El doctor y la doctora.

noviembre 23, 2011

Foto: http://fantasiaindefinida.blogspot.com/

Al Ingeniero Jorge Ivan González todos le dicen doctor exceptuándola a ella que le dice Ingeniero para entrar en confianza y poder acercarse a él: Sabe que le gusta que llamen a la gente por su profesión y para él, los únicos doctores son los médicos.

A ella, la Doctora Maria Isabel Pérez, todos le dicen doctora menos Jorge Ivan, quien le dice Mary, para acercarse a ella y mostrarle algo de afecto: Cada que lo hace, ella esboza una sonrisa en su rostro.

Los dos están frente a frente, en el último piso de algún hotel de Primavera, mirando de reojo a la ventana, con un tapete azul oscuro bajo sus pies y cientas de almas descansando en confortables camas de este tan lujoso hospedaje. Algo que si está claro es que ambos disfrutan la conversación, la relación, se sonríen con cada palabra y no saben qué más decirse para no comerse en ese preciso instante. El salón se va quedando poco a poco vacío y ellos dos, encargados de algún evento, de esos empresariales en los que se involucran ingenieros y doctores, ya no saben qué más hacer.

Las manos lentamente han encontrado lugar, la ciudad se ve anaranjada al fondo, una que otra luz de navidad empieza a emerger y ambos se sonríen. Van delineándose lentamente los cuerpos, ya no queda nadie, ella tiene las llaves de ese salón en sus bolsillos, las cámaras de seguridad brindan un algo que los hace sentir más sedientos el uno del otro. Las copas de vino que ambos sujetaban hace apenas un par de minutos, hoy descansan sobre una mesa, donde también están sus bolsos, los celulares, el maquillaje de ella, el saco de él.

Jorge se atreve, la agarra por la cintura la atrae hacia él, la mira fijamente a los ojos, le da un beso profundo.

-Ay Mary, ¿por qué esperamos tanto para esto?- le dijo.

-Yo no sé Ingeniero- le respondió la doctora mientras iba deslizando sus manos hasta las nalgas de Jorge.

Poco a poco el ambiente se fue tornando más caluroso, afuera llovía, los vidrios se empañaban, Maria le arrancó la corbata, le fue desabrochando uno a uno los botones de la sedosa y bien planchada camisa, Jorge no se quedó atrás, le mordió suavemente el labio inferior, le introdujo su lengua en la boca, la conoció y reconoció uno a uno los poros de su boca, edificó y analizó cada uno de sus dientes y finalmente puso sus manos en la espalda de ella, para recorrerla suavemente con sus uñas muy bien arregladas, barnizadas y limpias.

Jorge la fue delineando lentamente desde la espalda hasta el ombligo, sacó la camisa del interior de la falda, empezó a desabrochar los botones con los dedos de la mano izquierda, mientras la derecha se filtraba bajo la tela para llegar al sostén que protegía sus dos grandes senos, redondos y erizados por el tacto de las uñas arregladas.

Las camisas y el brassier se unieron en una sola danza por entre esos dos calurosos cuerpos que desembocó en el suelo y los dejó descansar uno sobre otro.

El Ingeniero posó su lengua en el cuello de ella, subió hasta las orejas, le besó la boca, la mordió, ella gimió, empezó a descender con la lengua por entre el pecho descubierto, unió con su saliva uno a uno los lunares como un cuaderno de puntos y se posó sobre dos puntos rosa que para él significaban el centro del dibujo. Ese par de puntos descansaba tranquilo, pero apenas tuvieron el roce de la lengua se vieron levantar de la nada y llenar de placer un cuerpo que se arqueó, que hizo reaccionar las manos de una doctora que lo agarró por la espalda, bajó la mano y empezó a desabrochar un pantalón para sacarlo.

