El beso de la abuela

octubre 8, 2012

 

Foto: http://www.blogsperu.com

Tal vez nunca los noviazgos lo habían llevado a encariñarse por completo con las familias de sus parejas, es por eso que esa tarde cuando ella lo invitó a almorzar donde su abuela, no hizo su mejor cara. Pero allí estaba.

Pollo agridulce con papas, arroz, crema de ahuyama y coca cola, le dieron donde era, tal vez inconscientemente, pero con eso, siempre había bromeado que lo enamoraban.

La sonrisa sincera, los ojos tras los lentes siempre brillantes, la voz carrasposa, le quedaron marcados, primero en la mente, luego en el corazón.

Esa fue la primera de tantas visitas que empezó a tener casi todos los domingos a almorzar en esa casa tan ajena, pero tan suya. Sus abuelos habían muerto hacía mucho rato y tal vez le hacía falta esa visión de alguien con más edad,  que fuera capaz de ver las cosas con tal magnitud y alcahuetería que lo invitarían a no desistir nunca.

Pero centrémonos en un evento, tal vez el del título del cuento.

Era una tarde de domingo, ella le dijo que compraran unas frutas, que dieran un viaje largo hasta la casa de la abuela y esa tarde, en vez de que la vieja los atendiera, fueran ellos los encargados de tratarla como una reina.

Cuando llegaron, la abuela, al verlos cruzar la puerta, sonrió. Ellos entraron directamente a la cocina, sacaron las frutas, luego ella fue y le dio un beso en la mejilla a la madre de su padre, a la sonrisa sincera que siempre la cobijó, la crió.

Una a una picaron las frutas, luego las bañaron en una salsa que la familia de él siempre llevaba en profundo secreto, pero que servía para llenar de sabor todos los cocteles. Las sirvieron, la abuela sonrió, la nieta sonrió, él se sintió feliz, verla sonreír lo llenaba por completo.

Cuando terminaron de comerse el pequeño coctel de frutas, los platos se aglomeraron en la poceta, las manos de él los lavaron, mientras su novia reía descansada en las piernas de su abuela.

La noche fue cayendo, los ojos de la abuela también, estaba cansada. La pareja de jóvenes novios se despidió, la abuela, antes de despedirse de su nieta, fue donde él, le besó la mejilla, le dio un abrazo profundo y le pidió que por favor no dejara a su muchacha, que la cuidara hasta el fin de los días, que nunca la había visto tan feliz y si él la podía hacer feliz, ella tranquila se podía morir.

Él, que siempre era tan sentimental, agachó la cabeza, no supo qué más decir, se llevó ese recuerdo en su memoria, ese beso fue el primero que un familiar de una de sus novias le daba, pero tal vez el más sincero, el más perfecto, el imborrable.

 

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Frío

junio 18, 2012

Foto: http://poesiapelafustana.blogspot.com

De espaldas, mirando por la ventana, la ciudad al fondo, las luces amarillas y blancas inundaban lo que tal vez sería un panorama. Sus caderas anchas, su tanga negra medio cubriéndolas, sus curvas muy bien marcadas, su cabello a la mitad de la espalda, una lágrima se le congeló en el pómulo.

Él estaba tras ella, enfriándole las lágrimas, mirándole de espaldas, se acercó lentamente, le puso la mano en el abdomen, fue subiéndola, le presionó un seno, ella se puso la mano en el mentón, inclinó un poco su cabeza a la derecha, sonrió. Lo sintió frío.

-¿Estás ahí?- preguntó.

-Si, soy yo- le dijo él al oído.

Una lágrima más le recorrió el rostro, él sopló, se la volvió a congelar.

-Te acordás cómo mirábamos este panorama, mientras cocinabas, mientras me mirabas la espalda y me decías algún piropo- le dijo ella.

-Claro que lo recuerdo, siempre está en mi mente- dijo él mientras iba a sentarse al sofá.

Ella encendió un cigarrillo, se miró el cuerpo, saboreó el humo. Se miró las marcas, la cruz que había tatuado en su brazo derecho, ese con el que siempre se tomaba de la mano de él.

-Te acordás cómo eran de sabrosas las nubes que pintábamos en esos lienzos que dibujabas en mi cabeza, simplemente sabrosas. Hace ratos no hay nubes iguales.

