Al son del pollo

marzo 8, 2011


Foto: http://www.dongiuliano.com/

Ella siempre lo miraba con esa cara de deseo, mientras sentada en una mesa del restaurante devoraba un pollo. La grasa le recorría uno a uno los dedos. Era su jefe, y luego de terminar siempre iba y le agradecía.

-Algún día te tendré entre mi boca como a ese pollo- Le decía, mientras con las manos grasosas le acariciaba el rostro y apretaba los dientes.

Daniel se estremecía al escuchar eso. Ella pese a ser su jefe, no era la mujer que lo trasnochaba, o tal vez si, cuando tenía pesadillas. Pero él, quien siempre había querido a una mujer como las que pintan en la televisión de curvas perfectas, busto grande y nalgas pronunciadas, no podía imaginarse nunca entre el cuerpo pronunciado de Marleny, como se llamaba su jefa, quien sin hacer mal el cálculo estaría rondando los 40 años.

Era de todos los días que ella lo seducía y él trataba de ignorarla, pero al ver ese rechazo, Marleny lo empezó a presionar, le ponía más trabajo, le doblaba los horarios, no lo dejaba ir a estudiar. Daniel ya sabía a qué se debía ese cambio y por eso quiso hablar con ella.

-¿Qué le pasa conmigo Doña Marleny?- Le preguntó Daniel.

-Nada hijo, nada.- le respondió ella igual de cariñosa.

Él siguió su trabajo y la intensidad del mismo era cada vez mayor. Hasta que un día, cuando doña Marleny terminó de comerse una pechuga y fue a hacerle el respectivo coqueteo, Daniel corrió a la puerta del local y la cerró. Ella sonrió y lo miró con deseo. Fue a la cocina y allá lavó el plato en el que comió y mientras tanto, Daniel se puso tras ella y empezó a besarle el cuello, con algo de asco, pero consciente de que así podría quitarse toda la presión de encima.

La empezó a recorrer con sus manos, la cocina ardía y hacía que el sudor los obligara a arrancarse rápidamente la ropa. Eso fue lo primero que hicieron, ella sudaba y el agua que emanaba su cuerpo hacía ver más desagradable aun las deformaciones de su cuerpo que no era bien cuidado y siempre llevaba la misma dieta de pollo y grasa, sin esfuerzos.

Daniel la besó, sintió como la sal del sudor de ella se le fue metiendo en los labios y le recorrió hasta el final de la garganta. Ella gemía y se agitaba cada vez más. Él aun no la tocaba, para que estuviera excitada, pero ella estaba ya en el clímax, se le estaba cumpliendo el sueño que había tenido desde la llegada de ese joven, de piel canela, con cabello oscuro y ojos cafés, tenerlo para ella, solo para ella.

-Hazme todo lo que siempre he querido- Le gritó Marleny.

Daniel se espantó, pero sintió como ella empezó a desnudarlo, a recorrerlo con los labios y le fue quitando el pantalón, hasta que con su boca, le consumió el sexo y lo hizo excitar. Nunca, ninguna mujer le había hecho eso en sus diecinueve años de vida.

La sensación que estaba experimentando en ese momento, era extraña, se excitaba por la sensación, pero estaba asqueado porque Doña Marleny no era lo que él siempre soñó para entregarle su pureza.

Fue así como la puso de espaldas, ella le pidió que se fundieran el uno en el otro, que la hiciera suya, como tanto lo había deseado. El joven se estremeció, tomó su miembro erecto, lo puso en esa húmeda cavidad que ella le ponía a disposición, dio uno, dos, tres enviones y en un ataque de asco, la tomó del cuello y con fuerza la fue dirigiendo hacia el otro lado de la cocina, ella seguía gimiendo, allí volvió a penetrarla, ella le pedía cada vez más y más y más, no paraba de gemir, le exigía que lo hiciera cada vez más rápido, gemía, Daniel pensaba que como un cerdo, pero igual, gemía.