Jorge puso sus manos bajo el vestido, fue sacándolo lentamente, al ritmo de una música que sonaba en su cabeza, pero tambien al ritmo de la acelerada respiración de Mary, su doctora. Que apenas lo sintió desnudo, duro, sensible, posó su fria lengua en la piel de él, en esa que es más hipersensible que otra (Ella sabe cuál es), abrió su boca y dio dos o tres chupadas que a él lo hicieron estremecer, ella no pudo parar, cada vez lo hizo con más pasión, quería sacar todo del interior, todas esas ganas de tantos años de haberlo conocido que traían adentro. Lo mordió, lo lamió, succionó tantas veces como te puedas imaginar, Jorge gemía, se agarraba la cabeza, se la agarraba a ella para controlar el ritmo en que se movía y lo recorría, lentamente fue sintiendo ese cosquilleo que le recorría el cuerpo.

-Ya- le gritó, esperando que la doctora se quitara.

Pero no lo hizo, ahi siguió ella, acelerando el ritmo y esperando a que todo ese deseo de él descansara en su lengua.

Cuando lo sintió tibio entre sus dientes, fue tragando al mismo tiempo que sentía las piernas del Ingeniero erizarse y volver a doblarse. Él se puso sobre ella, la tenía desnuda, a su alcance. Así que entre el extasis que recién había sentido, fue sacando su lengua para unirla nuevamente al par de puntos rosa y seguir hacia abajo con su recorrido, que terminó con su boca entre las piernas de la Doctora, quien apenas sintió el primer envión de la lengua, optó por gritar. Él introdujo dos dedos en el tesoro humedo de ella y puso su otra mano en la boca de Maria para tratar de ahuyentar los gritos, que cada vez eran más fuertes. En circulos, de arriba abajo, en la dirección de las manecillas del reloj, al contrario, así se movían tanto su lengua en ese monte de vello bien depliado, como sus dedos en las profundidades del placer de ella. La sintió erizarse, uno a uno los poros de ella se acoplaban a los de él, un gemido final, un orgasmo perfecto, que terminó por hacerla pensar en descansar, pero sin parar.

Cuando menos pensaron estaban ahi, sumidos el uno al otro, ella dándole la espalda, con las manos en el gigante ventanal, mirando el naranja de la ciudad, sintiendo al doctor empujarla con su pelvis, penetrarla, la humedad de ella lo recibía con tanta alegría que hacía que Maria se estremeciera con cada movimiento.

Probaron de mil maneras, ella encima de él, él encima de ella, parados, sentados, sobre una mesa, en el suelo. Al final, fueron casi dieciseis orgasmos entre ambos. Las mejillas ruborizadas, los cuerpos sudados, las cabezas humedas, la lluvia afuera, las luces naranja, algunas navideñas, la ciudad, el hotel, todo fue complice de esas ganas que los obligaron a dormir profundamente esa noche abrazados en el tapete del salón de convenciones.

Al otro día, fueron despertados por un empleado del hotel, él lo había visto todo a través de las cámaras de seguridad y pese a que en el recinto estaba prohibido tener ese tipo de contactos en los lugares públicos, los dejó a que se calmaran las ganas. Eso sí, vino, los increpó, no por lo que habían hecho durante casi cuatro horas en el salón de convenciones, sino por la mancha blanca de los fluídos de ambos, que ahora descansaba sobre el tapete azul oscuro.

 

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Tatiana y el escritor.

agosto 12, 2011

Foto: http://loquedukemepropone.blogspot.com

A Tatiana le habían dicho lo necesario sobre el cliente que debía visitar esa noche.

Era alto, flaco, tatuado, de cabello rubio, ojos claros, escritor y poeta, había pagado por toda la noche y la había seleccionado después de ir personalmente y detenerse un rato a mirar y analizar el catálogo.

-Esta es perfecta- había dicho señalándola y sin preocuparse por el precio.

Tatiana se puso la ropa interior más delicada que tenía, era de un color ácido con encajes, encima puso su vestido negro, enterizo que colgaba con un par de tiras que dejaban los hombros al descubierto y el pecho a medio cubrir.

Las piernas se cortaban a la mitad de los muslos y su piel blanca contrastaba perfecto con el negro tan oscuro, como la vida, de su vestido.