-Lo se- dijo él.

-¿Por qué carajos me congelás las lágrimas, me congelás el corazón y a veces lo siento palpitar?- preguntó ella.

-Tal vez para que no me sientas más- dijo él.

-Hablame- gritó ella- ¿Qué carajos te hiciste?

Seguía mirando el horizonte, seguía tratando de quitarse el frío de tenerlo ahí. El vidrio la reflejaba, el vientre tatuado con la “S” de su nombre, la “S” de su soledad.

-¿Por qué me dejaste?- volvió a preguntar ella- ¿Qué querés? ¿A qué volviste?

El silencio le habló, ella lo escuchó, otra lágrima le salió, no se congeló.

Siguió el frío, lo sentía en sus entrañas, la llevó a la biblioteca. Allí el mismo frío le indicó su libro favorito.

Las manos de él, apenas la vieron que agarró el libro, la fueron guiando hasta encontrar la marca que buscaba. El nombre de él, el de ella, uno sobre otro, con lápiz, como él acostumbraba escribir.

Ya se, quieres que lo borre. Tomó un borrador y empezó a borrarlo. Luego hizo lo mismo con los demás libros. Las libretas de él se fueron consumiendo con el fuego, el frío se fue yendo. Ella, aunque lo recordaba, siguió siendo feliz, él, después de haberla dejado tranquila, descansó en paz.


La muerte

junio 11, 2012

Foto: http://blog.pucp.edu.pe

El final del cuento, la muerte, llegó intempestivamente, tocó a la puerta de la historia, puso un punto final y no lo dejó escribir más. Aunque su objetivo era recordarla, amarla, retratarla, no pudo.

Corrió a buscarla, una a una fue timbrando en todas las casas del barrio donde sabía que ahora vivía, en ninguna le daban razón de ella. Siempre la misma descripción.

Cabello rubio hasta los hombros, ojos verdes, cachetes rosa, sonrisa blanca, gigante. Colores vivos en su manera de vestir, zapatos Converse de tela. Uvita decía que se llamaba.

No señor, no la conocemos, no la hemos visto.

Los nudillos le dolían, cada vez el esfuerzo por doblarlos y hacer que estos fueran el sonido que anunciaban su llegada, se hacía más difícil, lloraban sus dedos, las letras no podían tener razón.

Puerta café, pestillo azul, olor a ella. Podía escuchar el fuego de su voz a distancia, el olor se le filtró por la nariz aún más. Tocó la puerta.

Abrió la madre de ella, era tal y como la había visto por ultima vez. Bajita, gordita, de cabello café, no se detuvo. Siguió adelante sin saludar. Aunque la señora lo reconoció, no le opuso resistencia.

Ella lo miró, al borde de la ventana. La puerta del cuarto, donde se encontraron, se cerró.

-Te estaba esperando- le dijo.

-¿Si? ¿Y eso?- preguntó él.

-No se, hacía ratos necesitaba que nos reuniéramos, te necesitaba a vos. Pero no llegabas, necesitaba alguien que me escribiera, que me extrañara y al fin diste conmigo. Pensé que no me buscarías y mírate- dijo ella.

-Si, me miro y me doy asco, pero por eso vine, para dejar de sentirme, para volver a ser uno, más vos que yo, para ser feliz, hacerte feliz. Quiero sonreírte todas las mañanas, mirarte bostezar así sea mi tristeza- dijo él.

-¿Y qué estás esperando, que te diga qué hacer? Dale, comenzá.- dijo ella.

-Está bien.

Se metió las manos al bolsillo, sacó su pluma, la miró a los ojos, le dio el beso, borró el punto final en el cuerpo de ella, la empezó a escribir, a retratar, lentamente la tinta se fue mezclando con la piel, ella se fue muriendo, se fue de la mano de él. La madre, los reconoció, los vio felices, no los pudo detener. El cuerpo, descansó en la cama, sonriente, tatuado con las frases que él había escrito para ella, en el libro que le dedicó, antes de morir.


El sentido del oído

mayo 11, 2012

Foto: http://www.vidanutrida.com

Despertó. A su alrededor todo parecía calmado, nada sonaba. El sol se había alzado despertando las montañas y filtrándose por las ventanas de las casa, pero no había logrado despertar a los pájaros, hoy no cantaban.

