Nos Trasladamos

septiembre 5, 2013

Desde hace unos meses ya que en este blog no se ha posteado nada porque nos fuimos para un lugar más grande, más cómodo y con un toque más personal.

Crecimos, compramos un dominio y le pusimos más amor al diseño. Si quieres seguir leyendo estoy en http://juansemolina.com/

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Testigo silencioso de una gran historia entre las tiras de una tribuna

diciembre 18, 2012

15 años

Foto: http://losdelsur.net/

Para empezar, quiero contar un poco de mi historia con Atlético Nacional, para que conozcan un poquito de lo que significa el equipo para mi.

Tengo 23 años y cada cumpleaños es pólvora y alegría un día antes, además de muchos recuerdos de mis vecinos, de mi familia por el logro más grande del Club en su historia. Si, tengo el escudo de Nacional a cuestas porque nací el 1 de Junio de 1989.

A los tres o cuatro años, en el 92 o 93, fui por primera vez al estadio de la mano de mis padres y mi padrino, 3 – 2 quedó ese partido ante el Tolima y ahí nació un amor a la tribuna, el del equipo nació desde mi primer traído del niño dios: la indumentaria de Nacional con el número 8. Y cuando tenía 10 años, ¡era un niño!, gracias a unos primos de Cali, visité por primera vez la tribuna Sur y de ahí no me han sacado, pues pese a que ya no vaya a la Popular Sur, sigo siendo un testigo silencioso de ese, el movimiento más grande a nivel nacional de las últimas décadas, llamado Los Del Sur.

Quince años después del nacimiento de ese movimiento, con orgullo tuve en mis manos un libro que es sólo una muestra más del trabajo ordenado que desde la barra siempre se ha tenido. Un documento que todo aquel escéptico del barrismo, que los tilda de vándalos, drogadictos y demás, debería leer, para conocer como la barra salió de un abismo al que lo estaban enviando desde el periodismo hasta la problemática social que ha habitado en nuestro país siempre. Una historia que es también un homenaje.

Los Del Sur, se han encargado de homenajear a los ídolos del club, inmortalizándolos en camisetas, afiches, botones, imágenes en internet y sobre todo en el día del hincha verde, y a ellos nadie nunca les había hecho un homenaje. Es por eso que para sus 15 años tomaron la decisión de homenajearse y no sólo eso, de homenajear a un personaje, que dentro de la barra, ha representado lo que ha sido la barra: un ir y venir entre el bien y el mal.

No estoy diciendo de esta manera que las barras son malas, ni tampoco voy a decir que es lo mejor que hay en el mundo. Pero eso sí, el ir y venir entre el bien y el mal, se refiere a las labores sociales que han hecho y cada vez hacen con más fervor; y la imagen que tienen gracias a la mala publicidad que les han hecho toda la vida, porque sí, entre los años 2000 y 2003, ser parte de Los Del Sur era prácticamente peligroso y usar camiseta de Nacional era casi visto como un delito, porque muchos de los problemas sociales que tienen las ciudades normalmente, eran atribuídos desde las grandes esferas del periodismo a la barra y como en este país muchos piensan de acuerdo a lo que les dicten la radio y la televisión, pues ahí está el detalle de la fuerza con la que a Los Del Sur le ha tocado remar en contra de la corriente.

Es en ese punto, donde la unión de la hinchada, la misma democracia y el amor por los colores y las ganas de cumplir un sueño, donde inflexiona esta historia narrada en el libro desde las letras de Ramón Pinilla, amenizada por conversaciones con líderes de la barra, aguardiente y arepitas y simplemente reflejando la historia de un muchacho de Liborina, Antioquia, que salió de su casa con el sueño de poder vivir del fútbol y lo logró. Pero no lo hizo como Futbolista, sino como barrista.

