Patadas de recuerdos

mayo 21, 2012

Foto: http://mipasoenstadimension.blogspot.com

Los recuerdos fueron bajando mientras pateaban las piedras del amor. Se le cerraron los ojos, imaginó.

Qué bella había sido la noche en que el frío la cubrió y entre besos, abrazos y sexo, que vos llamabas, hacerle el amor, su cuerpo se calentó, el arroz de su piel desapareció y su cabello castaño completo te cubrió. Te encantaba su cabello largo, su olor, sus pezones perdidos, su sabor, el jugo de sus labios, ese aroma dulzón que quedaba en tus dedos después de sus noches de frío.

Eso fue lo primero que te llegó a la mente, a las patadas; después de jurarte no tenerla en la mente más. El frío esta vez era para vos. ¿Cómo estará? Alcanzaste a preguntar. La leías, se sentía feliz, encantada con alguien más, alguien nuevo que la hacía sonreír.

Decidiste, después del frío, ser capaz de poder llamarla, el recuerdo de su sonrisa te impulsaría a volver a hacerlo, la patada del recuerdo te frenó en seco.

La lluvia de la noche en que tus pies se mojaron y tus hombros también, había desenlazado en una unión en la cama desnudos para evitarte el dolor del pecho que te traía mojarte con lo que caía del cielo. Todo pintaba bien hasta que a ella no le gustó algún movimiento de  tus dedos mientras delineabas su cuerpo. Se paró ofuscada, te sacó de casa.

Con la ropa mojada y el cuerpo frío, caminaste hasta la casa, con el corazón lleno de ganas, no quisiste regresar. Tosiste durante tres horas, el pecho sonó y sonó, las lágrimas inundaron tus bolsillos vacíos de dinero y pasión.

La tos de tu boca también pateó los recuerdos, el sueño en tu mente, no verla nunca más.

Dormiste profundo, empezaste a soñar, con cada patada tosías mucho más. Sangre, sueños, recuerdos y más, cuando ella llamó a tu teléfono, no te pudiste levantar. No escuchabas, no veías, no podías despertar, la tos, el frío y los recuerdos, en los sueños te alcanzaron a matar.


Noche de baile

noviembre 3, 2011

Foto: http://www.recetasgratis.net/

Compró los brownies, un paquete de seis, salió del supermercado, tomó un bus y llegó al parque donde había quedado de esperarla.

Diana estaba perfecta, con su bufanda gris, una blusa de igual color, un jean azul y unas baletas que la hacían parecer la más perfecta bailarina. Llegó con el celular en la mano, lo miró y sonrió. No se dijeron nada. Simplemente caminaron el uno al lado del otro.

-¿Para donde vamos?- Preguntó Pedro.

-Para mi casa, va a llover y sería malo que nos mojemos- dijo Diana.

Con los pasos a su lado, fueron llegando a una casa grande, de tres pisos. El olor de Diana cada vez iba inundando mas y mas los pulmones de Pedro y la sonrisa le colmaba todo el cuerpo. Subieron las escalas, llegaron a una sala, saludaron al padre de ella y lentamente se dirigieron a la terraza.

Dos mesas, una grande y otra pequeña, unas sillas rústicas que alguna vez fueron parte de la sala de una finca, una pequeña biblioteca, un balcón gigante, un techo en madera alto y una vista obstruída por unos edificios, eso era la terraza, Pedro sonrió, la miró a los ojos y la puso a escoger.

-¿Qué quieres, lo de la bolsa o lo del bolsillo?- le dijo.

-¿Puedo escoger las dos?- respondió Diana con un puchero en la cara.

-Está bien- dijo Pedro con una sonrisa.

De su bolso negro, gigante, salieron, la caja de brownies y una gran colección de películas que Diana desde siempre le había dicho que quería ver. El cielo, decidió venirse al suelo en ese momento y se adueñó de la noche que estaba empezando. Ella sonrió, tomó la caja entre sus brazos y se aferró fuertemente a ella, mientras suavecito daba las gracias.

-¿Con leche?- preguntó Diana.

-Si, no hay problema- respondió Pedro.

