Noche de baile


Foto: http://www.recetasgratis.net/

Compró los brownies, un paquete de seis, salió del supermercado, tomó un bus y llegó al parque donde había quedado de esperarla.

Diana estaba perfecta, con su bufanda gris, una blusa de igual color, un jean azul y unas baletas que la hacían parecer la más perfecta bailarina. Llegó con el celular en la mano, lo miró y sonrió. No se dijeron nada. Simplemente caminaron el uno al lado del otro.

-¿Para donde vamos?- Preguntó Pedro.

-Para mi casa, va a llover y sería malo que nos mojemos- dijo Diana.

Con los pasos a su lado, fueron llegando a una casa grande, de tres pisos. El olor de Diana cada vez iba inundando mas y mas los pulmones de Pedro y la sonrisa le colmaba todo el cuerpo. Subieron las escalas, llegaron a una sala, saludaron al padre de ella y lentamente se dirigieron a la terraza.

Dos mesas, una grande y otra pequeña, unas sillas rústicas que alguna vez fueron parte de la sala de una finca, una pequeña biblioteca, un balcón gigante, un techo en madera alto y una vista obstruída por unos edificios, eso era la terraza, Pedro sonrió, la miró a los ojos y la puso a escoger.

-¿Qué quieres, lo de la bolsa o lo del bolsillo?- le dijo.

-¿Puedo escoger las dos?- respondió Diana con un puchero en la cara.

-Está bien- dijo Pedro con una sonrisa.

De su bolso negro, gigante, salieron, la caja de brownies y una gran colección de películas que Diana desde siempre le había dicho que quería ver. El cielo, decidió venirse al suelo en ese momento y se adueñó de la noche que estaba empezando. Ella sonrió, tomó la caja entre sus brazos y se aferró fuertemente a ella, mientras suavecito daba las gracias.

-¿Con leche?- preguntó Diana.

-Si, no hay problema- respondió Pedro.

El frío empezó a entrar por todos lados, Pedro miraba a todos lados y se frotaba los brazos para no sentirlo, un vallenato empezó a sonar, así que ver película no era la opción, además encima el cielo sonaba y sonaba, tan fuerte que no se podían ni escuchar las voces. Diana volvió con la leche en dos pocillos sobre una bandeja.

-No podremos ver película- dijo Él.

-¿Ah?- preguntó ella.

-Que no podremos ver la película- repitió Pedro.

-Así es cada ocho días, vallenato a todo volumen. Pero bueno. La leche está caliente para este frío.

Los vallenatos seguían sonando ahi afuera. Pedro, destapó dos brownies, los puso sobre la mesa, la miró a los ojos y sonrió. Diana se ruborizó tanto que tuvo que agachar la mirada y subir la mano derecha para sacudirse el cabello y tomar aire para volver a sostener sus ojos sobre los miel de él.

-Hagamos una cosa- dijo él.

-¿Qué?- preguntó ella.

-Bailemos- sonrió Pedro.

-Yo no sé bailar- agregó Diana- ¡Y menos vallenato!

-Tranquila, yo tampoco- se rió nuevamente él.

-Está bien, qué más da.

El último vallenato sonó y entre un track y otro, Pedro le pidió que cerrara los ojos. Ella accedió, él también lo hizo. Luego la tomó de la mano, la invitó a dar un paso adelante y cuando menos pensaron, ambos estaban sobre uno de los dos brownies balanceándose de un lado a otro, mientras Nelson Velásquez o Jean Carlo Centeno se lamentaban o se alegraban por un amor. Diana abrió los ojos, no lo podía creer, estaba bailando, pero no solo eso, estaba bailando sobre un brownie. Recostó su cabeza sobre el pecho de Pedro.

Los truenos, que aún no se pronunciaban en esta pista de baile de chocolate, empezaron a aparecer y a iluminarla, suavemente ella fue subiendo su cabeza, él bajó la suya, cantaba suavemente, todas esas canciones se escuchaban en los buses, al menos esa era su excusa para decir por qué se las sabía. Las narices chocaron, el fuego los recorrió, el frío los inundó, el labio superior con el labio inferior uniéndose, los unos rosados, los otros morados, el viento, el cielo, la saliva, el deseo, la lengua, los sueños, los dedos, el abrazo. La lluvia cesó, la música se apagó, el brownie desapareció, la luz de los truenos no volvió, el beso les duró, los olvidó, los unió, nada más importó. Se miraron a los ojos, nuevamente, estaban aun sentados, los brownies desaparecieron a sus pies, dejaron de imaginarlos como pista de baile y decidieron comerlos, luego, volvieron a devorarse los labios, tal y como había ocurrido mientras danzaban de manera ridícula.

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