“La vida por esta pasión” es el vivo reflejo de lo que son muchos de los integrantes de Los Del Sur, de lo que hemos vivido quienes hemos estado inmiscuidos en el interior de la tribuna Sur no sólo por un día, sino por varios años y sobre todo, varios de los primeros años, en los que LDS dejó de ser una barra más que alentaba a Nacional, para convertirse en un movimiento social; es un reflejo de la salida del vandalismo de algunos para darse cuenta que no es una Barra Brava la que se tomó la tribuna, sino un grupo de amigos que hoy cuenta en sus filas con miles y de la que millones quisieran hacer parte pero no saben que para hacer parte de ella no se necesita sino defender a muerte los colores de Nacional en la cancha y fuera de ella, pero sobre todo, para ser parte de la barra hay que ser parte de la sociedad y contribuir al crecimiento de la misma. Porque eso se nota por todo el mundo, incluso por mi, un testigo silencioso, como muchos que están allí. Es el reflejo de los sueños cumplidos, sólo que en este punto, a una sociedad conservadora le cuesta aceptar que alguien decida hacer de la barra y los colores, su estilo de vida. Así como a muchos les ha costado que mi sueño sea ser escritor y lleve más de siete años dedicado a lograrlo. Si, a todos esos locos que tomamos un camino diferente al de ser ingenieros, médicos y demás carreras “que dan plata”, nos han tildado de locos. Y es esa locura la que nos ha hecho grandes, eso sí, guardando las proporciones: Los Del Sur son un gigante continental y yo soy un escritor gigante para mis padres, algo parecido, sólo que con menos gente.

En fin, me desligo de mi propia versión y espero que el país entero se atreva a conocer a Los Del Sur desde adentro, desde la historia de uno de sus hinchas más representativos, ese que un día tomó la decisión de vivir del barrismo. Porque el libro es la narración de la historia de un anónimo que está lleno de sinónimos con todos, pues comparte la misma pasión, el mismo amor, la misma alegría y quién sabe qué más características puede compartir con usted, esas se las dejo para que las averigüe leyendo el libro.


Susurros

noviembre 19, 2012

 

Foto:  http://www.queeselamore.net 

Se susurraron en la boca todo eso que sentían, entrelazaron sus manos y sus cabellos, se sumergieron en el mar de miel de la bonanza y hundieron sus recuerdos en el pasado de la ausencia.

Se miraron a los ojos, grises ya, deteriorados, arrugados, se sonrieron, amarillos.

El viento helado les congeló las orejas, el frío les ennegreció las ojeras, esas mismas que los habían enamorado, estupefactos se miraron.

Miraron las fotos, los sueños, las horas, miraron sus manos, sus dedos, sus recuerdos. El café se deshacía sobre la mesa, las galletas entre sus bocas, las sonrisas entre sus ojos.

El pasado les llegó con la lluvia, habían estado juntos, habían vivido solos, se habían tenido siempre, se habían alejado todo. Perdieron el contacto y se reencontraron.

Cuarenta años pasaron, hasta el día del susurro, los labios se abrieron, se recorrieron, no se olvidaron. Se reconocieron en la oscuridad, se abrazaron nuevamente, se inspiraron, se acabaron, se soltaron.

Soplaron el café al mismo tiempo, interpretaron el piano, se leyeron algunas notas que se enviaban en la juventud, se olieron.

-Ya hueles a viejo- Le dijo ella.

Él sonrió, la miró a los ojos, le vio la lágrima que le iba a recorrer al día siguiente el rostro, suspiró, la inspiró.

Comieron bajo la luz de dos velas, sobre dos copas de vino y un plato de codorniz asada. Se sumergieron, arreglaron cocina, se sentaron en un mueble, se perdieron.

Las hojas de los libros que alguna vez leyeron les sirvieron de manta para lo que se deseaban, las notas de la música fueron la almohada perfecta para que sus cabezas descansaran, los boleros del vestido de ella se fueron convirtiendo en la melodía que ambientó el momento, las flores perfumaron el lugar, las arrugas desaparecieron, se besaron, se fundieron.

Se perdieron en palabras, en excesos, en deseos, se sumergieron entre los besos que se dieron, los susurros los desintegraron, los apagaron, murieron.


Historia de un estómago

octubre 29, 2012

 

Foto:  http://www.nutricion.pro

Nací con Pedro, mucho antes de que Pedro sabía que se llamaba Pedro y mucho antes de que Pedro pudiera abrir los ojos.

Recibí el alimento de Pedro durante mucho tiempo, primero por un cordón que tal vez puede ser un pitillo y luego por un pitillo que puede ser llamado faringe o laringe, o no sé, sé que siempre están encima mío y de ellos recibo todo eso que se supone debe servir para algo.

A los cuatro años de Pedro tuve algo adentro, que unos llaman bacterias y nosotros llamamos invasores, que me hizo impedir el ingreso de comida. Fue una batalla caótica, casi pierdo, pero luego de tres días, evacuando jugos y ácidos, pude lograr su retirada. Todo volvió a la normalidad, las lágrimas del pequeño Pedro se secaron, el llanto no volvió.