-Agárrame del pelo que estoy cerca- le dijo ella.

Daniel la tomó del pelo y con esa rabia, con la misma que estaba haciendo lo que estaba haciendo, sumergió la cabeza de su jefa en la freidora, el cuerpo se fue poniendo tenso, pesado, tanto que tuvo que soltarla, no se quemó los dedos porque el cabello de ella era demasiado largo, finalmente sacó la tijera con la que desmembraban el pollo y empezó a recortarle la piel y los miembros. Cuando hubo acabado, la envolvió bien en una bolsa junto con las vísceras de los otros pollos y la echó al río.

Nunca más volvió a trabajar allí.

 

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Encuentro en el Metro

marzo 3, 2011

Foto: http://repatriada.wordpress.com/

Parado en el mismo rincón que acostumbro habitar en el metro, sumergido en la magia de un Buenos Aires recorrido poco a poco por mis ojos a medida que iba avanzando el libro que llevaba en las manos, miré a todos lados, la mujer que separaba su cabeza de mi abdomen por un vidrio, dormía plácidamente, yo sonreí.

El tren se detuvo, la estación Poblado es tradicional que traiga con la apertura de las puertas unas estudiantes universitarias que cuchichean y se sumergen en chismes. Ella subió ahí.

La miré por el espacio que me dejaba el marco de mis lentes y la esquina superior izquierda del libro, su cabello rubio, los ojos verdes, la piel blanca y un poco colorada por el rubor, una camisa blanca ajustada al cuerpo y una falda rosa. El pelo enganchado con una rosa y los pies haciendo juego con unas zapatillas bajas llenas de flores, parecía una muñeca.

La observé diez segundos y luego volví a mi lectura.

En un instante, cuando habían pasado dos o tres estaciones, volví a alzar la mirada, allí estaba ella, con los ojos rojos, una lagrima corriéndole el rosa que le creaba el rubor en la mejilla, le acerqué un pañuelo y volví a mi puesto, a seguir leyendo.

Ella se quedó sonriente, me miró de reojo y yo seguía sumido en las letras. Llegamos a San Antonio, donde hago el trasbordo, ella bajó tras de mí, subimos a la otra línea y allí esperamos en la misma plataforma a que llegara el tren.

Yo me volví a instalar en el mismo rincón, ella frente a mi, seguía mirándome, ahora con una sonrisa en la cara.

Poco a poco pasaban las estaciones, ella seguía ahí, de un momento a otro se movió y yo la seguí, se me acercó, bajó el libro y me besó, fue un beso baboso, profundo, sincero, que me estremeció todo el cuerpo, me hizo erizar y que cuando terminó, hizo que su cabeza descansara en mi pecho.

-¿Por qué lo hiciste?- le pregunté.

-Porque estabas leyendo a Sábato- me respondió.

-¿Y eso que tiene que ver?

-Nada, me gusta como te ves cuando lees.

-Es la primera vez que me ves- le dije.

-Si, pero ya me gustó verte leer- Respondió- cuando quieras leer sobre mi regazo, llamame.

Sacó el pañuelo que yo le había entregado, no lo había usado, simplemente estaba escrito en él su nombre y su teléfono.

Uvita: 3002345231. Aun no soy capaz de llamarla.

 


Besos de Salbutamol

febrero 26, 2011

A la mujer del Metro.

Foto: http://tenerbuenasalud.com

Cerré la puerta del garaje en la oficina y empecé a caminar en dirección a la estación del metro. Adelante iba ella, una mujer que se adaptaba cien por ciento a mi gusto, cabello negro, piel completamente blanca, una camiseta verde ceñida al cuerpo que le marcaba la figura y un jean que apretaba sus caderas tanto que la hacían ver más sexy aún; de los zapatos no hablaré porque casi ni se los miré.

Paso a paso fui acercándome, ella iba tranquila, yo no, siempre caminar en la noche me ha generado temor, gracias a mis problemas de paranoia.

