El doctor y la doctora.

noviembre 23, 2011

Foto: http://fantasiaindefinida.blogspot.com/

Al Ingeniero Jorge Ivan González todos le dicen doctor exceptuándola a ella que le dice Ingeniero para entrar en confianza y poder acercarse a él: Sabe que le gusta que llamen a la gente por su profesión y para él, los únicos doctores son los médicos.

A ella, la Doctora Maria Isabel Pérez, todos le dicen doctora menos Jorge Ivan, quien le dice Mary, para acercarse a ella y mostrarle algo de afecto: Cada que lo hace, ella esboza una sonrisa en su rostro.

Los dos están frente a frente, en el último piso de algún hotel de Primavera, mirando de reojo a la ventana, con un tapete azul oscuro bajo sus pies y cientas de almas descansando en confortables camas de este tan lujoso hospedaje. Algo que si está claro es que ambos disfrutan la conversación, la relación, se sonríen con cada palabra y no saben qué más decirse para no comerse en ese preciso instante. El salón se va quedando poco a poco vacío y ellos dos, encargados de algún evento, de esos empresariales en los que se involucran ingenieros y doctores, ya no saben qué más hacer.

Las manos lentamente han encontrado lugar, la ciudad se ve anaranjada al fondo, una que otra luz de navidad empieza a emerger y ambos se sonríen. Van delineándose lentamente los cuerpos, ya no queda nadie, ella tiene las llaves de ese salón en sus bolsillos, las cámaras de seguridad brindan un algo que los hace sentir más sedientos el uno del otro. Las copas de vino que ambos sujetaban hace apenas un par de minutos, hoy descansan sobre una mesa, donde también están sus bolsos, los celulares, el maquillaje de ella, el saco de él.

Jorge se atreve, la agarra por la cintura la atrae hacia él, la mira fijamente a los ojos, le da un beso profundo.

-Ay Mary, ¿por qué esperamos tanto para esto?- le dijo.

-Yo no sé Ingeniero- le respondió la doctora mientras iba deslizando sus manos hasta las nalgas de Jorge.

Poco a poco el ambiente se fue tornando más caluroso, afuera llovía, los vidrios se empañaban, Maria le arrancó la corbata, le fue desabrochando uno a uno los botones de la sedosa y bien planchada camisa, Jorge no se quedó atrás, le mordió suavemente el labio inferior, le introdujo su lengua en la boca, la conoció y reconoció uno a uno los poros de su boca, edificó y analizó cada uno de sus dientes y finalmente puso sus manos en la espalda de ella, para recorrerla suavemente con sus uñas muy bien arregladas, barnizadas y limpias.

Jorge la fue delineando lentamente desde la espalda hasta el ombligo, sacó la camisa del interior de la falda, empezó a desabrochar los botones con los dedos de la mano izquierda, mientras la derecha se filtraba bajo la tela para llegar al sostén que protegía sus dos grandes senos, redondos y erizados por el tacto de las uñas arregladas.

Las camisas y el brassier se unieron en una sola danza por entre esos dos calurosos cuerpos que desembocó en el suelo y los dejó descansar uno sobre otro.

El Ingeniero posó su lengua en el cuello de ella, subió hasta las orejas, le besó la boca, la mordió, ella gimió, empezó a descender con la lengua por entre el pecho descubierto, unió con su saliva uno a uno los lunares como un cuaderno de puntos y se posó sobre dos puntos rosa que para él significaban el centro del dibujo. Ese par de puntos descansaba tranquilo, pero apenas tuvieron el roce de la lengua se vieron levantar de la nada y llenar de placer un cuerpo que se arqueó, que hizo reaccionar las manos de una doctora que lo agarró por la espalda, bajó la mano y empezó a desabrochar un pantalón para sacarlo.

Jorge puso sus manos bajo el vestido, fue sacándolo lentamente, al ritmo de una música que sonaba en su cabeza, pero tambien al ritmo de la acelerada respiración de Mary, su doctora. Que apenas lo sintió desnudo, duro, sensible, posó su fria lengua en la piel de él, en esa que es más hipersensible que otra (Ella sabe cuál es), abrió su boca y dio dos o tres chupadas que a él lo hicieron estremecer, ella no pudo parar, cada vez lo hizo con más pasión, quería sacar todo del interior, todas esas ganas de tantos años de haberlo conocido que traían adentro. Lo mordió, lo lamió, succionó tantas veces como te puedas imaginar, Jorge gemía, se agarraba la cabeza, se la agarraba a ella para controlar el ritmo en que se movía y lo recorría, lentamente fue sintiendo ese cosquilleo que le recorría el cuerpo.