De los siete a los doce años de Pedro, recibí todo tipo de comidas, desde las más amorosas hechas por la madre de Pedro, hasta gomas, confites y demás chucherías que a veces me hacían hincharme hasta reventar y otras simplemente, expulsar todo tal y como entraba, sin esforzarme por digerirlo de la mejor manera.

Cuando Pedro cumplió diecisiete empecé a sentir que algo me ardía adentro, a él también le ardió, no sabíamos qué era, tal vez un invasor, tal vez algo menos peligroso.

Estuvo dentro de mi durante una semana, me daba muchos dolores, y conservaba la misma acidez; Pedro se retorcía en el sofá. Su madre, sin poder tolerar el dolor de su hijo, decidió llevarlo al médico.

El doctor, ese en el que siempre depositaron su confianza, diagnosticó una gastritis y le envió leche de magnesia como medicina.

La leche de magnesia de nada sirvió, la agriera me seguía comiendo a diario, el dolor estaba, literalmente matando a Pedro. La familia veía como su dolor no cesaba, el cuerpo del pobre de Pedro se iba demacrando cada vez más y más. Yo no paraba de sonar, de moverme de pelear, quería seguir peleando, pero cada vez era más difícil continuar.

Volvimos al médico, con el mismo dolor, la misma agriera, el mismo ardor. El médico envió unos exámenes y nuevamente, como la primera vez, recetó leche de magnesia. Con mi dolor, que era el mismo de Pedro, nos fuimos para la casa, había que ir a esperar si los exámenes se podían realizar.

Puteadas se escuchaban todos los días, la empresa de salud al pobre de Pedro no quería atender, seguían creyendo que era una simple gastritis lo que le estaba pasando y yo, aferrado a él, nada podía hacer.

Seguí luchando hasta el día en que se recibió la llamada tres meses después. Los exámenes iban a hacerse en la mañana de un 14 de Mayo, tal vez esperando que el dolor pudiera desaparecer.

Pedro se bañó, no me alimentó. Intentó no vomitar, como lo venía haciendo a diario durante los últimos dos meses. Sus ojos se llenaban de lágrimas, era incontrolable el dolor. Llegamos donde el nuevo doctor.

Un tubo, casi como el que al principio de la vida de Pedro lo alimentó, llegó a mi interior, hizo una succión. Vuelva en una semana le dijeron al pobre de Pedro, quien resignado, esperó.

Tiré la toalla dos días después de conocer los resultados del examen, ya no pude luchar más. Lo que tenía adentro era un invasor que en otras partes del cuerpo han llamado tumor, que apareció como cáncer en lo que el examen registró Me llevé conmigo la alegría de Pedro, me llevé conmigo todo su dolor, aún seguimos juntos, como el primer día, aunque ni la vida, ni la salud, ni el sistema a él le sonrieron, tal vez el médico, ese de confianza, cometió un error.


El beso de la abuela

octubre 8, 2012

 

Foto: http://www.blogsperu.com

Tal vez nunca los noviazgos lo habían llevado a encariñarse por completo con las familias de sus parejas, es por eso que esa tarde cuando ella lo invitó a almorzar donde su abuela, no hizo su mejor cara. Pero allí estaba.

Pollo agridulce con papas, arroz, crema de ahuyama y coca cola, le dieron donde era, tal vez inconscientemente, pero con eso, siempre había bromeado que lo enamoraban.

La sonrisa sincera, los ojos tras los lentes siempre brillantes, la voz carrasposa, le quedaron marcados, primero en la mente, luego en el corazón.

Esa fue la primera de tantas visitas que empezó a tener casi todos los domingos a almorzar en esa casa tan ajena, pero tan suya. Sus abuelos habían muerto hacía mucho rato y tal vez le hacía falta esa visión de alguien con más edad,  que fuera capaz de ver las cosas con tal magnitud y alcahuetería que lo invitarían a no desistir nunca.

Pero centrémonos en un evento, tal vez el del título del cuento.

Era una tarde de domingo, ella le dijo que compraran unas frutas, que dieran un viaje largo hasta la casa de la abuela y esa tarde, en vez de que la vieja los atendiera, fueran ellos los encargados de tratarla como una reina.

Cuando llegaron, la abuela, al verlos cruzar la puerta, sonrió. Ellos entraron directamente a la cocina, sacaron las frutas, luego ella fue y le dio un beso en la mejilla a la madre de su padre, a la sonrisa sincera que siempre la cobijó, la crió.