La sobrepasé en el semáforo de la esquina a la estación, compré un tiquete que me llevara a mi pueblo y entré a esperar el tren. Ella, tras de mí, compró un tiquete para mi mismo pueblo.

Subí las escaleras con el mismo entusiasmo de siempre, dos canciones y un baile ya característico mientras voy dejando atrás peldaño tras peldaño. Cuando llegué al final de la escalera, miré hacia atrás para ver dónde venía ella.

Ahí estaba subiendo uno a uno los escalones, mientras su mano derecha se apoyaba sobre el pasamanos, su rostro blanco, acompañado de un toque de rubor y que era armonizado por una línea negra en el parpado que resaltaba el color avellana de sus ojos, iba reflejando el cansancio y la dificultad que tenía.

Su boca carnosa, rosa, iba entreabierta, muestra de la dificultad que tenía para respirar, pues sus pasos se detenían o se movían al ritmo que su pecho lo permitía.

El tren llegó, ella solo iba a la mitad de las escaleras, decidí esperarla. Ahí se detuvo, estaba descansando, decidí acercármele.

Volví a bajar las escaleras, metí mi mano en el bolso que llevaba cruzado sobre el pecho y me paré a su lado.

Ella me sonrió, yo le respondí con una sonrisa también, saqué la mano del bolso y se la extendí, ella la miró con desconfianza, pero apenas vio que en ella tenía un inhalador de salbutamol, sonrió y lo tomó para ella, lo destapó y se dio una, dos, tres descargas del aire que le permitió volver a respirar tranquilamente. Me devolvió el inhalador, yo le toqué la boquilla, aun untada con su saliva, sentí como esa humedad me producía algo, es más lo acerqué a mi nariz y allí encontré su aroma impregnado.

-Gracias- Me dijo, sacándome de la escena que estaba haciendo- Me llamo Alejandra.

-Con gusto, sabía lo que tenías- le dije- Mi nombre es JuanSe.

-Vi que me seguías en el camino, pero no pensé que fueras tan caballero- Coqueteó.

-Tranquila, no fue nada, simplemente te vi tan alcanzada y como yo también sufro de asma, quise ayudarte.

-Es que dejé el mío en casa.-Agregó.

-Si, eso noté, a mi también me ha ocurrido, solo que no he tenido quien haga esto por mí- le dije mientras me reía.

-Igual eres muy bello, algún día te ganarás un beso.

-No es necesario, ya aprisioné todos los que pudieras darme en mi cajita para respirar- respondí.

Ella sonrió y se sonrojó, mientras conversábamos para llegar a nuestro destino.

A partir de ese día, empezó a nacer una relación, ella tenía su novio, yo tenía mi novia, pero poco a poco nos fuimos conociendo mejor, tanto que empezó a esperarme a la salida de la oficina y como no podíamos darnos ni un solo beso, lo hacíamos compartiendo el inhalador cada que nos sentíamos sin respiración, cosa que ocurría cuando estábamos el uno frente al otro.

 


Primera Vez

febrero 22, 2011

A Laura por el reto y la confianza.

Foto: http://elhijodedios.com

Era de esas noches lluviosas en las que lo único que quedaba para hacer era sacarle el polvo a los juegos de mesa y utilizarlos para vencer el aburrimiento de un grupo de jóvenes que rondábamos entre los catorce y los diecinueve años.

Éramos varias parejas, que el frío de la finca hacía que nos acercáramos a quien fuera nuestro par, en mi caso, él.

Esta noche será mi noche, tal vez pensaba él. Llevábamos juntos desde que yo tenía doce años, en ese tiempo éramos una pareja llena de inocencia que no pensaba en nada más allá que unos simples besos. Cuando nos formalizamos yo ya tenía catorce y él, mayor que yo tres años me dijo que era lo que más había anhelado.