Pidió un taxi, esperó en la entrada al edificio donde vivía y apenas el auto amarillo llegó por ella. Lo abordó y le indicó al taxista la dirección a la que se dirigía.

Era en las afueras de Primavera, allá en las montañas donde no se puede sentir la violencia de la ciudad, donde ya no huele a sangre, pese a que el aroma inunda la urbe hasta lugares donde uno ni se imagina.

En la entrada a la finca de su cliente se detuvo el taxi, Tatiana pagó y se bajó enseguida, luego presionó el botón de un intercomunicador que sobresalía de la reja que rodeaba el terreno con sus arbustos y esperó a que respondieran al otro lado.

-¿Si?- se escuchó a una voz amarga por el cigarrillo, de esas que se oyen y producen que la garganta pique.

-Soy Tatiana- respondió ella.

-Un momento- se escuchó un golpe al otro lado de la línea.

Pasaron un par de minutos hasta que se sintió que algo se movía atrás de la puerta, la madera dejó ver sus años en un profundo sonido, agudo, mientras se abría para dar pie al gran encuentro.

-Pasa- le dijo él.

-Gracias- respondió Tatiana.

La atracción de uno por el otro fue instantanea, él no se la imaginaba así.

Entraron a la casa.

-¿Quieres algo?- preguntó él.

-Un whiskey- dijo ella.

-No tengo licor, ¿Puede ser una gaseosa?

-Está bien.

-Ponte cómoda- sonrió el escritor y se fue a la cocina.

Cuando volvió con la gaseosa, Tatiana estaba mirando unas cerámicas que él guardaba sobre la chimenea.

-¿Cómo quieres empezar?- dijo Tatiana tratando de seducirlo.

-Por saber tu verdadero nombre- respondió el escritor.

-Eso es imposible, no lo digo a nadie que me contrate- contrapunteó Tatiana.

-¿Y si te digo que no quiero que trabajes, sino por el contrario sacarte de tu trabajo?- preguntó él.

A Tatiana le brillaron los ojos.

-Para demostrarte que mi propuesta es seria- agregó el escritor- voy a servirte la comida ¿Ya comiste?

Ella sonrió y dijo que no con la cabeza.

Luego de comer conversaron un rato.

-Realmente quiero sacarte de ese mundo, tu eres muy joven y yo estoy solo. Y desde que te vi sentí algo distinto. Por eso pague por una noche contigo, para que descanses, además te preparé una habitación para que duermas y te sientas cómoda- dijo el escritor.

A Tatiana el corazón le empezó a latir muy fuerte, tímidamente sonrió, nadie nunca había hecho algo por ella y este era el primer hombre que no quería meterla en la cama con solo verla, asi que aceptó la propuesta y fue a la habitación que el escritor le tenía lista. Allí durmió.

Al otro día, cuando el escritor despertó, bajó a la cocina para preparar el desayuno pero se encontró con todo servido sobre el comedor y una nota bajo el plato.

La nota decía: “Juan, muchas gracias, voy a mi casa por mis cosas y hoy mismo cambio mi mundo, usted me produjo algo que nunca había sentido.”

El escritor sonrió. Tatiana nunca volvió, él le escribió una novela entera que se vendió como pan caliente y aún sigue sentado frente a la chimenea, hasta con una botella de whiskey, esperando a que ella regrese.


Disparos de placer

mayo 3, 2011

Foto: http://tejiendoelmundo.wordpress.com

Sesenta y seis pasos dio para poder entrar al ascensor mientras iba siendo llevado de la mano por Pamela, la prostituta que había encontrado en la puerta del edificio y con quien había llegado a un acuerdo. Tres pesos antes de empezar y los otros siete al finalizar.

El edificio en el pasado había albergado las oficinas del Banco de la Republica, pero hoy, opacado por todas esas construcciones gigantes, llenas de perfiles cuadrados y ventanales reflectivos, había dejado su estilo barroco para soportar los gemidos y gritos de una pensión mugrienta, de paredes entre amarillas y negras, chorreadas por la humedad que hoy mojaba los cimientos y que algún día acabará derrumbándolo.

