El Muro

abril 28, 2012

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El traidor

noviembre 10, 2011

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Sonrisa en un papel

junio 13, 2011

 

 

sonrisa en un papel

Ella lloraba inconsolable en el vagón número dos del tren que llevaba a Quimbaya. Abandonaba por primera vez y en solitario su ciudad natal, Primavera. Esta vez, juraba que para siempre, no podía olvidarlo, y verlo pasar frente a ella, acompañado de esa otra mujer, era algo que cada vez la lastimaba más y más.

 

Él, al otro lado del vagón, leía, pero por encima del libro, por encima de sus lentes de marco azul celeste, la miraba de vez en cuando y no podía dejar de pensar qué le había pasado y cuál podría ser la razón por la que lloraba.

 

Las ganas de entrar al baño se le vinieron encima, lentamente soltó su libro sobre la silla, ella lo miró, pero siguió llorando, aunque apuesto, tal vez ahogar en lágrimas su cuerpo era lo único que podía hacer bien en ese instante, asi que lo dejó pasar tranquilamente.

 

Él, se secó las manos, fue a la cocina, compró un té y acompañado de un pañuelo, le pidió a uno de los meseros que se lo llevara a la chica del vagón número dos, silla 18. Luego, volvió a sentarse en su silla y retomó el libro. A los dos minutos llegó el mesero con el encargo y ella sonrió.

 

Sin embargo, aún siguió llorando, le era imposible dejar de hacerlo. Él sin quitarle ni por un momento los ojos de encima, sacó un cuaderno de un bolso que hasta el momento descansaba a sus pies y empezó a hacer varias anotaciones sobre el libro que leía. Ella, que con cada sorbo que le daba al té calmaba  su tristeza, empezó a dedicarle la mirada durante un rato, era atractivo, cabello negro, serio, de ojos miel tras los lentes, nariz aguileña que rompía con la ternura que podría expresar su rostro y un cuerpo tan flaco como las guamas que florecían en los árboles que se veían a lado y lado de la carrilera.

 

Él, tan interesante y desinteresado en ella, sonrió apenas la vio calmada, tenía una manera particular de mirar a la chica, generalmente ocurría cuando iba a cambiar de página, acompañado de un leve movimiento de su lengua sobre los labios y que terminaba mojándolos, ya que mantenían excesivamente secos. Decidió acercarse, escribió algo en la hoja para darse ánimos y se puso de pie, guardó su cuaderno y su libro en el bolso, el bolígrafo lo puso en el bolsillo de su camisa a cuadros y finalmente dio uno, dos, tres pasos, largos, como su cuerpo, estuvo ante ella, le entregó un papel que había arrancado de su cuaderno, en él había algo escrito, serio, la miró a los ojos verdes de ella y se bajó del tren. Era la estación Limón. Ella sorprendida se lo recibió y lo dejó irse, era demasiado bello, tan perfecto para olvidar a su anterior novio, leía, escribía y quería cambiarle el ánimo.

 

El tren arrancó, ella siguió arriba, él lentamente salió de la estación. Durante todo el trayecto, ella siguió pensando, por qué sería que aquel hombre le había entregado ese papel. Finalmente tomó la decisión. Se bajó en la siguiente estación después de Limón y tomó un tren para devolverse a la cítrica ciudad.

 

Allá llegó cuando ya la tarde se iba tiñendo de naranja y fucsia para terminar en azul oscuro, casi negro. De ahí en adelante, todo es historia. Aún busca al hombre que en un tren con camino a Quimbaya, le entregó un papel que decía “Sonrisa en un papel”, algunos dicen que nunca lo han visto, otros dicen que vivió allá hace unos cien años, ella asegura que lo esperará en la estación del tren hasta que vuelva a tomar alguno con camino a Primavera, o a Quimbaya, o que llegue en otro, desde algún lugar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Primera vez o juego de tenis

marzo 23, 2011

Foto: http://www.delejuventudcordoba.es

Era miércoles, llovía en Naranjal, municipio a las afueras de Primavera, donde vivía ella, quien recién había salido de la ducha cuando contestó el teléfono.