Una a una picaron las frutas, luego las bañaron en una salsa que la familia de él siempre llevaba en profundo secreto, pero que servía para llenar de sabor todos los cocteles. Las sirvieron, la abuela sonrió, la nieta sonrió, él se sintió feliz, verla sonreír lo llenaba por completo.

Cuando terminaron de comerse el pequeño coctel de frutas, los platos se aglomeraron en la poceta, las manos de él los lavaron, mientras su novia reía descansada en las piernas de su abuela.

La noche fue cayendo, los ojos de la abuela también, estaba cansada. La pareja de jóvenes novios se despidió, la abuela, antes de despedirse de su nieta, fue donde él, le besó la mejilla, le dio un abrazo profundo y le pidió que por favor no dejara a su muchacha, que la cuidara hasta el fin de los días, que nunca la había visto tan feliz y si él la podía hacer feliz, ella tranquila se podía morir.

Él, que siempre era tan sentimental, agachó la cabeza, no supo qué más decir, se llevó ese recuerdo en su memoria, ese beso fue el primero que un familiar de una de sus novias le daba, pero tal vez el más sincero, el más perfecto, el imborrable.

 


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agosto 28, 2012

 

Foto: http://www.fotosdigitalesgratis.com

A Danii

De haber sabido que esa mujer le cambiaría la vida, tal vez no se hubiera detenido en el momento en el que ese amigo al borde de caer por la borrachera lo invitó a conocerla.

Tres meses antes había decidido dedicarse a alegrarse con tristezas, a escribir su soledad para tenerla como única compañía y tal vez su única salida en la vida era una bala en el mentón que lo sacara de ese sueño que le parecía la vida.

Ella estaba con un gorro gris, un saco gris, una sonrisa blanca, un cabello medio dorado, medio enroscado, un lunar en su lado izquierdo, interesada en conocerlo. Él, con algo de prepotencia y un poco de elocuencia, empezó a hablar de su trabajo, de lo que hacía, de lo que era. Ella, sin querer, se interesó aún más.

De ahí en adelante todo fueron cosas diferentes para él. La maldijo a diario, sin importar qué hiciera. Las tristezas ella se encargó de convertirlas en alegrías que alegraban sus alegrías mucho más de lo que esperaba, su soledad se convirtió en ella, quién decidió acompañarlo, entenderlo, abrazarlo. La bala en el mentón fueron los besos, caricias y abrazos que le brindó de ahí en adelante para protegerlo, para hacerlo morir en cada suspiro, en cada silencio, en cada susurro.

Su terquedad lo llevaron a perderla a cada instante, su miedo a destrozarla lo llevaron a alejarla, su amor profundo lo llevaron a dejarla para él, a vencer sus miedos, su orgullo, su silencio y entender que sólo ella podía hacerlo sentir bien.

Se conocieron un veintinueve de agosto, de esos en los que él no espera nada, nadie espera nada, un veintinueve de agosto que simplemente pasó a la historia de ellos dos, porque en el mundo no pasó nada. Se miraron a los ojos y con sólo eso, decidieron no agotarse sus miradas nunca más. Es más, quisieron regalárselas hasta el final.

Mil noventa y seis días, mil noventa y seis noches, mil noventa y seis semanas, mil noventa y seis besos. Una vez le cambió los besos por promesas, luego las promesas no alcanzaron para todos los besos que le dio, es por eso que decidieron prometerse la vida entera en besos y ahogarse las palabras con silencios en los que simplemente se contemplarían, se escucharían, se vivirían.

Y se vivieron, él, con su soledad, su tristeza, sus disparos en el mentón, decidió llenarla con cada una de sus cualidades. La cubrió de soledad y la acompañó por siempre sólo para verla sonreír. Le regaló su tristeza para que se alegrara por siempre y así sólo él ser quien sintiera el dolor, los disparos en el mentón solo fueron con los dedos, esos que la recorrieron el resto de la vida, esos que le escribieron algún día, esta entrada en un blog.

Se agotaron, descansaron, vivieron, murieron. Si él hubiera sabido que ese veintinueve de agosto, cuando su amigo borracho lo llamó, le cambiaría la vida, tal vez ni se habría acercado; pero la realidad fue que se acercó, le contó su vida con prepotencia y elocuencia, la enamoró, él se enamoró.