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agosto 28, 2012

 

Foto: http://www.fotosdigitalesgratis.com

A Danii

De haber sabido que esa mujer le cambiaría la vida, tal vez no se hubiera detenido en el momento en el que ese amigo al borde de caer por la borrachera lo invitó a conocerla.

Tres meses antes había decidido dedicarse a alegrarse con tristezas, a escribir su soledad para tenerla como única compañía y tal vez su única salida en la vida era una bala en el mentón que lo sacara de ese sueño que le parecía la vida.

Ella estaba con un gorro gris, un saco gris, una sonrisa blanca, un cabello medio dorado, medio enroscado, un lunar en su lado izquierdo, interesada en conocerlo. Él, con algo de prepotencia y un poco de elocuencia, empezó a hablar de su trabajo, de lo que hacía, de lo que era. Ella, sin querer, se interesó aún más.

De ahí en adelante todo fueron cosas diferentes para él. La maldijo a diario, sin importar qué hiciera. Las tristezas ella se encargó de convertirlas en alegrías que alegraban sus alegrías mucho más de lo que esperaba, su soledad se convirtió en ella, quién decidió acompañarlo, entenderlo, abrazarlo. La bala en el mentón fueron los besos, caricias y abrazos que le brindó de ahí en adelante para protegerlo, para hacerlo morir en cada suspiro, en cada silencio, en cada susurro.

Su terquedad lo llevaron a perderla a cada instante, su miedo a destrozarla lo llevaron a alejarla, su amor profundo lo llevaron a dejarla para él, a vencer sus miedos, su orgullo, su silencio y entender que sólo ella podía hacerlo sentir bien.

Se conocieron un veintinueve de agosto, de esos en los que él no espera nada, nadie espera nada, un veintinueve de agosto que simplemente pasó a la historia de ellos dos, porque en el mundo no pasó nada. Se miraron a los ojos y con sólo eso, decidieron no agotarse sus miradas nunca más. Es más, quisieron regalárselas hasta el final.

Mil noventa y seis días, mil noventa y seis noches, mil noventa y seis semanas, mil noventa y seis besos. Una vez le cambió los besos por promesas, luego las promesas no alcanzaron para todos los besos que le dio, es por eso que decidieron prometerse la vida entera en besos y ahogarse las palabras con silencios en los que simplemente se contemplarían, se escucharían, se vivirían.

Y se vivieron, él, con su soledad, su tristeza, sus disparos en el mentón, decidió llenarla con cada una de sus cualidades. La cubrió de soledad y la acompañó por siempre sólo para verla sonreír. Le regaló su tristeza para que se alegrara por siempre y así sólo él ser quien sintiera el dolor, los disparos en el mentón solo fueron con los dedos, esos que la recorrieron el resto de la vida, esos que le escribieron algún día, esta entrada en un blog.

Se agotaron, descansaron, vivieron, murieron. Si él hubiera sabido que ese veintinueve de agosto, cuando su amigo borracho lo llamó, le cambiaría la vida, tal vez ni se habría acercado; pero la realidad fue que se acercó, le contó su vida con prepotencia y elocuencia, la enamoró, él se enamoró.

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Besos de silencio

julio 4, 2012

Foto: http://sonrisasefimeras.blogspot.com

-Hola, ¿Cómo estás?- le dije.

Luego de seis minutos y doce segundos frente a frente, con los ojos cruzando esas miradas que antes nos enamoraban y hoy, al menos de su parte, reflejaban un odio hacia mí, el silencio se me acercó, me besó los labios, sonrió.

Sentí como mi cabeza se fue tensando, algo en ella la hizo sentir un corrientazo que tal vez no podría describir, se llenó de recuerdos.

Besos, abrazos, caricias, sonrisas, saludos, despedidas, idas, venidas, llegadas, partidas. Todo pasaba en fotografías de momentos que se atesoraban en el corazón, se sintió otro crujir.

-¿No querés hablar?- insistí.

Doce minutos iban, el silencio se volvió a acercar, me abrazó, me besó el cachete, me volvió a tensar.