-Hola- escuchó al otro lado que él le decía.

-Hola lindo, ¿Cómo estás?- respondió ella.

-Bien, acá mojándome

-Eso escucho, ¿Dónde estás metido?- le preguntó.

-En el parque de Naranjal- respondió él.

-Qué bueno- respondió ella que sintió algo en el estómago apenas lo escuchó- ¿Vas a venir a verme?- le preguntó.

-Si Quieres que vaya, voy- Respondió él coqueteando.

-Claro que quiero que vengas y así acabamos lo de la otra vez- dijo ella mientras el pitido le anunciaba el final del saldo que le ofrecía la moneda que le había echado al teléfono.

Colgó y ahí mismo pasaba el colectivo que lo llevaba a la urbanización de ella. Le puso la mano, pagó los mil pesos que llevaba en el bolsillo derecho del pantalón y se sentó a escuchar música que cargaba en su Ipod.

Llegó a su destino, dio un timbrazo y un brinco para bajarse apenas el colectivo se detuvo, miró a ambos lados y cruzó la calle, llegó a la portería y se hizo anunciar.

-Que pase- le dijo el celador luego de haber cruzado un par de palabras con ella al otro lado de la línea.

Con la lluvia en los hombros atravesó toda la urbanización, subió siete pisos por las escaleras y llegó al siete quince, apartamento que apenas sonó el timbre abrió sus puertas.

Llevaban veinte días de novios y se conocían hacía unos seis o siete meses, que hablaban todos los días hasta las dos de la mañana. Ella esa tarde tenía clase de tenis y cuando él la encontró en casa, ya estaba vestida con su falda pequeña, su camiseta cuello polo y sus tenis reebok con agarre especial para la cancha de polvo de ladrillo.

Afuera el cielo se caía y mojaba todo Primavera, ella viendo que no tenía ganas de escampar, se le echó encima, lo amarró con sus piernas y le pidió que la llevara al cuarto, él con el peso de ella encima, soltó como pudo su bolso apenas llegaron al cuarto y la arrojó en la cama. Como compartía un camarote con su hermana y ella dormía arriba, pensó durante un momento donde acabar con esas ganas que traía desde hacía unos días.

Al final se decidió por la parte de abajo y allí se tumbó, mientras lo invitaba a que se le acercara, le dio un beso, le mordió el labio y lo rompió, no le importó y siguió besándolo, poco a poco le fue quitando los zapatos, el pantalón. Él no se quedó atrás y fue metiendo su mano bajo la falda, le arrancó los shorts y la vio desnuda.

-¿Quieres que lo haga?- le preguntó tembloroso.

-Sí, es lo que más deseo- le respondió ella.

-Es mi primera vez, ¿lo sabes?

-¿En serio?- Respondió ella sorprendida- Igual tranquilízate.

-¿Por qué, no es la primera vez tuya?

-No, así que relájate.

Él tomó el condón en sus dedos lo puso bien, aun seguía temblando, se acostó sobre ella y poco a poco la fue penetrando, despacio, ella miraba tranquila y disfrutaba, aun conservaban sus camisetas, naranja y blanco frente a frente, un par de besos, mojados, con la lengua conociendo esos labios, él se movía torpemente, ella también, en poco tiempo ya habían acabado, no fueron más de cinco minutos, él se acostó a un lado de ella y se limpió, ella salió corriendo al baño, también había sido su primera vez, pero no se lo dijo sino hasta meses después.

 


Entre gambetas

octubre 27, 2010

Gambeta

Foto: http://www.mazcue.com

 

Desde que nació su hijo, quiso que fuera futbolista, el más famoso, el mejor de todos los tiempos en Granada. Él ubicado en Primavera, le puso de nombre Andrés, así como su más grande ídolo del Primavera Futbol Club, el único equipo que había ganado la copa de las Colonias en representación del pueblo Granadino.

