrió la madre de ella, era tal y como la había visto por ultima vez. Bajita, gordita, de cabello café, no se detuvo. Siguió adelante sin saludar. Aunque la señora lo reconoció, no le opuso resistencia.

Ella lo miró, al borde de la ventana. La puerta del cuarto, donde se encontraron, se cerró.

-Te estaba esperando- le dijo.

-¿Si? ¿Y eso?- preguntó él.

-No se, hacía ratos necesitaba que nos reuniéramos, te necesitaba a vos. Pero no llegabas, necesitaba alguien que me escribiera, que me extrañara y al fin diste conmigo. Pensé que no me buscarías y mírate- dijo ella.

-Si, me miro y me doy asco, pero por eso vine, para dejar de sentirme, para volver a ser uno, más vos que yo, para ser feliz, hacerte feliz. Quiero sonreírte todas las mañanas, mirarte bostezar así sea mi tristeza- dijo él.

-¿Y qué estás esperando, que te diga qué hacer? Dale, comenzá.- dijo ella.

-Está bien.

Se metió las manos al bolsillo, sacó su pluma, la miró a los ojos, le dio el beso, borró el punto final en el cuerpo de ella, la empezó a escribir, a retratar, lentamente la tinta se fue mezclando con la piel, ella se fue muriendo, se fue de la mano de él. La madre, los reconoció, los vio felices, no los pudo detener. El cuerpo, descansó en la cama, sonriente, tatuado con las frases que él había escrito para ella, en el libro que le dedicó, antes de morir.