Fue hace un año ya que decidimos formalizarlo, pero nunca habíamos pasado de un beso profundo que me erizara todo y una caricia tierna. Digo que pensaba eso, porque en la cara que tenía cuando me invitó se le notaba. Yo igual también quería. Era tal vez la recompensa que ambos merecíamos tan larga espera.

Me tomó del brazo mientras todos jugaban un gran turno de UNO, me alejó del grupo y me metió en la habitación. Yo sabía a lo que iba, era inevitable y con mis nervios a flor de piel, las mariposas en el estómago y un deseo insaciable, empecé a besarlo profundamente y a desnudarlo. Le arranqué la camisa pese a tener ese miedo a ser descubiertos. Él más prudente me arrancó el pantalón.  Asi poco a poco nos íbamos quitando una a una las prendas, bajo mi camisa blanca desabrochó el brassier y empezó a lamerme los senos, era la primera vez que alguien lo hacía, pero lo hizo con tanto amor, que no se sentía tan desagradable como yo pensaba.

Él ya totalmente desnudo, solo tenía sus medias puestas, yo solo tenía sobre mí unos calzones infantiles y podía sentir toda la atención del juego de UNO, puesta sobre nuestra habitación. Pero sin embargo seguía dispuesta a acabar con tan larga espera. Poco a poco me fue bajando los calzoncitos, esos que dije que eran infantiles y que estaban tan mojados que lo hicieron excitarse más. Ahí estábamos, él debajo de mí, solo era mover las caderas y el coito que tanto esperábamos se podía dar. El angulo recto que formábamos perfectamente, se veía reflejado en forma de sombras en la pared. Sedientos de placer, la lluvia afuera golpeaba aún más, nuestros amigos pegados a la puerta, pendientes a nuestro momento. Te amo, me susurraba, yo inocentemente le decía lo mismo.

Lo tomé, estaba tan perfecto, tan sincero que los besos que me daba en el cuello me hacían subir más y más la excitación, tanto que solo atinaba a rasgarle la espalda con mis uñas, él parecía disfrutarlo. Cuando quise que lo hiciera, que por fin me sintiera, estuviera dentro de mí y saciara esa sed que teníamos el uno del otro, se lo pedí, casi que a gritos. Pero cuando ya estaba dispuesto a penetrarme, pasó lo impensable, hasta ahí llegó, su cuerpo descargó todo el placer, que salió expulsado en una larga fuente poco a poco, en chorros largos y luego cortos. Ahí quedó, exhausto, mirando al techo. Yo me vestí nuevamente y salí a seguir jugando, él durmió hasta el otro día, nuestro encuentro quedó pospuesto.

 

 


Amor eterno

enero 19, 2011

A mi media naranja

Desde el momento en que nací me dijeron que iba a estar atado para siempre a ella, y asi fue, siempre viví a su lado, preocupándome por su bienestar, por su comodidad y por la tranquilidad y alegría con que realizaba sus labores.

Cada semana nos entrelazábamos, ella con su piel suave se aferraba a mi cuerpo con su olor a flores o a limón, dependiendo de su estado de ánimo. Me hacía perder.

Cada delirio con su olor, cada susurro de su voz y cada sueño que me contaba, eran mi razón de ser, hacerla feliz, verla sonreír.

Poco a poco fuimos envejeciendo, seguía ahí, constante, feliz; al menos eso reflejaba su sonrisa. Aun nos entrelazábamos, pero ya no teníamos la misma fuerza, éramos débiles, pero seguíamos haciendo nuestra labor como nos lo habían encomendado desde el principio.

Un día, luego de que el tiempo entrelazados fuera cada vez más, nos llevaron a un paseo, allí, después de tres días de estadía, vimos nuestra oportunidad.

Ella se paró al lado mío, me miró, sonrió con su sonrisa sincera, bella, anciana. Esa que me enamoró desde el primer día.

Me envió un beso con el aire, luego, respiró profundo.