Cuando creció y luego de haberle puesto uniformes del Primavera con el número diez, ese que llevaba también Andrés González en su espalda, decidió que su hijo, Andrés Hernández, debía presentarse a la escuela de futbol del Primavera.

El niño entrenaba y su padre se divertía, a los diez años de Andrés, cuando dio la primera gambeta y eludió a tres contrarios para marcar su primer gol, su padre también gambeteó a su madre y la dejó postrada en el suelo al confesarle que desde hacía un par de años se veía cada entrenamiento de Andrés, con la madre de uno de sus compañeros de equipo y con la cual se iría a vivir a partir de ese momento.

La madre y hasta ese momento esposa, dijo perdonarlo, se lo encomendó a dios, le dijo que fuera feliz y que por favor no se olvidara de ellos, él asintió, dijo que iría a todos los partidos de Andrés y que siempre lo apoyaría.

Andrés cumplió doce y su papá no fue a verlo en el torneo Maltica, cumplió quince y ganó la Liga de Santa Fe, su padre no fue a verlo, cuando iba a hacer la prueba para ser profesional, llamó a su padre.

Una, dos, tres gambetas, dos bicicletas y una finta sin balón para desarmar las ganas de Andrés, esta vez tampoco iría a verlo. Sin embargo, Andrés con sus gambetas, esas que si daba con el balón, se sacó a tres jugadores profesionales, se quedó frente a frente con el arquero y se puso a llorar.

El técnico del equipo le gritaba desde afuera y aún no creía que Andrés se hubiera parado frente a Olivetti, el arquero traído de la Pampa y se pusiera a llorar, sin embargo, apenas vio que lo desarmaron los defensas, lo sacó del campo, lo aconsejó y le pidió los datos.

-A partir de mañana, jugás con nosotros- le dijo.

Andrés feliz fue a su casa, le contó a su madre, ahora si podrían tener casa propia y salir de ese barrio donde siempre habían vivido y del cual su padre les había prometido que los sacaría, pero que nunca lo hizo.

El día del debut, Andrés tomó la camiseta con franjas horizontales que adornaban su pecho, rezó antes de entrar al campo y luego cubrió el escudo de ese, su equipo del alma con un peto verde que lo identificaba como suplente. El partido iba dos a uno en contra del Primavera, el estadio Gonzalo Nariño, estaba a reventar y más cuando el equipo rayado juega contra los Cipreses de Primavera, eterno rival, con el que disputa el clásico de la región.

Minuto treinta y seis.

-Andrés, entras vos- le dijo el técnico.

Calentó perfectamente, miró al cielo, luego al suelo, esperó a que el cuarto juez se parara a su lado con la paleta, ese número cincuenta y dos que lo hacía parecer el peor jugador del equipo empezó a brillar verde, reemplazaba a Gonzalez, su más grande ídolo.

-En tus manos quedamos pelao- le dijo el veterano que era sustituido.

Se agachó, con el dedo índice rozó el pasto y se echó la bendición, fue corriendo a recibir el saque de banda. Lo bajó con el pecho, la puso en los pies, hizo una, dos, tres gambetas, dos bicicletas y sacó a cuatro rivales, el público gritaba enloquecido, quedó frente al arquero y antes de derramar la primera lágrima, hizo una finta con el cuerpo, vio como Gómez, el goleador del Primavera se acercaba a toda velocidad, le hizo un pase, el arquero quedó desubicado, Gol.

El Primavera esa tarde ganó tres a dos, contra el Cipreses, Andrés contribuyó también en el tercer gol, en la tribuna su padre lloraba por ver a su hijo jugando tan bien, apenas acabó el partido, tomó el celular, lo llamó, Andrés mostró su alegría por recibir tan anhelada llamada, pensó que lo felicitaría, pero no, él solo llamó para pedirle plata prestada.