El frío empezó a entrar por todos lados, Pedro miraba a todos lados y se frotaba los brazos para no sentirlo, un vallenato empezó a sonar, así que ver película no era la opción, además encima el cielo sonaba y sonaba, tan fuerte que no se podían ni escuchar las voces. Diana volvió con la leche en dos pocillos sobre una bandeja.

-No podremos ver película- dijo Él.

-¿Ah?- preguntó ella.

-Que no podremos ver la película- repitió Pedro.

-Así es cada ocho días, vallenato a todo volumen. Pero bueno. La leche está caliente para este frío.

Los vallenatos seguían sonando ahi afuera. Pedro, destapó dos brownies, los puso sobre la mesa, la miró a los ojos y sonrió. Diana se ruborizó tanto que tuvo que agachar la mirada y subir la mano derecha para sacudirse el cabello y tomar aire para volver a sostener sus ojos sobre los miel de él.

-Hagamos una cosa- dijo él.

-¿Qué?- preguntó ella.

-Bailemos- sonrió Pedro.

-Yo no sé bailar- agregó Diana- ¡Y menos vallenato!

-Tranquila, yo tampoco- se rió nuevamente él.

-Está bien, qué más da.

El último vallenato sonó y entre un track y otro, Pedro le pidió que cerrara los ojos. Ella accedió, él también lo hizo. Luego la tomó de la mano, la invitó a dar un paso adelante y cuando menos pensaron, ambos estaban sobre uno de los dos brownies balanceándose de un lado a otro, mientras Nelson Velásquez o Jean Carlo Centeno se lamentaban o se alegraban por un amor. Diana abrió los ojos, no lo podía creer, estaba bailando, pero no solo eso, estaba bailando sobre un brownie. Recostó su cabeza sobre el pecho de Pedro.

Los truenos, que aún no se pronunciaban en esta pista de baile de chocolate, empezaron a aparecer y a iluminarla, suavemente ella fue subiendo su cabeza, él bajó la suya, cantaba suavemente, todas esas canciones se escuchaban en los buses, al menos esa era su excusa para decir por qué se las sabía. Las narices chocaron, el fuego los recorrió, el frío los inundó, el labio superior con el labio inferior uniéndose, los unos rosados, los otros morados, el viento, el cielo, la saliva, el deseo, la lengua, los sueños, los dedos, el abrazo. La lluvia cesó, la música se apagó, el brownie desapareció, la luz de los truenos no volvió, el beso les duró, los olvidó, los unió, nada más importó. Se miraron a los ojos, nuevamente, estaban aun sentados, los brownies desaparecieron a sus pies, dejaron de imaginarlos como pista de baile y decidieron comerlos, luego, volvieron a devorarse los labios, tal y como había ocurrido mientras danzaban de manera ridícula.


Estrellas en las manos VII

octubre 2, 2010

Ilustración: JuanSe

Con la lluvia que golpeaba mi rostro, la ropa mojada y el cuerpo aun tratando de conservar el poco calor que le quedaba, me senté, ya nada podía hacer, el lanzamiento de ése cohete se había aplazado, tanto por la ausencia de uno de los tripulantes, como por la lluvia.

Mientras pensaba y escuchaba el sonido de la lluvia, Triguisar quiso salir de mi bolsillo, él también estaba preocupado porque ella no llegaba, luego de que se lo había prometido.

La estrella que llevaba en mi mano derecha, seguía reluciente, la lluvia no había cesado y no le había hecho ni un solo estrago, tal vez esa fuerza con la que seguía pendiente de lo que ocurriera con ella y sobre todo con su par, no dejaba que con el agua, corriera la tinta, hasta terminar en una gigante gota azul, que mancharía de uno u otro modo el suelo.

La lluvia cesaba, el cielo se destapaba, el cohete se limpiaba y Triguisar lloraba, al principio pensé que eran gotas de agua y por eso con mi pañuelo intenté limpiarle el rostro, pero no, eran lágrimas, grandes, que fluían a borbotones por el rostro del niño.

Es hora de abordar y aunque el cielo se está volviendo a cubrir, ya no se puede esperar, estamos a unos minutos de cumplir la misión y de empezar ese rescate.