Las lágrimas en mi rostro empezaron a juagar lo que era una sonrisa muy bien pintada, muy acostumbrada a ella. Esa sonrisa que solamente ella era capaz de dibujar. Corría entre rosas y blancos, se mezcló con mi saliva y la sal, esa que antes disfrutaba, hoy me llenó de amargura.

-Está bien, todo queda claro- le dije, intentando tomarla de los brazos, se alejó.

El silencio me buscó los dedos, los subió a su boca, los besó.

El frío que recorrió mi cuerpo al sentirle los labios sumergió la vida en un letargo de muerte que no alcanzó a morir del todo, me despertó, la sentí a mi lado, quise abrazarla. Todo se calmó.

-¿Sigues dispuesta?- alcancé a balbucearle antes de despertar.

El silencio, ese que me había besado durante todo el sueño y ahora me despertaba, la desapareció. Ella no volvió, su voz no la volví a escuchar, el silencio tampoco. La calma se aturdió.


Sinvergüenzas

junio 5, 2012


Foto: http://rompiendo-las-pelotas.blogspot.com

A todos los que se rompen la voz y el corazón en la tribuna, así los jugadores no lo hagan en la cancha. 

Julián trabajaba por un diario, buscaba su comida, la plata de la pieza donde vivía y unos cuantos pesos que le sobraban, eran destinados para darse el mayor placer de todos: ir el domingo a ver jugar al Primavera Fútbol Club en el José Fernández.

Su trabajo se basaba en arreglar todo tipo de implemento del hogar que le llegara; desde una olla a presión, hasta hornos microondas y computadores. El único aparato que aún no se atrevía a revisar, era el televisor, todo por un miedo, o tal vez respeto, que le tenía a una descarga de la pantalla.

Vivía solo, sin esposa, sin hijos, en una pieza alquilada en el centro de Primavera donde también tenía un taller.

El amor por el Primavera era algo que desde pequeño le habían dejado como herencia su padre y su padrino, tal vez el único bien que era de su propiedad, pues la pobreza siempre había hecho acto de presencia en su familia.

Para este año, Julián tenía un esfuerzo aún más grande, debía conseguirse el dinero para dos entradas a la semana, una para la liga Santa Fe, el torneo local de Granada; y otra para ver jugar al Primavera en la copa de las Colonias, copa que el Jardinero, como le decían al club de los amores de Julián, jugaba por haber quedado segundo en el torneo local el año pasado.

El Primavera, para jugar en la Copa de las Colonias, había hecho una inversión nunca antes vista en Granada. Trajeron jugadores de nombre y trayectoria que cualquier técnico quería tener en su club. Jugadores que en los cinco primeros partidos alcanzaron a ilusionar a la hinchada, a Julián; porque se habían desgastado en grandes victorias, tanto en el rentado local, como en el internacional.

Julián vivía de una manera diferente la pasión, siempre estaba vestido de verde esperando poder conseguir el día del partido alguna boleta en la taquilla, recogiendo sus últimos pesos, a veces hasta minutos antes de que el Primavera saltara a la cancha. Igual, cuando ponía los pies en la entrada de la parte alta de la tribuna, se transformaba por completo, respiraba el aire liviano de la cancha  y su figura cambiaba, era otro. Tal vez, aunque para muchos era difícil de entender, visitaba a su más grande amor, a su único amor. Por esto, su disposición frente al fútbol y a lo que pasara con el equipo de su ciudad, de sus amores, lo vivía más intensamente que cualquier otra persona.

Gritaba, puteaba, lloraba, reía; estar parado o sentado en la tribuna, con el equipo jugando al frente era una mezcla de sentimientos que a Julián lo llevaba, según mucha gente que había compartido con él, a la locura.

El poderío del Primavera, ese de los cinco primeros partidos, lentamente se fue viniendo al piso. Los jugadores, esos a los que el club les pagaba cumplidamente, tenían a sus hijos en los mejores colegios, vivían en los mejores barrios de la ciudad; habían decidido pararse, no jugar más. Salían a la cancha derrotados, caminaban de un lado a otro como si fueran turistas que visitan tierras desconocidas.