Pero volvamos a Antonio, asi se llama. Cada que el ascensor iba señalando uno a uno el piso al que iba llegando, los nervios lo carcomían por dentro. Pamela sonreía de verlo, era jóven, tatuado, hasta atractivo, diría cualquiera. Ojos avellana, cabello negro, piel trigueña y una sonrisa un poco amarillenta, el único defecto, un tatuaje en su rostro.

-¿Quién te hizo eso?- Preguntó ella, tratando de romper el hielo.
-Nadie y no preguntes más, no te estoy pagando para que preguntes- le dijo Antonio.

El ding dong de la campana que anunció la llegada del ascensor al piso donde estaba el cuarto reservado para Pamela, fue acompañado de una exhalación de aire. Luego volvió Antonio a tomar aire y a contener la respiración. Olores fétidos, mezclas entre la orina y la mierda, y un poco de semen sin lavar, que si mirabas el negro de las paredes, podrías pensar que estaban impregnadas de la tan placentera y a veces tan dificultosa, para los viejos, secreción másculina.

Luego de cuarenta y tres pasos desde el ascensor, llegaron a la puerta de madera, Pamela buscó entre su pequeño bolso las llaves y abrió.

-Bienvenido a mi palacio, puedo ser tu princesa- le dijo a Antonio mientras lo invitaba a pasar.

Antonio entró y se dirigió directamente al baño. Pamela, se acostó en la cama.

En el baño, orinó, un par de arcadas se vieron en su cuerpo, casi quería vomitar por el olor. Se miró al espejo corroído por el óxido, sacó su pistola que siempre llevaba al cinto y la descargó sobre el lavamanos, luego lentamente empezó a desnudarse. Sus ropas, una camisa blanca y un pantalón azul oscuro, cayeron al suelo amarillo, tal vez de mármol, se lavó el rostro que sudaba y con una erección increible, salió a mostrarle su cañón a Pamela.

En la cama, la mujer, esa que había contratado, lo esperaba ya desnuda.
-Qué hermosa es- le dijo ella- ¿Es toda para mi?
-Si asi lo quieres- Respondió Antonio.
-Entonces si la quiero.

Sin darle un beso más arriba de las tetillas, Pamela empezó a recorrerlo con sus labios, su lengua hacía que se erizara cada tanto. La manera en que lustraba el cañón con su boca, era simplemente magistral, tal vez la que mejor lo había hecho.

Luego de eso y de llevar mucho rato apuntándole, Antonio decidió amenazante irse sobre ella, le abrió las piernas violentamente. Mientras Pamela le ponía un condón rapidamente para de pronto no caer embarazada, o con alguna enfermedad.

Luego, Antonio, musculoso, se dejó ir sobre ese cuerpo, de más o menos treinta años, un poco descuidado ya, con los senos caídos, pero con sus nalgas sabrosas y la penetró. Su cañón se introdujo rapidamente entre los jugos de ella, que gemía y volvía a musicalizar el edificio Banco de la República. Era tal la excitación del hombre, que no pudo contenerse y a los tres minutos de estar en ese vaivén rápido, disparó. Uno, dos, tres disparos salieron del cañón, Antonio cayó botado sobre ella, feliz, plácido, con un brillo vidrioso en los ojos y tres orificios en su parte trasera, uno en la nuca, uno en la espalda a la altura del corazón y uno final a la altura del coxis, tras él, un hombre, de gafas oscuras y cuerpo gordo y sudado, sostenía un arma, con la que le había disparado, luego le retiró el cuerpo de encima a Pamela, le ayudó a pararse y le pagó veinte pesos más, por avisarle cuándo venía Antonio a visitarla.



Al son del pollo

marzo 8, 2011


Foto: http://www.dongiuliano.com/

Ella siempre lo miraba con esa cara de deseo, mientras sentada en una mesa del restaurante devoraba un pollo. La grasa le recorría uno a uno los dedos. Era su jefe, y luego de terminar siempre iba y le agradecía.

