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agosto 28, 2012

 

Foto: http://www.fotosdigitalesgratis.com

A Danii

De haber sabido que esa mujer le cambiaría la vida, tal vez no se hubiera detenido en el momento en el que ese amigo al borde de caer por la borrachera lo invitó a conocerla.

Tres meses antes había decidido dedicarse a alegrarse con tristezas, a escribir su soledad para tenerla como única compañía y tal vez su única salida en la vida era una bala en el mentón que lo sacara de ese sueño que le parecía la vida.

Ella estaba con un gorro gris, un saco gris, una sonrisa blanca, un cabello medio dorado, medio enroscado, un lunar en su lado izquierdo, interesada en conocerlo. Él, con algo de prepotencia y un poco de elocuencia, empezó a hablar de su trabajo, de lo que hacía, de lo que era. Ella, sin querer, se interesó aún más.

De ahí en adelante todo fueron cosas diferentes para él. La maldijo a diario, sin importar qué hiciera. Las tristezas ella se encargó de convertirlas en alegrías que alegraban sus alegrías mucho más de lo que esperaba, su soledad se convirtió en ella, quién decidió acompañarlo, entenderlo, abrazarlo. La bala en el mentón fueron los besos, caricias y abrazos que le brindó de ahí en adelante para protegerlo, para hacerlo morir en cada suspiro, en cada silencio, en cada susurro.

Su terquedad lo llevaron a perderla a cada instante, su miedo a destrozarla lo llevaron a alejarla, su amor profundo lo llevaron a dejarla para él, a vencer sus miedos, su orgullo, su silencio y entender que sólo ella podía hacerlo sentir bien.

Se conocieron un veintinueve de agosto, de esos en los que él no espera nada, nadie espera nada, un veintinueve de agosto que simplemente pasó a la historia de ellos dos, porque en el mundo no pasó nada. Se miraron a los ojos y con sólo eso, decidieron no agotarse sus miradas nunca más. Es más, quisieron regalárselas hasta el final.

Mil noventa y seis días, mil noventa y seis noches, mil noventa y seis semanas, mil noventa y seis besos. Una vez le cambió los besos por promesas, luego las promesas no alcanzaron para todos los besos que le dio, es por eso que decidieron prometerse la vida entera en besos y ahogarse las palabras con silencios en los que simplemente se contemplarían, se escucharían, se vivirían.

Y se vivieron, él, con su soledad, su tristeza, sus disparos en el mentón, decidió llenarla con cada una de sus cualidades. La cubrió de soledad y la acompañó por siempre sólo para verla sonreír. Le regaló su tristeza para que se alegrara por siempre y así sólo él ser quien sintiera el dolor, los disparos en el mentón solo fueron con los dedos, esos que la recorrieron el resto de la vida, esos que le escribieron algún día, esta entrada en un blog.

Se agotaron, descansaron, vivieron, murieron. Si él hubiera sabido que ese veintinueve de agosto, cuando su amigo borracho lo llamó, le cambiaría la vida, tal vez ni se habría acercado; pero la realidad fue que se acercó, le contó su vida con prepotencia y elocuencia, la enamoró, él se enamoró.

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Carta de despido

enero 17, 2012

Foto:  http://www.urbinavolant.com

¿Te acordás aquel día que estabamos haciendo mercado para ir a la finca y me dijiste que te querías embriagar de vino? ¿Y te acordás que a pesar de que no tomo te di gusto y compramos cinco botellas? ¿Te acordás que esa noche no dormimos por estar bebiendo? Si, tu te bebiste cinco botellas de vino. ¿Te acordás el guayabo que te dio al otro día? ¿Te acordás que tuvimos que esperar para volver un par de días más porque estabas indispuesta? ¿Te acordás que cuando estuviste repuesta quisiste disparar y probar tu puntería con la pistola que guardaba en el armario? ¿Te acordás que fui metiendo una a una las seis balas que llenaron la recamara del revolver?

¿Te acordás que habíamos quedado en que quien fallara un tiro entregaba la pistola? ¿Te acordás que no fallaste ninguno de los tiros?

Pues si, estoy en la finca, solo, porque no quisiste venir, no quisiste volver. Estoy sentado llorando y aun hay una bala en la recámara. Una bala como la que disparo en este papel, una bala como la que espero me penetre la piel y me quite la vida, una bala que no me permitirá seguir así.

Estamos sentados frente a frente, él me mira con su pequeña mirilla y yo le sonrío, temeroso, lleno de dudas y pensando si será capaz de disparar, pero luego recuerdo que soy yo solo el dueño de lo que pueda pasar.

Sabes, ya se ha acercado, la tinta se está regando por las lágrimas que caen sobre ella tan fresca, tan suave, tan fácil de correr y ya sus labios, fríos, como los tuyos esa tarde en que te enfermaste y la piel se te puso tan blanca, me han besado un par de veces, tal vez esperando el momento en que mi lengua busque en su interior abrirse paso y tocar y sentir su fuego en mi interior y sentir su fuego calcinándome, atravesándome.