La hinchada, fiel desde siempre y dispuesta a apoyar en las buenas y en las malas, no daba su brazo a torcer. Seguía alentando constantemente, seguía apoyando al equipo y tratando de ganar partidos, como muchas veces lo habían hecho en el pasado, pero en esta temporada a los jugadores parecía que los colores no les dolían, no los sentían y por eso, poco o nada les importaba lo que pasara con el equipo en todas las competiciones que disputaba, ni cuánto podía estar alentando la barra, ni mucho menos, cuántos sacrificios esos hinchas habían hecho para ir a verlos caminar.

Julián siempre había sido de esos incondicionales, pero con cada partido que el Primavera jugaba sin ánimos, caminando de un lado a otro, viendo como sus rivales les hacían goles y los humillaba en su propia casa, empezó a putear al equipo.

Muchos, casi todos, se iban en contra de Julián, pidiéndole que dejara jugar al equipo, pero para él, que llevaba más de veinticinco años asistiendo constantemente al estadio y que sabía de sindicatos en el fútbol, esto no era más que eso, un sindicato.

-¡Hijueputas, descarados, sinvergüenzas!- gritaba Julián cada partido con más fuerza, cada partido con más eco. Poco a poco la gente que se sentaba a su lado en la tribuna empezó a darle razón y a contagiarse de su dolor.

-¿Por qué les grita sinvergüenzas?- se atrevió a preguntarle alguien alguna vez, cuando ya el equipo había cambiado de técnico y estaba ganando todos los partidos.

-¿Por qué?- empezó Julián- Porque sinvergüenza es aquel que no tiene vergüenza y eso es lo que han demostrado estos jugadores. No les da vergüenza tener los mejores sueldos y salir a caminar la cancha, no les da vergüenza ganar partidos de la manera tan mediocre que lo están haciendo. No les da vergüenza ponerse esa camiseta a rayas y no sudarla, no les da vergüenza  que personas como yo, que no tenemos con qué vivir, nos matemos trabajando para venir a verlos hacer el ridículo. Entonces, si no les da vergüenza eso y mucho más, son unos sinvergüenzas y hasta que no vuelvan a pelear y querer estos colores, a hacerlos respetar y sabernos representar, no voy a dejar de gritarles. Porque si ellos no aman al equipo, yo si; y cuando a lo que amo, lo tratan mal o lo irrespetan, yo, Julián Ramírez, el hombre que arregla ollas y que solo vive por el Primavera, por el Primavera doy mi vida.


Navidad de los Pobres ¿Qué tan feliz navidad?

diciembre 8, 2010

 

Navidad de los pobres, esa que nos canta la música de diciembre cada año, que conozco y que disfruto al máximo, pero que hoy en día tal vez está muy equivocada con su cantar, o al menos eso pienso yo, porque los pobres ya no están tan felices, o tal vez nunca lo han estado.

Ligado de una u otra manera a esas poblaciones vulnerables, me he dado cuenta que eso que yo pensaba real, la felicidad de los pobres en cuanto a la navidad, puede hasta estar cambiando demasiado.

Y no lo digo porque ya no lo disfruten, pero de un tiempo para acá, he notado que ahora si nos está tocando tratar de hacer feliz la navidad de los pobres, ahora si somos capaces de ponernos la mano en el corazón, metérnosla al bolsillo y llenarla de regalos y colaboraciones para gente menos necesitada, o mejor aún, para damnificados por éste invierno que según estadísticas es el más fuerte de los últimos treinta años.

¿Por qué apenas hoy? ¿Nunca ha habido personas hambrientas? ¿Nunca ha habido niños sin ropa? ¿Nunca ha habido familias sin navidad? ¿Entonces por qué ahora? Hago los cuestionamientos, no porque no me guste lo que están haciendo hoy en día, lo hago es porque apenas hoy se dieron cuenta de la cantidad de gente que necesita, al menos en mi casa, por esa liga que hay atada entre Molina Serna (mi familia) y la gente de escasos recursos y que es muy bonita, es que tal vez no colaboro con los damnificados del invierno, pero llevo colaborando hace ya casi diez años con alguito.

Mi madre es educadora y le han tocado, o ella los escogió, aun no se, sitios de alto riesgo para dar clase. Empezando por La Cruz, en Manrique Oriental y donde aprendimos a donar cosas, desde sabiduría y ropa, hasta llegar a alimentos y utiles escolares, luego llegó a escuelas rurales donde lleva casi seis años trabajando, dos en Caldas, donde la gente vive en pisos de color naranja, los niños no desayunan y lo único que tienen para salir de la rutina, es la escuela.