Nuestro jefe se había vestido, se había echado talco y ya seguíamos nosotros para cumplir nuestra labor. La tomó primero a ella, la abrió al máximo, la olió, aun olía a limón, así como a mi me gustaba, empezó a introducir su pie y ella, tan vieja, tan delicada, tan sensible, sintió como poco a poco sus hilos se fueron abriendo y su cuerpo se fue rompiendo, dejando a mi vista y como recuerdo de vida, ese “Calcetines Galax” que llevaba tatuado en su piel y que desde ese día, no volvería a ver.

Foto: http://i33.tinypic.com/21adee0.jpg


Atardecer

agosto 17, 2010

Foto: http://www.universoregalos.com.ar

Santa Marta los había recibido con los brazos abiertos y un calor arrollador, Andrés, un joven que gozaba de ciertos privilegios por la herencia petrolera que su padre le dejaba, llegó con Camila, su novia a la ciudad, se instalaron en esa casa gigante que tenían a orilla del mar caribe y mientras él acomodaba todo, ella, salió a caminar mar adentro.

Andrés esperaba que todo le saliera tal y como lo había planeado, asi que no se preocupó por nada, tomó el celular y llamó a Rodolfo, el mayordomo de su padre en Santa Marta.

El yate fue llegando poco a poco con Rodolfo a bordo, mientras Camila no creía lo que veía, pensaba que solo habían de esos en Miami.

Andrés le propuso cambiarse y salir a dar un paseo en el pequeño bote que su padre les había alquilado para el disfrute de ambos.

Cuando estuvieron ya embarcados hacia el mar, Andrés sintió como los brazos de Camila le rodeaban la cintura y los labios le iban recorriendo el cuello, lugar que le hacía temblar todo y mover uno a uno los poros hasta hacerlos elevar al máximo.

Entre sonrisas pícaras, ella seguía haciendo lo que venía haciendo hacía unos minutos y él, sin parar de manejar, sonreía y sentía como su cuerpo iba reaccionando a cada caricia. Camila, entre todo ese jugueteo con las manos, fue surcando la pantaloneta de Andrés y sintió como el duro sexo de él se movía por la excitación.

Andrés sin contenerse, vio que ya estaban tan adentro en el mar que nada podía preocuparlos, puso el freno y se giró para besar a Camila en los labios. Igualmente sus manos iban desabrochando el sostén del vestido de baño y la lengua fue bajando de a poco para ocuparse del cuello de ella, quien no podía tapar lo que le producían.

La tomó entre sus brazos, la elevó y sintió como las piernas de ella lo abrazaban para no caerse, mientras él la iba bajando y la descargaba en una cama elástica que había en la cubierta del bote.

Allí, mientras ella lo esperaba, fue por unas cubetas que Rodolfo le dijo que había dejado en la nevera. Justo estaban las fresas, con miel y un poco de chantillí.

Descargó todo en una pequeña mesa y se subió tambien a la cama elástica. Allí fue poniendo de espaldas a Camila y con la miel en las manos, regó un poco en su columna, luego con una fresa empezó a recorrerla de arriba abajo. Ella se iba arqueando. Luego empezó con la lengua a quitarle la miel que había regado y ella se erizaba. La mano derecha de él, le acariciaba el cuello, la izquierda venía subiendo desde la rodilla y poco a poco se iba acercando a la entrepierna.

Cuando su dedo indice encontró en su vulva ese liquido viscoso que tanto le alegraba, él sonrió y empezó a bajar con su lengua por todo el cuerpo de ella, hasta que sin necesidad de llegar a donde tanto deseaba, sintió como el cuerpo de ella se tensaba y su boca exhalaba grandes gemidos, que de no haber sido por estar a mar abierto, habrían hecho retumbar a todo Santa Marta.

