Cien metros planos


Foto: http://www.elgraficocr.com

Llegó de Pavarandó con la ilusión de probarse en el Primavera Futbol Club. Primavera se alzó ante sus ojos y lo dejó sorprendido, su pueblo era solo una calle empolvada y un río bordeándolo.

Tenía diecisiete años, era alto, delgado, moreno, negro. Su piel era tan pura como el ebano, parecía surgido de la misma tierra, hijo de la naturaleza, por eso tal vez, los deportes habían hecho que sobresaliera en un pueblo donde nada pasaba.

Era lunes, las ocho de la mañana marcaban en el reloj y Pablo, como se llamaba el hijo de Pavarandó, estaba sentado en los camerinos de la sede del Primavera en compañía de otros jugadores más, todos de la ciudad, quienes se calzaban sus guayos Nike o Adidas de colores fosforescentes, con camisetas oficiales de equipos de europa, mientras él, los miraba, con sus guayos “El mago”, sus medias azules con rayas amarillas que ya no ejercían presión hacia el músculo y se bajaban, con su camiseta de la selección de Pavarandó y con un anhelo de poderse comprar algún día unos guayos así.

Saltaron a la cancha, Pablo se puso como delantero, de eso jugaba. El primer pase al vacío se lo enviaron, corrió con el alma. En el banco apostaron a que no llegaba, pero ante el asombro de todos, llegó, cuando bajó el balón, se le fue largo al saque de meta.

Otra bola le lanzaron, esta vez por el aire, la alcanzó, pero al bajarla, se le volvió a ir larga. Así fue todo el partido, cada bola que le tiraban, la alcanzaba pero no podía controlarla. No pasó la prueba. Pero en el club le aconsejaron que fuera a probar en la liga de atletismo, donde por su velocidad podría tener oportunidad.

Y si que la tuvo, apenas probó, lo incluyeron en el equipo de velocistas, para correr los cien metros planos, los doscientos metros y la carrera de relevos. Solo había un problema, como el atletismo no era un deporte reconocido, no recibiría un solo peso por correr así que tendría que buscarse un trabajo en una ciudad donde necesitas un cartón para obtener empleo y Pablo, no había ni terminado el bachillerato.

La búsqueda fue larga y no encontró, los entrenamientos eran cada vez más duros y las competencias estaban a la vuelta de la esquina. Pablo no tenía nada, ni siquiera zapatillas especiales para hacer su deporte, pero aun así, en los entrenamientos estaba rompiendo el record nacional de velocidad. Por fin, cansado de buscar trabajo, se encontró la manera más integra de entrenar y hacer dinero.

Cada dos minutos y medio libraría una nueva carrera, vendería galletas en un semáforo. Con eso tendría para seguir pagando la pieza de la amiga de su mamá que muy amablemente le había abierto las puertas de su casa durante un mes sin cobrarle nada, pero a Pablo ya le daba pena, así que empezaría a colaborar con algo.

Entrenamiento en la mañana, en la tarde se compraba una caja de galletas, luego a cada galleta le ponía un papelito con el precio y un texto que rezaba “Con esto quiero llegar a los olímpicos y dejar en alto a los velocistas del país, apoyeme por favor”, luego se paraba en el semáforo de la unidad deportiva y allí esperaba a que la luz alumbrara roja. Le entregaba una galleta a cada carro que paraba, seguía una fila de ocho y luego se ponía en posición de arranque y con un impulso y un gran ímpetu pasaba corriendo hasta llegar a la cebra. Allí se frenaba y se devolvía para recoger cada galleta de cada carro.

Los entrenamientos siguieron, su velocidad cada vez fue mejorando, con un poco de ahorros de las galletas pudo comprarse las zapatillas que siempre quiso, las adecuadas para poder correr. Pero no solo eso, tenía ya tanta fama en el semáforo, que mucha gente le preguntaba por sus competencias para ir a apoyarlo. Tanto que hasta su propia barra pudo tener.

Hoy, Pablo sigue corriendo, tanto en las pistas como en las calles, siguió vendiendo sus galletas y llenando los periódicos con su nombre, el apoyo de las empresas privadas empezó a llegar para su deporte y hoy, han logrado calificar para los olímpicos tanto Pablo como otros dos compañeros del equipo y quienes aspiran romper los esquemas y colgarse las medallas de oro que ningún otro deporte le ha dado al país.

2 respuestas a Cien metros planos

  1. colores dice:

    Inspirador …

  2. Persevera y triunfarás.

    Un beso o 2 #

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