No me conmueven los damnificados me han dicho varias personas, pero lo que ellos no saben es que no veo noticias, que prácticamente tengo desconectado twitter y esas cosas, porque no quiero saber qué ocurre con esas familias que hoy, en medio de su pobreza, lloran y buscan bajo el barro a sus familiares que fueron aplastados por esa Naturaleza, a la que respeto y tengo más miedo que a dios. ¿Y por qué no quiero saber nada? Porque me duele, porque los medios acá con tal de vender, muestran la crudeza de la pobreza, que se vuelve tan sensacional que la gente no puede dejar de verla.

Insisto en no colaborar y si me piden que lo haga, pues para los damnificados de éste invierno, no voy a donar nada, o no se aún, igual, seguiré con la labor que desde hace un año vengo realizando con unos amigos y que consiste en tratar de hacer sonreír a niños y de brindarles una navidad diferente, o hasta de quitarles un peso de encima a los padres con el regalo de diciembre al que el mercado nos acostumbró, porque después de contarles la problemática de mi mamá como educadora, uno se da cuenta que un regalo para un niño de esos, significa hasta la comida de un mes entero y como a esa gente nadie les presta plata, mejor no brindarle una sonrisa al niño, pero que no falte la aguapanela para el desayuno y la comida y el pan para el almuerzo. Además, que las familias pobres no tienen ni uno, ni dos niños, su lista de infantes, es engrosada por tres o cuatro y hasta más.

No es tan feliz la navidad y ésta tal vez espero que sea la que les diga, que realmente los pobres, esos que creemos que tiran polvora, hacen asados y hasta lo imposible por comprar el traído y los ponga a reflexionar sobre su actuar, si va a ser algo solo por damnificados del invierno y de una sola navidad, o algo que quieren seguir realizando en su vida, porque por mi parte, yo, un chico de estrato dos, seguiré rebuscándomela para que las comunidades más vulnerables tengan una educación bien, unos útiles con qué recibirla, un bocado de comida para llevarse a la boca y una muda de ropa para ponerse, pero no lo haré por una navidad o porque la televisión me lo dice, lo seguiré haciendo porque me han dolido esas personas y porque hace muchos años entendí, que los pobres no necesitan que nos acordemos de ellos solo en navidad, sino durante el año, y cualquier colaboración que les podamos brindar.

Si quiere saber cómo colaboramos el año pasado en la sonrisa navideña de un niño, entre acá: http://www.facebook.com/profile.php?id=100000480249501


A primera vista

septiembre 5, 2010

Foto:  http://comoustedescomprenderan.blogspot.com/

Entró al Bar Roco, donde acostumbraba tomarse una cerveza antes de ir a su casa. Sus ojos azul cielo eran tan profundos como las borracheras que al barman le había tocado presenciar en los tres años que llevaba trabajando en el sitio.

-Laura, ¿Cómo estás?- le preguntó, la conocía desde hace mucho tiempo.
-Muy bien Mati, con mucho cansancio y ganas de tomarme el mundo entero en una botella.

Se sentó, miró el cielo que adornaba el techo del bar y luego hizo un recorrido de trescientos sesenta grados alrededor para ver quienes la acompañaban.

Al otro lado, en la esquina contraria a donde ella se encontraba, divisó un par de ojos azules, límpidos, acompañados de una cara tranquila, un poco ruda, pero que le inspiraba mucha seguridad, él, un joven alto, tal vez un par de años mayor que ella, con su cabello rubio, su piel rosada, le guiñó el ojo y ella sintió ese aire de coquetería.

Con un guiño Laura le devolvió los honores y sonrió, él también sonreía. Por la curiosidad ella siguió mirándolo, pese a que esta vez ese sentido que se le activa cuando la miran, no le dijo que él estaba pendiente de sus movimientos, ella sabía que le había interesado y que con ese guiño había captado su atención.