Subo al cohete, cierro los ojos, una lágrima me recorre el rostro, la siento descender por mis pómulos y aterrizar en mis labios. El cielo cada vez más cerca, ella cada vez más lejos, el fuego cada vez más frío y los ojos cada vez más negros, simplemente abrirlos, buscar otro rostro o dibujarlo, seré yo quien vaya a las estrellas, tratando de enlazar en el aire esa mano que quería apretar mientras iba junto a ella, para realizar ese sueño que ambos queríamos y siempre tuvimos, pero que no sé por qué ella se negó a cumplir.

El traje listo, la cuenta regresiva empezando, la estrella se ve cubierta por un guante blanco luego de que la beso, el azul empieza a desteñirse, a borrarse, la misión estrellas, se ve amenazada, los motores se encienden, el corazón se acelera, Triguisar me abraza, se abrocha su pequeño cinturón, va en cinco, el fuego ya está empezando a encenderse, los mecánicos hablan por el intercomunicador, el corazón quiere salirse, va en dos la cuenta. Cuando siento que el cielo se va a venir sobre mí, se aborta el despegue. Ella, con su estrella en la mano izquierda llega, me besa y pide disculpas por haber mandado el mal clima, ya que el desespero la hizo llorar, porque no encontraba el marcador para pintarse la mano.


Estrellas en las manos VI

abril 14, 2010

Triguisar

En la foto: Triguisar

Me desperté como cada miércoles de los últimos dos años, me bañé tranquilamente, me vestí, tomé mi bolso que estaba hecho desde la noche anterior y bajé a la cocina.

Preparé cuatro sanduches de jamón, con lechuga, queso y mermelada de piña, como siempre los hacía, salí para la universidad y allá estuve hasta las dos de la tarde. Como cada miércoles, salí de clase, tomé un bus y me senté en el parque La Presidenta, saqué los sanduches, dos jugos, Triguisar me había acompañado, se sentó a mi lado y como buen padre, recurrí a hacer lo que hacía cada ocho días sin falta. Leerle a Triguisar.

Las gotas de lluvia empezaron a mojarnos el cabello, Triguisar empezó a llorar, le puse un buso y lo senté en mis piernas, mientras sacaba la sombrilla para que no nos mojáramos. Seguí leyéndole mientras miraba hacia la quebrada que musicalizaba cada palabra que decía.

Un par de manos blancas se posaron en mis ojos, empañaron mis lentes y unos labios me besaron la mejilla, yo no entendía que pasaba, luego sentí el olor de su loción Ralph Lauren, no había faltado a la cita que le puse hace dos años y que llevaba esperando cumpliera cada miércoles pero que ella no se había atrevido. Dejé que me invadiera su olor, abrí los ojos, me pellizqué y sentí como la lluvia caía por la remoción de la sombrilla que ella había hecho con su cuerpo hacia un lado.

-Créelo- me dijo.

Descargó un bolso lleno en el suelo, tomó a Triguisar, que ya se abalanzaba sobre ella, en sus manos, los vi sonreír como en las épocas en que bailaban juntos sobre la cama, ahí estaban, madre e hijo disfrutando de esa unión que tal vez el tiempo les había interrumpido.

-Y ¿a qué has venido?- le dije, sonriente y lleno de ilusión.

Ella no supo mediar palabra, simplemente extendió su mano izquierda, encontré en su muñeca la estrella color cyan que se había tatuado y que le había dicho hiciera en el ultimo mensaje que le envié al celular y que ella atesoraba en su memoria, “El día que quieras volver, pinta una estrella en tu mano izquierda y sonríeme, un beso, que todo te salga como lo tienes planeado. Te quiere y piensa.”.

Me pidió que le mostrara la mía, que era amarilla como su color de piel y estaba en mi muñeca derecha.

Nuestras manos se entrelazaron, nuestros labios volvieron a reencontrarse como lo habían hecho muchas veces años antes.

-Entonces ¿volvemos a casa?- Preguntó.

-Está bien- respondí.

Triguisar brincó de alegría y cantó el resto del camino a nuestro apartamento.