-Ya- le gritó, esperando que la doctora se quitara.

Pero no lo hizo, ahi siguió ella, acelerando el ritmo y esperando a que todo ese deseo de él descansara en su lengua.

Cuando lo sintió tibio entre sus dientes, fue tragando al mismo tiempo que sentía las piernas del Ingeniero erizarse y volver a doblarse. Él se puso sobre ella, la tenía desnuda, a su alcance. Así que entre el extasis que recién había sentido, fue sacando su lengua para unirla nuevamente al par de puntos rosa y seguir hacia abajo con su recorrido, que terminó con su boca entre las piernas de la Doctora, quien apenas sintió el primer envión de la lengua, optó por gritar. Él introdujo dos dedos en el tesoro humedo de ella y puso su otra mano en la boca de Maria para tratar de ahuyentar los gritos, que cada vez eran más fuertes. En circulos, de arriba abajo, en la dirección de las manecillas del reloj, al contrario, así se movían tanto su lengua en ese monte de vello bien depliado, como sus dedos en las profundidades del placer de ella. La sintió erizarse, uno a uno los poros de ella se acoplaban a los de él, un gemido final, un orgasmo perfecto, que terminó por hacerla pensar en descansar, pero sin parar.

Cuando menos pensaron estaban ahi, sumidos el uno al otro, ella dándole la espalda, con las manos en el gigante ventanal, mirando el naranja de la ciudad, sintiendo al doctor empujarla con su pelvis, penetrarla, la humedad de ella lo recibía con tanta alegría que hacía que Maria se estremeciera con cada movimiento.

Probaron de mil maneras, ella encima de él, él encima de ella, parados, sentados, sobre una mesa, en el suelo. Al final, fueron casi dieciseis orgasmos entre ambos. Las mejillas ruborizadas, los cuerpos sudados, las cabezas humedas, la lluvia afuera, las luces naranja, algunas navideñas, la ciudad, el hotel, todo fue complice de esas ganas que los obligaron a dormir profundamente esa noche abrazados en el tapete del salón de convenciones.

Al otro día, fueron despertados por un empleado del hotel, él lo había visto todo a través de las cámaras de seguridad y pese a que en el recinto estaba prohibido tener ese tipo de contactos en los lugares públicos, los dejó a que se calmaran las ganas. Eso sí, vino, los increpó, no por lo que habían hecho durante casi cuatro horas en el salón de convenciones, sino por la mancha blanca de los fluídos de ambos, que ahora descansaba sobre el tapete azul oscuro.

 

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Frente a frente

julio 14, 2011

Estaban el uno frente al otro. Andrés indignado, Steinway sonriente. Andrés desnudo, dejando todo para poder terminar, el otro se dejaba llevar por el momento, dejaba que las manos de Andrés lo recorrieran de un lado a otro, hicieran presión y luego, indignado volviera a tumbarse sobre él, con las manos cruzadas y lamentando no ser capaz de culminar todo.

Asi había sido durante las últimas tres horas, durante los últimos meses, trataba y trataba, se esforzaba, se daba golpes en la cabeza, sudaba, ponía sus manos sobre Steinway y apenas empezaba a recorrerlo con los dedos, a deletrearlo, dibujarlo, sentirlo, llegaba a un punto en el que no podía seguir adelante. Algo se lo impedía.

La gaseosa seguía chorreando y Andrés se lamentaba, quería terminar, ser capaz y no podía, por más que le susurrara a Steinway, por más que lo acariciara, no era solo la disposición de Steinway, quien siempre estaba dispuesto, sino que Andrés fuera capaz de vencer su bloqueo, ese estereotipo que tenía en la cabeza y se viera ahí, conquistándolo, surcando uno a uno todos los obstáculos que se encontraba en el recorrido por el cuerpo de quien hoy estaba frente a él.

Andrés se paró, se dirigió a la ventana y allí encendió un cigarrillo, se tomó un vaso de vodka, pensando que el alcohol podría ayudarle a hacerlo con mayor arrojo, Steinway siguió estático esperándolo a que regresara.

-¿Qué será? ¿Por qué no seré capaz? ¿Si todos dicen que para mí es fácil? – se decía mientras la ceniza iba consumiendo el cigarro entre sus dedos.