Volvió a mirarlo fijamente, lo vio sonreír, era muy bello, quiso conocerlo, pero no; es más, decidió no preguntarle a Matías, el barman, sobre la procedencia de aquel chico, porque si para ella era extraño, porque nunca, en los tres años que llevaba visitando el bar todos los días, excepto domingos, lo había visto, para el chico que la atendía, tambien lo sería.

Laura pidió otra cerveza y sentía como el calor del alcohol en su sangre le iba quitando la timidez que cargaba siempre, cada que volteaba a mirar a ése chico que estaba al otro lado del bar, lo veía sonreírle, ella le sonreía y le hacía caras, a las que él no respondía, esquivamente o tal vez, porque quería disimular la atracción que le generaba ella.

En un momento, cuando volteó, Laura no lo encontró, vio que él se paraba de su sitio y daba unos pasos, con la misma sonrisa y con mucha torpeza, llevándose todo por delante. Las cervezas ya habían hecho de las suyas, el chico le gustaba y lo único que faltaba era acercarse y decirle lo atractivo que le parecía. Iba rumbo al baño, pero cada vez era más torpe su caminar, se chocaba con todos los que estaban departiendo en las mesas y se ganó varios insultos de los demás usuarios del bar.

Pensó tanto, cuán borracho podía estar, que quiso ir a ayudarlo.

El llevaba su camino tranquilo, un poco borracho y su torpeza hizo reir a muchos en el bar, cuando sintió como un pie se cruzaba ante el suyo y con los pocos reflejos que tenía, quiso sostenerse, pero el licor, le hizo irse al suelo. Laura apareció en su ayuda, lo miró a los ojos.

-¿Estás bien? ¿No te pasó nada?- le preguntó

-No, tranquila, estoy bien. Muchas gracias.

-Mucho gusto, Laura- le dijo haciéndole caso a las cervezas y a la atracción que sentía por él.

-El gusto es mío, mi nombre es Juan- respondió él, cortésmente.

-Mira, es que no pude dejar de mirarte desde que te encontré al otro lado del bar y pues, noté que todo es retribuido porque me mirabas y me sonreías. Entonces decidí acercarme, para conocerte mejor.

-Pues te agradezco todo lo que dices y muy bueno que quieras conocerme, pero creo que no soy al que mirabas al otro lado de Bar.

-¿Cómo no? Si te vi pararte y te seguí.

-Dime cómo eres- le dijo él.

-¿Cómo que cómo soy?

-Si, dime como eres, porque soy ciego y dudo mucho que en mi vida haya visto a alguien que tal vez se parezca a ti y si te guiñé el ojo o te miré, o te sonreí, me halagas, pero no, no pude ser yo, porque simplemente no puedo ver.

Laura volvió a la barra decepcionada, tal vez triste y hasta se sintió victima de una broma, tomó su bolso, canceló la cuenta al Barman y salió del Bar. Juan, siguió su torpe camino al baño, mientras Matías iba a ayudarle, para evitar que se siguieran burlando de él.


A un amigo en algún lugar.

agosto 13, 2010

Foto: www.tienenhuevo.com

Eran las nueve de la mañana, yo tenía una camiseta azul pegada al cuerpo, no porque me gustara, sino porque el sobrepeso hacía que se viera asi, era un niño obeso que contaba con diez años. Estaba en la escuela, esa misma en la que mi mamá hacía sus prácticas para graduarse como licenciada en educación básica primaria. Esa mañana me saludó con los ojos hinchados, llegaba horas después que yo, primero le di un beso en la barriga que guardaba a mi hermanito que contaba con seis meses de gestación y luego, cuando me abrazó, rompió nuevamente en llanto.

-¿Qué te pasa?- le pregunté.

-Mataron a Jaime.

Yo me tranquilicé y la puse en mi hombro para tranquilizarla a ella. Pensé que era Jaime, algun compañero de la universidad, pero no.

-Juanse, mataron a Jaime Garzón- me dijo y ahí se me rompió todo.

Lo había conocido en los camerinos del Teatro Metropolitano, cuando contaba con siete años, era amigo de mi papá por eso de trabajar en el humor nacional y sobre todo por hacer parte de Caracol.

De ahí en adelante mi mamá le siguió aún más la pista y por ende, yo que era un pequeño que no entendía mucho de los temas que trataba, tambien fui cogiendole cariño.

