Historia de un estómago

octubre 29, 2012

 

Foto:  http://www.nutricion.pro

Nací con Pedro, mucho antes de que Pedro sabía que se llamaba Pedro y mucho antes de que Pedro pudiera abrir los ojos.

Recibí el alimento de Pedro durante mucho tiempo, primero por un cordón que tal vez puede ser un pitillo y luego por un pitillo que puede ser llamado faringe o laringe, o no sé, sé que siempre están encima mío y de ellos recibo todo eso que se supone debe servir para algo.

A los cuatro años de Pedro tuve algo adentro, que unos llaman bacterias y nosotros llamamos invasores, que me hizo impedir el ingreso de comida. Fue una batalla caótica, casi pierdo, pero luego de tres días, evacuando jugos y ácidos, pude lograr su retirada. Todo volvió a la normalidad, las lágrimas del pequeño Pedro se secaron, el llanto no volvió.

De los siete a los doce años de Pedro, recibí todo tipo de comidas, desde las más amorosas hechas por la madre de Pedro, hasta gomas, confites y demás chucherías que a veces me hacían hincharme hasta reventar y otras simplemente, expulsar todo tal y como entraba, sin esforzarme por digerirlo de la mejor manera.

Cuando Pedro cumplió diecisiete empecé a sentir que algo me ardía adentro, a él también le ardió, no sabíamos qué era, tal vez un invasor, tal vez algo menos peligroso.

Estuvo dentro de mi durante una semana, me daba muchos dolores, y conservaba la misma acidez; Pedro se retorcía en el sofá. Su madre, sin poder tolerar el dolor de su hijo, decidió llevarlo al médico.

El doctor, ese en el que siempre depositaron su confianza, diagnosticó una gastritis y le envió leche de magnesia como medicina.

La leche de magnesia de nada sirvió, la agriera me seguía comiendo a diario, el dolor estaba, literalmente matando a Pedro. La familia veía como su dolor no cesaba, el cuerpo del pobre de Pedro se iba demacrando cada vez más y más. Yo no paraba de sonar, de moverme de pelear, quería seguir peleando, pero cada vez era más difícil continuar.

Volvimos al médico, con el mismo dolor, la misma agriera, el mismo ardor. El médico envió unos exámenes y nuevamente, como la primera vez, recetó leche de magnesia. Con mi dolor, que era el mismo de Pedro, nos fuimos para la casa, había que ir a esperar si los exámenes se podían realizar.

Puteadas se escuchaban todos los días, la empresa de salud al pobre de Pedro no quería atender, seguían creyendo que era una simple gastritis lo que le estaba pasando y yo, aferrado a él, nada podía hacer.

Seguí luchando hasta el día en que se recibió la llamada tres meses después. Los exámenes iban a hacerse en la mañana de un 14 de Mayo, tal vez esperando que el dolor pudiera desaparecer.

Pedro se bañó, no me alimentó. Intentó no vomitar, como lo venía haciendo a diario durante los últimos dos meses. Sus ojos se llenaban de lágrimas, era incontrolable el dolor. Llegamos donde el nuevo doctor.

Un tubo, casi como el que al principio de la vida de Pedro lo alimentó, llegó a mi interior, hizo una succión. Vuelva en una semana le dijeron al pobre de Pedro, quien resignado, esperó.

Tiré la toalla dos días después de conocer los resultados del examen, ya no pude luchar más. Lo que tenía adentro era un invasor que en otras partes del cuerpo han llamado tumor, que apareció como cáncer en lo que el examen registró Me llevé conmigo la alegría de Pedro, me llevé conmigo todo su dolor, aún seguimos juntos, como el primer día, aunque ni la vida, ni la salud, ni el sistema a él le sonrieron, tal vez el médico, ese de confianza, cometió un error.

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Doña nena y el gato

agosto 30, 2011

Prisionero en la carcel

Foto: http://www.cuentosurbanos.com

Doña nena había criado a El Gato en uno de los barrios más peligrosos de Medellín, enseñándole siempre lo mejor, desde los modales, hasta sus gustos musicales y literarios.

 

El Gato había pasado a ser su hijo menor, luego de que al menor lo hubieran asesinado a puñaladas por robarle la billetera.

 

Cada domingo, doña Nena le llevaba al Gato, comida y ropa nueva, que el agradecido devoraba y se ponía frente a ella; pasaban juntos todo el día, desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde cuando ella debía volver a casa. El Gato le contaba las peripecias de la semana, peripecias que luego doña Nena le contaría a los demás hermanos de él.

 

A causa de su manera de fumar desde los doce años, doña Nena adquirió un cáncer que de haber sido descubierto con antelación tal vez hubiera podido salvar el pulmón derecho que ya la enfermedad se había comido y que estaba haciendo metástasis en el hígado y poco a poco estaba invadiéndole el cerebro.

 

Cuando El Gato se enteró, lloró, se maldijo; doña Nena lo tranquilizó y le dijo que no lo iba a dejar solo, que sus hermanos ya sabían qué tenían que hacer.

 

El cáncer poco a poco se fue comiendo la vida de doña nena, quien dejó de llevarle la comida al Gato, pero nunca dejó de enviársela.

 

Doña Nena, murió un quince de junio, su vida se extinguió a las ocho de la mañana, hora a la que el último suspiro fue exhalado por su boca gracias a la tranquilidad que le dieron sus hijos al comprometerse a cuidar al Gato en su ausencia.

 

El Gato se enteró de la muerte de su madre a las nueve y media de la mañana, pidió al director de la cárcel que lo dejara asistir a las exequias, pero como era un preso considerado de alta peligrosidad por haber asesinado a los doce miembros de la banda que habían apuñalado a su hermano menor; solo pudo despedirse del cuerpo de su madre cuando se la llevaron a la puerta de la cárcel y esposado de pies y manos la vio a través de la reja.

A: Alicia en algún lugar del cielo y a Carlos en algún patio de la cárcel Bellavista.