Arrojó la colilla por la ventana, soltó la última bocanada de humo hacia el exterior y luego volvió decidido a sentarse donde lo esperaba Steinway. Esta vez empezó con mayor velocidad y una técnica más limpia que la implementada anteriormente, pese a que no le gustaba tocar a Steinway con las manos sucias, esta vez la decisión no lo dejó pensar y simplemente quiso terminar lo que llevaba tanto tiempo empezado.

Pero otra vez, cuando llegó al mismo punto, a ese en el que estaba bloqueado, se tuvo que detener, los dedos se le trabaron y la sonrisa de indignación, de rabia se dibujó en su rostro. Decidió no seguir adelante, miró fijamente a Steinway y le estiró los brazos, lo empujó con fuerza, pese a que era pesado lo movió rápidamente y cuando menos pensó lo tenía contra la pared, allí trató de recorrerlo nuevamente con los dedos y volvió a trabarse en el mismo punto, asi que cogió impulso y empujó con más fuerza aún, rompió la pared con el cuerpo de Steinway, quien con su piel oscura y su peso, se dejó caer en el vacío, diez pisos cayó, mientras Andrés lloraba y miraba agitado desde donde su apartamento.

Esa fue la manera en que Andrés acabó con su piano Steinway, todo por no ser capaz de interpretar el Nocturno 13 de Chopin, todo porque solo pensar que Chopin era imposible, lo llevó a matar a su único amigo, a ese que había estado siempre, incluso en los momentos en que todo parecía imposible.

Foto: http://mi-valvuladeescape.blogspot.com


Escrito con sangre

agosto 28, 2010

Foto: http://avueltasconlavida-edith.blogspot.com

Cuando la conocí, no se qué la cautivó, estaba sentado en un parque con mi cuaderno entre las manos y el lápiz metido en la boca, como ya es costumbre.

-¿Escribes?- me preguntó.

-Si.- le respondí.

-¿O sea que eres escritor?

-Si- le dije, asumiendo el papel que ella quería que asumiera.

-¿Como te llamas?

-Juan, ¿Tu?

-Carla. ¿Y me cumplirías una fantasía?

-Está bien.

Luego de que me contara su fantasía, lo que siempre soñó y quiso que un hombre le hiciera en la cama, yo procedí a escribirla.

-No, es que aun no puede ser escrita.

-¿Por qué?

-Porque primero la tenemos que vivir.

Yo sentí como un vértigo me inundaba y me erizaba la piel, su cuerpo era como siempre la había querido, ni muy gordita, ni muy flaquita, lo que llamamos comúnmente trocita, ojos verdes, cabello negro, alta, sonrisa perfectamente blanca y un vestido negro que le llegaba a la mitad de las piernas, unos tennis converse negros y un moño en forma de rosa roja en la cabeza.

Cuando llegamos al motel, hicimos todo lo que ella soñó. Tanto que el cansancio nos dejó exhaustos a ambos y en un profundo sueño se sumergió ella, yo, procedí a escribirle la fantasía.

Sin embargo, cuando iba empezar, vi que el cuaderno se me había terminado, así que recurrí a la caja de herramientas que guardo en el carro, encontré el cautín en ella y del baúl saqué un narguile que cargaba con algunos anestesiantes.

La desperté, le dije que probara lo que le había preparado para nuestro segundo round. Ella accedió entre dormida y despierta, se puso la careta y se quedó profundísima. Eso me garantizaba unas cuantas horas para actuar.

Conecté el cautín cerca de la cama donde ella descansaba. Y empecé a escribir, poco a poco iba narrando lo que habíamos vivido, como la había penetrado, cuantas veces lo habíamos hecho. Todo con fuerza, para que ella lo conservara para siempre.  Es más, con el primer contacto la sangre empezó a fluir.

Luego de haber terminado, la miré, le besé la frente, guardé las cosas nuevamente en el carro, me vestí y salí del motel, dejándola ahí acostada, con las sabanas que al principio de la noche eran blancas, hechas una sola mancha roja.

Además le dejé una nota, que puede leer muy bien en la parte del empeine de su pie.

Carla levantó la cara consumida por las lágrimas, le dijo al doctor que andaba leyéndole la espalda que por favor le leyera el empeine que solo decía “Tranquila, ya pagué, no tienes de qué preocuparte”.