El inconfundible tic tac del reloj no estaba en sus oídos pese a que la gallina, que estaba atrapada entre los números y el vidrio, seguía inclinando su cabeza para recoger el ficticio maís que había pintado en el paisaje del despertador que lo único que quería era emular una granja. Se sintió raro, pero no le preocupó.

Como cada día se paró con el pie izquierdo, el frío de las baldosas no le tocó la planta de los pies, pese a que la noche había sido lluviosa y la gotera que se suicidaba cada que llovía, arrojándose al vacío, había congelado el suelo, es más, pasó por el charco sin sentir la incomodidad del agua filtrándose entre sus dedos.

Fue al baño, la vejiga estaba por estallarle, nada salió, igual sintió el descanso en el vientre. Se miró al espejo, su reflejo se había extraviado, esta vez no salió a dar la cara y él supuso que aún su alma estaba perdida en el sueño del bosque. Ese en el que corría y caía y al levantarse se veía morir.

Caminó a la cocina, tomó un pocillo, fue a llenarlo con café, el café era tan transparente, que parecía agua, pero sabía a café. Se extrañó. Miró el reloj. Volvió a la habitación, sin mirar a la cama agarró el computador portatil, lo encendió y se sentó en el escritorio. El computador no le sonó al abrir, cuando entró al Gmail, alguien le habló, el chat no sonó. Algo pasaba. Ya si se preocupaba. Puso una canción, tampoco la escuchó. Cogió el teléfono, lo puso en el oído, no escuchaba el tono. Se giró.

En la cama, invadiendo su colchón, arropado con sus cobijas, había alguien. Se paró de la silla, fue lentamente a mirar quién era, estaba cobijado hasta la cabeza, no se veía nada. Palpó toda la cama, estaba mojada, escuchó cada uno de los golpes que dio sobre el cuerpo que descansaba en la cama. Algo estaba pasando, tal vez estar cerca de ese cuerpo le podía devolver el oído.

Fue subiendo, buscando la esquina de la cobija. Lentamente se vio ahí, acostado, pálido, muerto. Se golpeó el rostro, los golpes sonaron, pero no los sintió. Volvió al computador, le subió volumen a la música, no escuchó nada. Cogió el posillo, se acercó a su cuerpo muerto sobre la cama, lo dejó caer, lo escuchó, pisó los restos de cerámica, no le dolió. Se dio cuenta que no podía hacer nada, lo que había pedido para no recordarla, morir mientras dormía, se había hecho realidad. El oído, ese que era el último sentido que uno perdía al morir, ya había pasado de lo que estaba muerto, la carne, a lo que tal vez seguía vivo pero no era real, eso que por más que gritara nadie iba escuchar, ese que quedó sentado en la habitación, llorando su amargura, esperando el día en que alguien lo extrañara, lo fuera a buscar y en su cama, dormido para siempre lo pudiera encontrar.


El Velero

mayo 13, 2011

Foto:http://mipatriasonmiszapatos.com/

-Papá- llamó Triguisar.

-¿Qué pasa?- contesté.

-¿Cuánto vale un velero?- preguntó el niño.

-Mucha plata- respondí.

-¿Mucha plata es cuánto?- Insistió nuevamente.

-No sé, muchos millones, que yo, tu papá, no tengo- le dije.

-Pero si en la tienda los venden- siguió el chico.

-Pero en una tienda especial de veleros- le dije.

-No, donde Marina, la señora de la tienda, venden veleros, ven y verás.

Triguisar me tomó la mano, me llevó corriendo a la tienda de Marina y efectivamente, pidió un velero, la señora le entendió y sacó un velón del fondo de la repisa.

-¿Ese es tu velero?- le pregunté al niño nuevamente.

-Si papá, cómpramelo- me dijo.

-¿Cuánto vale ese velón?- le pregunté a la tendera.

-Son dos mil quinientos pesos- respondió ella.

Pagué la plata, tomé nuevamente a mi hijo de la mano y volvimos a casa.

-¿Y para qué querías tu ese velón?- le pregunté.

-Velón no, Velero- me corrigió.

-Bueno, ese Velero, ¿para qué lo quieres?- Pregunté.