-Algún día te tendré entre mi boca como a ese pollo- Le decía, mientras con las manos grasosas le acariciaba el rostro y apretaba los dientes.

Daniel se estremecía al escuchar eso. Ella pese a ser su jefe, no era la mujer que lo trasnochaba, o tal vez si, cuando tenía pesadillas. Pero él, quien siempre había querido a una mujer como las que pintan en la televisión de curvas perfectas, busto grande y nalgas pronunciadas, no podía imaginarse nunca entre el cuerpo pronunciado de Marleny, como se llamaba su jefa, quien sin hacer mal el cálculo estaría rondando los 40 años.

Era de todos los días que ella lo seducía y él trataba de ignorarla, pero al ver ese rechazo, Marleny lo empezó a presionar, le ponía más trabajo, le doblaba los horarios, no lo dejaba ir a estudiar. Daniel ya sabía a qué se debía ese cambio y por eso quiso hablar con ella.

-¿Qué le pasa conmigo Doña Marleny?- Le preguntó Daniel.

-Nada hijo, nada.- le respondió ella igual de cariñosa.

Él siguió su trabajo y la intensidad del mismo era cada vez mayor. Hasta que un día, cuando doña Marleny terminó de comerse una pechuga y fue a hacerle el respectivo coqueteo, Daniel corrió a la puerta del local y la cerró. Ella sonrió y lo miró con deseo. Fue a la cocina y allá lavó el plato en el que comió y mientras tanto, Daniel se puso tras ella y empezó a besarle el cuello, con algo de asco, pero consciente de que así podría quitarse toda la presión de encima.

La empezó a recorrer con sus manos, la cocina ardía y hacía que el sudor los obligara a arrancarse rápidamente la ropa. Eso fue lo primero que hicieron, ella sudaba y el agua que emanaba su cuerpo hacía ver más desagradable aun las deformaciones de su cuerpo que no era bien cuidado y siempre llevaba la misma dieta de pollo y grasa, sin esfuerzos.

Daniel la besó, sintió como la sal del sudor de ella se le fue metiendo en los labios y le recorrió hasta el final de la garganta. Ella gemía y se agitaba cada vez más. Él aun no la tocaba, para que estuviera excitada, pero ella estaba ya en el clímax, se le estaba cumpliendo el sueño que había tenido desde la llegada de ese joven, de piel canela, con cabello oscuro y ojos cafés, tenerlo para ella, solo para ella.

-Hazme todo lo que siempre he querido- Le gritó Marleny.

Daniel se espantó, pero sintió como ella empezó a desnudarlo, a recorrerlo con los labios y le fue quitando el pantalón, hasta que con su boca, le consumió el sexo y lo hizo excitar. Nunca, ninguna mujer le había hecho eso en sus diecinueve años de vida.

La sensación que estaba experimentando en ese momento, era extraña, se excitaba por la sensación, pero estaba asqueado porque Doña Marleny no era lo que él siempre soñó para entregarle su pureza.

Fue así como la puso de espaldas, ella le pidió que se fundieran el uno en el otro, que la hiciera suya, como tanto lo había deseado. El joven se estremeció, tomó su miembro erecto, lo puso en esa húmeda cavidad que ella le ponía a disposición, dio uno, dos, tres enviones y en un ataque de asco, la tomó del cuello y con fuerza la fue dirigiendo hacia el otro lado de la cocina, ella seguía gimiendo, allí volvió a penetrarla, ella le pedía cada vez más y más y más, no paraba de gemir, le exigía que lo hiciera cada vez más rápido, gemía, Daniel pensaba que como un cerdo, pero igual, gemía.

-Agárrame del pelo que estoy cerca- le dijo ella.

Daniel la tomó del pelo y con esa rabia, con la misma que estaba haciendo lo que estaba haciendo, sumergió la cabeza de su jefa en la freidora, el cuerpo se fue poniendo tenso, pesado, tanto que tuvo que soltarla, no se quemó los dedos porque el cabello de ella era demasiado largo, finalmente sacó la tijera con la que desmembraban el pollo y empezó a recortarle la piel y los miembros. Cuando hubo acabado, la envolvió bien en una bolsa junto con las vísceras de los otros pollos y la echó al río.

