Juana y el adiós.

julio 11, 2012

a Juana en algún lugar de Chile. 

Foto: Tolla Staley Season.

La última vez que vi a Juana estaba igual de sonriente, con su lunar bajo los labios, con sus ojos café, con su cabello rojo no tan rojo; olía a ese maquillaje que me hace estornudar, sonreía como siempre. La última vez que vi a Juana compartimos la lluvia, las frases, las palabras. Compartimos las páginas de una revista de culto cargadas de dibujos y letras, compartimos pensamientos, compartimos silencio.

Juana es sonriente, de rostro ancho, le gustan las faldas. Juana tiene un tatuaje en el pecho, uno en la espalda, uno en la pierna y uno más profundo, en su corazón. Le patinan de vez en cuando las R, puede ser silenciosamente histérica, histórica, también bullosa, soportable.

La última vez que vi a Juana me quedó el aliento con olor a choripan y aún así conversamos frente a frente, se acostó en mis piernas y durmió, meditó. Intercambiamos obsequios, se fue lejos.

Una pajuela, dos libros, una billetera, un miedo y un adiós. Intercambiamos todo y nada se nos quedó, todo entre los dedos se nos esfumó. Intercambiamos aliento, aire. Sus brazos se fundieron en los míos en un gancho interminable que nos llevó a caminar un parque, dos o tres. Siempre quisimos beber café juntos, no bebimos nada. Ella un té, yo una gaseosa.

Juana dice que somos diferentes y eso la hace disfrutar cada momento conmigo. No le gustan mis manillas en los pies, ni la gente que conozco, no le gustan las manos que estrecho, los abrazos que doy, ni los saludos que brindo, ni las sonrisas que esbozo, dice que eso me hace diferente a ella, dice que no lo puede soportar, pero no es capaz de dejarme sentado en donde nos podamos encontrar.

La última vez que estuve con Juana estaba tan segura, tan triste, tan suave, tan llena, que no la quise sacar de su lugar y aún así, todo eso que tenía, se fue. La última vez que la vi, fue la última vez en meses. La única de este año.

Juana partía para otra parte del mundo, allá tirando al sur, a la tierra de Neruda y Nano Stern, esa tierra que algún día quisiera conocer. Esa tierra que hoy le moja la piel. No la volví a ver.

Esa noche, la lluvia, las páginas, el aliento, el lunar, los ojos, los dibujos, los regalos, fueron los últimos, porque a Juana no le gustan las despedidas y por ese motivo fui capaz de desaparecer de su vida. Al menos, al menos hasta el día que pueda volver, a esta ciudad donde sus labios se cubren de R arrastradas y musicalizan mis oídos. Al menos hasta el día en que sus brazos me colmen y me lleven a su cuerpo, al menos al día en que la vuelva a ver sonreír.

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Al desnudo

diciembre 1, 2011

Foto: http://www.365noticias.com

Ahí estaban, desnudos, frente a frente. El olvido los había unido y hoy, en esa cama doble de colchón blando, con las sábanas arrugadas por el rastro de dos cuerpos que estaban sobre ella, dieron por finalizado algo que llevaban haciendo desde hacía tres meses.

El primer día, simplemente le había dado un beso, profundo, le hizo erizar todo, pero no fue nada, al segundo le rozó el cuello con sus dedos, al tercero le besó la oreja, al cuarto se sumergió en su olor. Así se seducían, jugaban cada vez más, mientas más se veían. Se saboreaban, se excitaban, se desnudaban, cada día una prenda distinta pero nunca se habían quedado como estaban ahora, sin ropa, sinceros.

La besó profundamente, ella le acarició el cabello. Sus senos rosa jugaban a combinar con el color trigueño casi oscuro de la piel de él. Los cabellos se mezclaban en la almohada, la humedad de la entrepierna de ella, era similar a la erección de la de él. Se deseaban. Desde el primer día, desde el primer beso.

A los treinta días la delineó con la lengua desde la clavícula hasta el lóbulo de la oreja, en repetidas veces, hasta sentir los poros de ella explotar. A los cuarenta fue ella la que introdujo su mano bajo la camisa de él y le recorrió la columna con la punta de las uñas. Jugaban, si, se deseaban, cada día más.

-Quiero sentirte- le dijo él una vez.

Ella se sonrojó, sonrió, agachó la cabeza, lo besó. Él sonrió también.

El frío se filtraba por la ventana, pero ambos se tenían ahí, al descubierto, abrazados, se acariciaron desde la punta del cabello hasta la de los pies, los ojos cerrados, los labios abiertos, las lenguas sedientas, los poros dispuestos.

La noche se hacía cada vez más oscura, los cuerpos cada vez más claros, el fuego de sus corazones volvía con olvidos.

-Te quiero tener así toda la noche- le dijo ella a él.

Él se sonrojó, sonrió, agachó la cabeza, la besó. Ella sonrió también.

Se quedaron desnudos una hora. Simplemente se sintieron, piel con piel, sin sudor, sin pudor, sin pena. Algunos dicen que desnudarse sin penetrarse no vale la pena. Pero el aliento de él sobre el cuerpo de ella y los besos de ella, sobre el aliento de él, son más recompensa que cualquier orgasmo. Para sentirse, para recorrerse, para penetrarse, tendrán el resto de la vida. Para conocerse, solo esta primera vez.

Miraron el reloj. La madrugada se hacía cada vez más fría. Se vistieron. Se besaron. Juraron volver a hacerlo. Hoy solo quieren desnudarse, conocerse, recorrerse, desearse.