-Es que mamá cuando estaba en la cama, en los últimos días que la vi, me dijo que cuando quisiera soñar bonito, hiciera un velero, lo encendiera y lo enviara con el río, que ella, vendría a cuidarme los sueños y ya la estoy extrañando.


Tras la muerte

abril 30, 2011

Foto: http://www.librodearena.com

Para cuando a Jaime le dijeron que la muerte iba por él, era demasiado tarde.  El citófono sonaba y cuando contestó nunca esperó escuchar la voz de Román, el portero.

-Señor, va subiendo por usted la huesuda- le dijo el celador, con su tradicional acento costeño.

Uno a uno, la muerte fue subiendo los pisos en el ascensor, si, se veía ridícula, pero tenía que llegar hasta el piso nueve, y no podía perder tiempo, además que aparte de que miraba impaciente el reloj, porque debía cumplir unas doscientas mil visitas en ese mismo minuto, estaba perdiendo el tiempo tras un hombre, que por un error en la dirección que su secretaria le había anotado, aun no podía encontrar.

Cuando llegó al apartamento, timbró y luego abrió, dicen que siempre la muerte es bienvenida y por eso le fue fácil abrir la puerta solo con un giro. Entró. De Jaime solo quedaba el susurro del viento, el ventanal del balcón abierto de par en par y las cortinas blancas moviéndose al son que la brisa les cantara.

-No pudo haber saltado- pensó La Muerte, pero igual, se asomó a mirar por el balcón esperando encontrar el cuerpo sin vida de Jaime chapaleando en el suelo del primer piso. Abortó la Misión.

Mientras tanto, Jaime, corría como un ladrón por las escaleras, piso tras piso. Tal vez nunca lo había hecho a tanta velocidad, es más, esa fue tal vez la primera vez que utilizó las escaleras en los doce años que llevaba viviendo en ese edificio.

Al llegar al piso cuatro, sintió como un aire frío le rozaba el oído, un escalofrío lo recorrió, el nivel perdió sus escaleras y las luces se apagaron. Sentía su presencia, pero no podía verla, estaba demasiado oscuro y la poca luz, acompañada de su miopía, le jugaban una mala pasada.

El ascensor timbró, la muerte bajó, dio uno, dos, tres pasos y se puso frente a Jaime. No había nada que hacer. Le iba a dar el beso, asi como lo hizo con el Barón Münchhausen, pero cuando cerró los ojos, sintió como su capa oscura, se incendiaba y su figura, quedaba resumida a cenizas en el pasillo del piso cuatro.

Jaime, fumador empedernido, encontró en su encendedor la única manera de sobrevivir, por eso apenas vio a la Muerte, se había hecho con él en su mano derecha y le prendió fuego, ahora todo volvía a la normalidad, el piso volvió a recuperar la luz y las escaleras volvieron a aparecer frente a él, se sacudió pensando que estaba mareado, se reprendió por no haberlas visto y siguió su camino escaleras abajo.

Llegó a la recepción, Román volvió a saludarlo. Moviendo la cabeza, Jaime abrió la enorme puerta de vidrio, salió corriendo y la figura de Román lo siguió, mientras poco a poco iba cogiendo el aspecto de La Muerte.

Jaime no lo podía creer, Román, tampoco lo creyó cuando fue tocado por el aliento de la huesuda, que poco a poco le fue quitando la vida, para poder hacerse con su gran objetivo. Pero ni así pudo alcanzarlo.

El perseguido, subió al primer bus que vio, conociendo el mito que decía que la muerte no montaba en bus, pero con un solo objetivo, llegar al único sitio donde jamás podía haberse encontrado a la muerte, pese a estar por todos lados: El cementerio.

Cuando bajó del cementerio, la muerte iba tras él, de cerca, Jaime ya no corría, igual no tenía nada que temer, la muerte no se atrevería a cruzar las puertas del Cementerio. Pero no fue asi. Lo siguió y poco a poco lo fue guiando, Jaime estaba sorprendido, el temor se había alejado de él. Llegó a una lápida, de esas que llaman la atención por las flores que lleva adentro, leyó su nombre y se dejó ir con la huesuda. Ella no había ido por su cuerpo, había vuelto por su alma que seguía deambulando por las calles de esta injusta ciudad.