Nunca más volvió a trabajar allí.

 


La chica que leía

febrero 4, 2011

Foto: http://www.photobucket.com

Salió de la grabación, con el cansancio a cuestas y con un presentimiento en el corazón. El cuerpo estaba despierto hacía ya unas catorces horas y lo único que quería era sentarse a leer o jugar en el celular.

Subió al Metro, se sentó y sacó el celular, lo puso entre sus manos y empezó a jugar, tenía que romper ese record que uno de sus amigos había puesto y que se le estaba dificultando batir desde hace unos meses.

Cambió de línea, bajó las escalas una a una, contándolas, mirando las personas a su alrededor y sintiendo ese presentimiento cada vez más cerca. Hoy la vería.

Ella, una chica que hace poco había conocido en internet, un día lo había llamado y le había pedido que le recomendara un libro. Él sin vacilar le había dicho que leyera a Faciolince, Fragmentos de amor furtivo, el título de la obra. Ella sonrió y corrió a la biblioteca de la universidad para prestarlo.

Cuando lo tuvo en sus manos, lo primero que hizo fue contarle a él que ya lo había conseguido. Lo leeré en el metro y esperemos que sea bien bueno, añadió.

Esa tarde, cuando salió de la universidad luego de haber escuchado a los cuenteros, subió al metro, sacó el libro y antes de leer la primera palabra del capítulo que empezaba, tuvo un presentimiento. Hoy lo vería.

El trayecto de ella, fue corto acompañada por el libro, el de él largo, tanto que durmió parado al lado de la puerta del vagón en el que iba. No estaban en el mismo tren, pero si vivían en el mismo barrio, Próceres su nombre, una localidad al norte de Primavera. Lo que los distanciaba eran cuatro rutas de buses, cuatro numeritos, ella tomaba el 143 y él, el 147.

Cuando hizo el cambio de línea, él se había dicho. Busca a la chica con el libro, ella dijo que leía en el metro. El presentimiento seguía fuerte dentro de él. Mientras ella, había dicho buscar al chico de cabello negro y ojos verdes, él siempre va con algo en las manos y solo viste en gama de grises. Nunca se habían visto, solo por fotos que se mostraban por chat.

Ella se bajó del tren y se paró a esperar la ruta de buses, siempre la suya era la más demorada. Sacó el libro que en ese momento iba por el capítulo del Ornitólogo y empezó a leer. El bus no llegaba.

Cuando él llegó a la estación caminó hasta donde se cogen los buses que llevan a Próceres y miró quienes lo rodeaban. En su fila solo había una chica. En la de al lado que era para coger la ruta 143, habían unas quince personas, pero solo una chica le llamó la atención. Camisa a cuadros, jean ajustado, cabello un poco desordenado y unos lentes negros, en sus manos “Fragmentos de amor furtivo”. Le sostuvo la mirada esperando a que ella lo mirara, pero no lo hizo. El bus de él llegó, ella alzó la mirada, la juntó con la de él. Él le sonrió, ella volvió al libro y agachó la cabeza nuevamente. Él se subió al bus, tal vez no era quien creía.

Ella quedó en la estación parada, esperando a que llegara su bus. Él se sentó en el bus, siguió mirándola pero ella nunca más alzó la vista.

Él empezó a quedarse dormido, de reojo la vio guardar el libro, sintió que de pronto iba a subirse al bus y lo había reconocido, pero no, ya estaba cansada de leer.

El bus de él arrancó, ella siguió ahí parada. Cuando llegó a casa, se conectó al chat, él estaba ahí. Abrió la ventana para hablarle y mientras tecleó algo y le dio enter, vio que él también había escrito lo mismo. Te vi en la estación del metro.