Al año lo veíamos unas dos o tres veces, era de sonrisa pegajosa y mirada penetrante. De esas miradas que pesan.

Aunque todo fue tristeza ese viernes, en mi casa se le recordó con todo el corazón y entre risas, por todo lo que había hecho, por lo que había significado para nosotros como familia y por esa amistad que tenía con mi papá.

Con miedo, de ahí en adelante empecé a tenerlo, no antes, porque no pensé que con los humoristas se metieran, veía como mi papá seguía saliendo de casa, escribiendo bastante y mi mamá me decía que no podía pasar nada. Que mataban a uno, pero no a todos. La cuestión fue que mataron a esa piedra en el zapato de muchos, a un genio. Porque es genio aquel que hace tomar conciencia por medio del humor.

Cada que se ha recordado a Jaime en mi casa, ha traído lágrimas, de mi madre, mías, mi papá opta por callar, no dice nada y se limita a ese “País de mierda” pronunciado por Cesar Augusto Londoño en la noche de ese viernes trece, que aun recuerdo y que hoy, tambien es el mismo.

Ese fin de semana, el de su asesinato, fue llanto, llamadas a Bogotá, llamadas a mi casa. El televisor no se movió nunca del canal Caracol, tal vez nunca lo hizo después de eso. Es más, creo que no se apagó el televisor en todo el fin de semana. La tristeza que inundó a Colombia fue tal que todos salieron a las calles a despedirlo.

Yo, con mi mamá al lado llorando y mi papá que no podía de la indignación, tambien lloré, en esa epoca aun no había tocado un lápiz para escribir mis sentimientos, ni mis pensamientos, hoy, mi mamá me dice que escribo un tanto irreverente y con conciencia como la que tenía Jaime, pero en esa época yo no sabía que iba a hacer esto, simplemente a mis diez años, ese niño que lloraba, que era gordo, que pesaba veinticinco kilos más que su peso ideal, era calvo y que no decía groserías porque sus padres lo habían educado muy bien, simplemente exclamó, Hijos de Puta, Mataron a Jaime, País de mierda.


Virtuoso mutilado

agosto 21, 2008

 

Nací en el seno de una familia de artistas, mi padre fue chelista y ahora es el director de la orquesta filarmonica de mi ciudad, mamá es violinista y conoció a papá la orquesta de la cual él fue director. Esto significa que yo nací y me moví entre claves de sol, fusas, negras y blancas, me moví por un mundo lleno de virtuosismo, de perfección, de originalidad. 

Al cumplir mi primer año mis padres decidieron que yo debía cumplir el sueño que ellos querían realizar personalmente, esto es algo de lo que me enteré después de muchos años, ambos siempre quisieron interpretar el piano, pero no lo pudieron hacer porque no tenían los medios económicos para comprar uno asi que les tocó comprar instrumentos de un corte un poco mas barato. Me regalaron mi primer piano que estaba fusionado a una batería que no duró mucho. Crecía entre ese gran movimiento de corcheas, entre Beethoven y Handel. A los cuatro años mis padres me regalaron un piano un poco mas grande y empecé a ver algo de música por medio de mis padres, ellos me enseñaron lo basico porque hasta ese momento yo apenas tenía educado mi oído y no sabía leer ni escribir y mucho menos interpretar la musica.

Empecé a conocer las notas a meterme cada vez mas en ese instrumento que fue un regalo y fue casi como mi hermano, consiguieron a un profesor joven, que era un interprete que papá había conocido en una de las giras de la orquesta. Poco a poco el piano me encantaba mas, papá me había regalado un libro de Bach, quien luego se convertiría en el interprete que mas me influenciaría y para mi el mas grande de todos, sin demeritar a los otros.

Para los catorce años yo ya era conocido en el circulo musical, ya había tenido la oportunidad de interpretar muchas veces canciones de otras personas, tanto clásicos como contemporaneos y ademas me había dado por empezar a escribir mis propias obras, las cuales estaban generando un gran gusto entre los compositores y musicos de la ciudad.

Seguía estudiando por mi propia cuenta, me metía cada vez mas, tocaba día y noche, a veces ni siquiera dormía, ni cuenta me daba de que los días cambiaban, para ese tiempo ya tenía algo asi como 18 años y estaba estudiando para presentar mi prueba de admisión para el conservatorio de Moscú.