El dia de mi casi muerte.

septiembre 9, 2008

La Sala de espera del hospital olía un poco a alcohol, un poco a agua oxigenada, la sangre iba tambien acompañando esas horas que pasaba esperando tener noticias de él. Mi camisa manchada con ese rojo escarlata que su cuerpo había emanado sin piedad, el olor a sangre era insoportable, mi cuerpo olía un poco a su sangre, un poco a mi sudor, el corazon latía muy fuerte, casi a punto de salir.

3:35 p.m
La mano salió de mi bolsillo, sacó de el interior un celular, miré la hora, se la dije, sonreíamos, mirabamos como siempre a todo el que pasaba a nuestro lado, criticabamos, admirabamos, pero sobre todo disfrutabamos caminar uno al lado del otro, como cuando eramos unos pequeños niños; y hoy que las circunstancias de trabajo no nos dejan hacer tan constantemente como en esa epoca.
Una explosión, un resplandor, la sonrisa se fue convirtiendo en una mueca, su cuerpo se desplomó sobre mi, miró mi rostro, se ciñó a mi cuello y me dijo “marica, hasta aqui llegamos”, maldita sea, quien había sido, nadie supo; saqué fuerzas de donde no tengo, mi cuerpo flaco se colgó al hombro este personaje un poco pesado y salió corriendo en una manera caricaturezca, no era gracioso, era increible que en medio del susto, ese pánico que se metió dentro tan dentro de mi, esa sensacion de tristeza, de estar perdiendo esa persona con la que has compartido una amistad de mas de 20 años.
Un taxi, olor a nuevo, olor a sangre, un hombre acelerado, una sonrisa en su cara, la pregunta hecha pareció ridicula al ver la situacion de mi compañero de andanzas por pleno centro. “a donde lo llevo joven”, el hospital creo que fue el ultimo sitio que este personaje creyó que yo estaba buscando. Le grité, “no es obvio, se está muriendo, lleveme al hospital mas cercano”.
Habitar una ciudad como Medellin en los años noventa es algo dificil, aunque ya está un poco mas mermada la violencia, el corazon siente ese miedo y hoy ese miedo se materializó; llegamos al hospital en menos de cinco minutos, descendí del taxi, busqué una camilla, el señor taxista me ayudó a bajarlo del vehiculo y a montarlo en la camilla, corrí, pagué al taxista el triple o el cuadruple de la carrera, le di para que lavara el carro, ya que mi compañero había perdido mucha sangre.

3:54 p.m
“va para cirugía, la bala perforó el pancreas”, dijo el doctor, aun estaba conciente, en menos de diez minutos, había pasado de ser una tarde feliz a una trágica y dificil tarde de miercoles; me sacaron la billetera, metieron la mano al bolsillo, sacaron el celular, llamaron a mi casa, yo, impotente veia como me iban desvistiendo, como me costaba respirar, como no podía dejar de sentir el ardor de esa quemadura que me acababa de perforar, pero entonces, ¿si yo estoy siendo operado, quien está en la sala de espera?, es él, a quien yo había llevado en hombros al hospital, pero ¿por qué carajos está sentado en la sala de espera y yo en la fila para entrar al quirofano?

3:45 p.m

“marica, por que el acelere?” me preguntó. Te estás muriendo. “¿yo?, no”. ajá, y entonces de quien es esta puta sangre que hay en mi camisa. “es tuya parce”. oiga, yo no siento nada. “es el vertigo que no te deja sentir nada”. Pero si vos te desplomaste sobre mi. “pero para que nos cubrieramos”. y ¿por que gritaste?. “porque sentí que algo me rozó el costado, pero no fue sino un susto”. Deciles que me suelten, deciles que yo estoy bien.

Tomó mi mano, cogió mi dedo y lo introdujo por el orificio que hacía parte de mi camiseta, ahí entendí que era yo quien estaba sangrando, que era yo quien se estaba muriendo. Ahí pasó por mi mente toda mi vida, ahí pasaron por mi mente mis recuerdos, mis amores, mis traiciones, mis canciones, mis sueños, mi presente, mis deseos, mis alegrías, mis tristezas. Ahí perdí el conocimiento. Ahí no desperté hasta mucho tiempo despues.