 


Ascenso

enero 12, 2011

Foto: http://radio.rpp.com.pe/eratabu/category/ciencia-en-era-tabu/page/5/

 

González ya llevaba dos años trabajando en esa oficina, se había quedado ahí luego de hacer la práctica universitaria de su carrera como contador. Su sueño, algún día reemplazar a su jefe, la contadora Emperatriz Gómez, mujer con diez años de experiencia en la labor y en la compañía.

Pese a sus ya dos años sentado en el cubículo como asistente de Emperatriz, a González lo seguían llamando “Practicante”, igual, era el más joven de todo el equipo y traía locas a todas las mujeres que trabajaban con él.

Cada mañana llegaba radiante, con su cabello negro arreglado y muy bien peinado hacia arriba con cera, sus ojos azules y su piel blanca, con un perfume de un olor ácido que hacía que todas desearan ser saludadas de beso en la mejilla, pero ese privilegio solo lo tenía su jefe, quien cada que sentía los labios de su subalterno rozándole la mejilla, se sumergía en su olor, tal y como todas querían hacerlo.

Emperatriz no había cumplido los treinta años, al igual que González había hecho la práctica en esa compañía, la única diferencia entre ambos era que ella fue la primera en ocupar el cargo en la empresa, ya que cuando era estudiante, allí no contaban con alguien para que se desempeñara en esa labor. Igual, contaba con una belleza de esas que uno no se imagina encontrar, un cuerpo cuidado con constancia de ejercicio, una cabellera oscura, una piel trigueña y un par de ojos verdes que daban un aire y una tranquilidad a cualquiera que los mirara.

Fue luego de esa mañana, de ese beso, en el que Emperatriz se sumergió en el cuello de González, que él entendió cuánto atraía a su jefe. Luego del beso vino un roce con los dedos de la mano y un movimiento de cadera por parte de ella, que a él lo dejó sin aliento.

González se sentó en su puesto de trabajo y durante el resto de la mañana recibió las embestidas de seducción que le ofrecía su jefe. Cada que llegaba una nueva, una nota, una llamada nada más que a preguntarle cómo estaba, aparte de “lindo” y la gaseosa y el café que más le gustaban sin tener que pararse del puesto, él solo optaba por sonreír.

A la hora del almuerzo, Emperatriz se le acercó.

-¿Dónde vas a almorzar?- le preguntó

-Acá, en el restaurante, donde siempre caliento lo que cociné la noche anterior.

-¡Qué va! Ven te invito a comer.

Él, que ya se había acostumbrado a ese trato por ese día, se dejó llevar, de pronto lo iban a ascender.

Almorzaron juntos, Emperatriz al salir del restaurante miró el reloj, aún quedaba hora y media antes de que volvieran a retomar labores, así que tomó a González de la mano y lo fue dirigiendo a su oficina, aprovechando que la empresa estaba casi vacía.

Poco a poco le fue arrancando la camisa al chico, quien sacó de su bolsillo una cámara, ella tranquila la acomodó, era una de sus fantasías también. Luego fue recorriéndolo con los labios, desde el cuello, bajando por el pecho y terminando en su ombligo. Él se estremecía y sus poros erizados lo evidenciaban.

Emperatriz poco a poco le fue desabrochando el pantalón, mientras él ofrecía un poco de resistencia, ella le fue bajando poco a poco el broche y cuando menos pensó lo tenía desnudo ahí, tímido, sonrojado y estremecido. Lo lamió hasta saciar su sed de él. Luego ella misma se desnudó, estaba demasiado excitada, González aun tenía ese miedo a ser descubierto y se volvió a negar. Ella lo tomó a la fuerza y lo hizo que la penetrara, primero muy lentamente y luego fue subiendo el ritmo.

Ahí de pie, apoyados contra el escritorio de comino bien lustrado y tallado a mano, acabaron, él sobre ella y ella tranquila, había cumplido su cometido. Tener al que todas en la oficina deseaban.

González también obtuvo su ascenso; el video de lo que había hecho con Emperatriz, lo usó contra su antigua jefe como prueba de acoso laboral y consiguió quedarse con el puesto de ella.