Hasta que llegó ese tan trágico día, el día de mi desaparición. Era un 9 de octubre, ya había pasado el medio día y me encontraba practicando un Nocturno de Chopin, estaba frente a mi piano, las partituras dispuestas, hasta que entré en el clímax de la canción, de repente algo me cubrió la boca, un brazo se aferró a mi cuello y poco a poco me fue adormilando.

Cuando desperté estaba amarrado a un poste, mis pies estaban unidos por un lazo, estaba sin camisa como acostumbraba estar en casa, asi me habían agarrado y el frio estaba comiendo mi cuerpo. Estaba secuestrado, no encontraba una razon valedera para que esto ocurriera, ya que mi familia no es muy adinerada, tampoco somos unas figuras tan publicas como para decir que corremos el riesgo de ser secuestrables, solo ocurrió.

Mis secuestradores eran jóvenes, yo creo que no superaban los 25 años, no hablé con ellos, pero escuché como planeaban hacerse ricos de cuenta de mis padres, como planeaban llamarlos y todo lo que tuviera que ver con el chantaje. Escuché como torturaban sicológicamente a mi madre y tuve que aguantarme y llenarme de esperanza con que no realizarían eso que decían iban a hacer. Pero realmente lo que yo pensé que solo eran palabras, se fue convirtiendo en algo que cambiaría totalmente mi vida, en algo que tumbaría mis sueños a la basura.

Habrían pasado algo asi como diez dias desde que me habían raptado, entraron a darme la dosis de comida de siempre, un pan y un vaso de agua, a veces lo remojaban para que yo no tuviera que hacer el esfuerzo, estuve tres dias sin probar bocado porque no quería recibirles nada, pensando que me querían matar, que me iban a envenenar, pero el hambre me hizo sucumbir, pensaba que eran mis ultimos días; ese dia comí y luego de comer, escuché como discutían con el telefono, deduje que era el telefono porque no había quien respondiera a los gritos que ellos pegaron. La rabia subió a su cabeza y escuche esa fatal decisión “usted cree que es jugando, entonces le mandamos los dedos de su pianista en un sobre”. Yo me llené de miedo, me desamarraron, me sentaron en una silla, me pusieron ante una mesa, y en medio de pinzas, alicates y clavos, estaban unas tenazas, pensaron un rato, cuando de repente el mas joven y al cual había visto mas que al otro, cogió las tenazas con una mano y con la otra me agarró de la muñeca, mi mano derecha se tensionó, luché hasta donde pude. El dolor impresionante, el corte fue a la altura del nudillo, el dolor indescriptible, soporté, grité, lloré, miré a ese imbecil cubierto por una capucha, muestra de que es un cobarde, cuando cortaron el segundo dedo, entré en shock y me desmayé.

A mamá le llegaron los dedos en un sobre tal y como se lo habían prometido, ella que ya estaba recogiendo la plata que exigían movió cielo y tierra para que fuera lo mas pronto posible mi regreso; al otro día cuando llamaron los secuestradores, mis padres hablaron con ellos y concertaron la hora de encuentro y el lugar donde se realizaría la entrega del dinero.

Mamá me cuenta que cuando entregó el dinero pensó que yo iba a volver muerto, pero a los dos días de haber entregado la plata aparecí, solo, sucio, con una mano mutilada, no tenía mis dedos de la mano derecha, la cual era cubierta por una venda. Entré a casa y la encontré, con lágrimas en los ojos me abrazó y sin creer aun lo que había pasado, besó mi mano mutilada; yo solo opté por cambiarme de ropa, por bañarme. Ya no podía llorar más.

Dos días después de haber vuelto a casa, desvestí mi piano nuevamente y en un ataque de histeria tiré todo lo que había sobre él, las partituras quedaron regadas por el suelo, mi desconcierto era total. Unos días después de haber hecho esto, intenté sentarme frente a él e interpretarlo, y no fui capaz, adios conservatorio, adios amor por la musica, adios a todo lo que había soñado, me di cuenta que ya no podía ser lo que quería, reconocido por ser un gran interprete, ahora solamente era un invalido.