Es la carta de despido, porque el día que partiste yo no te dejé ir, pero mejor lo dejo así. Tranquilo, luego de pensar mucho, luego de llorar mucho. Ahora soy yo el que te deja y cuando te enteres que lo he hecho para siempre y no me volverás a ver, será el momento en que querrás volver a la finca, mirarme a los ojos, sentirme en tus brazos, mirarme despertar a tu lado. Pero será muy tarde, le prometí que luego del tercer beso la accionaría y acá está, a unos centimetros de mis labios, entre mis manos, es perfecta. Por eso ahora me marcho, pero tranquila, vos seguís viva, vos estás viva, ¿Vos estás bien?
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Soltó la pluma de manera estrepitosa, tan estrepitosa como el beso que le dio esa mujer que le perforó la lengua, el craneo y el sueño. Durmió con el último beso que desde que ella se marchó quiso sentir. Durmió y no se volvió a despertar.


Disparos de placer

mayo 3, 2011

Foto: http://tejiendoelmundo.wordpress.com

Sesenta y seis pasos dio para poder entrar al ascensor mientras iba siendo llevado de la mano por Pamela, la prostituta que había encontrado en la puerta del edificio y con quien había llegado a un acuerdo. Tres pesos antes de empezar y los otros siete al finalizar.

El edificio en el pasado había albergado las oficinas del Banco de la Republica, pero hoy, opacado por todas esas construcciones gigantes, llenas de perfiles cuadrados y ventanales reflectivos, había dejado su estilo barroco para soportar los gemidos y gritos de una pensión mugrienta, de paredes entre amarillas y negras, chorreadas por la humedad que hoy mojaba los cimientos y que algún día acabará derrumbándolo.

Pero volvamos a Antonio, asi se llama. Cada que el ascensor iba señalando uno a uno el piso al que iba llegando, los nervios lo carcomían por dentro. Pamela sonreía de verlo, era jóven, tatuado, hasta atractivo, diría cualquiera. Ojos avellana, cabello negro, piel trigueña y una sonrisa un poco amarillenta, el único defecto, un tatuaje en su rostro.

-¿Quién te hizo eso?- Preguntó ella, tratando de romper el hielo.
-Nadie y no preguntes más, no te estoy pagando para que preguntes- le dijo Antonio.

El ding dong de la campana que anunció la llegada del ascensor al piso donde estaba el cuarto reservado para Pamela, fue acompañado de una exhalación de aire. Luego volvió Antonio a tomar aire y a contener la respiración. Olores fétidos, mezclas entre la orina y la mierda, y un poco de semen sin lavar, que si mirabas el negro de las paredes, podrías pensar que estaban impregnadas de la tan placentera y a veces tan dificultosa, para los viejos, secreción másculina.

Luego de cuarenta y tres pasos desde el ascensor, llegaron a la puerta de madera, Pamela buscó entre su pequeño bolso las llaves y abrió.

-Bienvenido a mi palacio, puedo ser tu princesa- le dijo a Antonio mientras lo invitaba a pasar.

Antonio entró y se dirigió directamente al baño. Pamela, se acostó en la cama.

En el baño, orinó, un par de arcadas se vieron en su cuerpo, casi quería vomitar por el olor. Se miró al espejo corroído por el óxido, sacó su pistola que siempre llevaba al cinto y la descargó sobre el lavamanos, luego lentamente empezó a desnudarse. Sus ropas, una camisa blanca y un pantalón azul oscuro, cayeron al suelo amarillo, tal vez de mármol, se lavó el rostro que sudaba y con una erección increible, salió a mostrarle su cañón a Pamela.

En la cama, la mujer, esa que había contratado, lo esperaba ya desnuda.
-Qué hermosa es- le dijo ella- ¿Es toda para mi?
-Si asi lo quieres- Respondió Antonio.
-Entonces si la quiero.

Sin darle un beso más arriba de las tetillas, Pamela empezó a recorrerlo con sus labios, su lengua hacía que se erizara cada tanto. La manera en que lustraba el cañón con su boca, era simplemente magistral, tal vez la que mejor lo había hecho.

Luego de eso y de llevar mucho rato apuntándole, Antonio decidió amenazante irse sobre ella, le abrió las piernas violentamente. Mientras Pamela le ponía un condón rapidamente para de pronto no caer embarazada, o con alguna enfermedad.

Luego, Antonio, musculoso, se dejó ir sobre ese cuerpo, de más o menos treinta años, un poco descuidado ya, con los senos caídos, pero con sus nalgas sabrosas y la penetró. Su cañón se introdujo rapidamente entre los jugos de ella, que gemía y volvía a musicalizar el edificio Banco de la República. Era tal la excitación del hombre, que no pudo contenerse y a los tres minutos de estar en ese vaivén rápido, disparó. Uno, dos, tres disparos salieron del cañón, Antonio cayó botado sobre ella, feliz, plácido, con un brillo vidrioso en los ojos y tres orificios en su parte trasera, uno en la nuca, uno en la espalda a la altura del corazón y uno final a la altura del coxis, tras él, un hombre, de gafas oscuras y cuerpo gordo y sudado, sostenía un arma, con la que le había disparado, luego le retiró el cuerpo de encima a Pamela, le ayudó a pararse y le pagó veinte pesos más, por avisarle cuándo venía Antonio a visitarla.