Camila tuvo su primer orgasmo sin que él la penetrara, se volteó sonriente, mientras él la miraba estupefacto.  Le bajó la pantaloneta y lo introdujo en su boca, mientras tomaba el tarro de chantillí y se saboreaba con cada vez que embestía contra su boca. Rapido y luego despacio, así durante un rato, hasta que hizo que él acabara. Lo limpió, se quitó la tanga y le pidió a gritos que la penetrara.

-Atraviésame, hazme todo lo que quieras.

Andrés empezó por besarla, le mordió los labios carnosos y fue bajando, no se podía quedar con las ganas de probar esos jugos que iban saliendo del interior de ella, asi que cuando llegó a la entrepierna, puso su lengua y mientras ella gemía, él se excitaba aun más, movía en todas direcciones la lengua, hasta que la sintió explotar.

-Hacelo de una vez, no aguanto más.

Él se puso sobre ella, la penetró y sintió como se erizó más y sin ningún movimiento, se tensó, para su segundo orgasmo. Seguía sonriente, con los cachetes colorados y esperando a que él sintiera lo mismo que ella. Fue tan complaciente la tarde que luego de cuatro horas, siguieron con su faena y cuando acabaron ya el sol coloreaba de rojo asi que se sentaron a mirar el atardecer, mientras comían las fresas.

Cuando volvieron a tierra firme, todo el mundo los miraba, en la tarde habían pasado al lado de su yate, tres cruceros y muchos botes de turistas, además se habían insolado tanto que ni abrazarse podían, así que estaban tanto en la retina como en la boca de toda la ciudad.


Tango Amor

julio 8, 2010

Pareja bailando tango

Foto: http://www.flickr.com/photos/barnigomez/

Se conocían desde que tenían siete años, hoy doce años después de estar juntos, de conocerse los más oscuros secretos, seguían juntos. Eran la mejor pareja de tango que había podido dar la ciudad, habían ganado eventos de esta danza en su barrio natal, tradicional por el gran auge que ha tenido éste genero musical traído de las tierras del sur, desde la muerte de uno de sus más grandes exponentes en un trágico accidente aéreo en la ciudad.

Esa tarde, mientras bailaban, con la sonrisa en la boca, ella divisó entre la multitud a alguien que le cambió la vida. Esa tarde, por esa sonrisa que encontró en el publico, se cayó. Él, con su arrogancia a flor de piel, característica de un bailarín masculino, la miró con el entrecejo a rabiar y los dientes a punto de partirse, se bajó de la tarima y no fue capaz de salir a recibir el premio al segundo puesto.

Aunque se lo había advertido, esa tarde ella, vio como llegaba a las cercanías del escenario ese chico con el que llevaba saliendo hacía casi tres meses, pero que tenía que ocultarlo a su compañero de baile, quien creía que por ser siempre su pareja, iba a ser también su compañero sentimental.

El saludo con un beso hizo que su compañero de baile se irritara más, un par de flores le entregó, ella se ruborizó más, es más, se le notó por encima del maquillaje

Los reclamos no se demoraron en llegar, el novio de ella, en son de defenderla, recibió un puñetazo en el rostro de cuenta de su compañero de baile y al no quedarse quieto, respondió el golpe y terminaron convirtiendo los camerinos del escenario en un ring de boxeo.

El director de la compañía de baile entró a separarlos y entre gritos y golpes le pidió a ella que no volviera a llevar a su novio, para no terminar convirtiendo la mejor pareja en una pelea por buscar un beneficio personal, pues era de saberse que él, Juan, como se llamaba su compañero, estaba perdidamente enamorado de ella.

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Esa tarde, mientras bailaban, con la sonrisa en la boca, ella divisó entre la multitud a alguien que le cambió la vida, se subió al escenario, desenfundó un arma de fuego, hizo dos disparos, uno en la frente de ella, otro en la nuca de él, la pelea, le había dejado el rencor a flor de piel y más que ese con el que se había peleado, le había quitado esa que había sido su pareja de tango durante doce años.