Golpes contra la pared


Toc toc toc toc toc toc toc, sonaba en la pared a eso de las dos de la mañana.

Roberto se paró de la cama, llamó a la portería y le pidió al celador que llamara al apartamento de al lado, el doscientos dos,  y les pidiera que no siguieran con sus noches de pasión.

Al lado Dana y Fernando no podían dormir asi que él empezó a hacerle preguntas a ella.

Dana y Roberto llevaban varios meses ya aprovechando que Fernando se iba al trabajo y se juntaban para pasar una tarde agradable, dejándose llevar por el deseo y calmando las ganas que desde la primera vez que compartieron ascensor les tocó contener.

Fernando se había dado cuenta de lo que había entre Dana y Roberto, por eso empezó con las preguntas y fue sintiendo como ella se iba poniendo nerviosa y cada vez tenía menos cosas para decir.

Roberto seguía intranquilo, escuchaba cada Toc con odio, se había enamorado de Dana y estaba planeando salir huyendo con ella de los brazos de Fernando, a un lugar donde nunca los encontrara.

Dana pensaba cada vez más en Roberto, pero no entendía cómo Fernando se había enterado, tal vez los vecinos le habían contado.

El teléfono sonó, los Toc Toc, se detuvieron un rato, Roberto se tranquilizó, Fernando había dejado de penetrar a Dana, los gritos de ella habían parado.

Volvieron los golpes contra la pared, Dana seguía gritando, No más, se escuchaba, Fernando sonreía y también gritaba.

Roberto no podía tolerar lo que estaba escuchando, volvió a llamar al portero, necesitaba dormir para poder empezar a trabajar desde muy temprano y en la tarde dedicarle el tiempo que ya tenía acordado desde hacía pocos días con Dana.

La pared se movía, el cuadro del dormitorio de Roberto se movía, pero no se caía, los gritos iban cesando, Fernando y Dana habían descansado, los golpes se hicieron cada vez menos y a eso de las tres de la mañana se detuvieron para siempre.

Roberto descansó, se tranquilizó, entendía que igual Fernando tenía más derecho a esas faenas que él, era realmente el esposo de Dana.

Al otro día, Fernando salió muy temprano a trabajar, con su bolso y saludando al portero que lo miró con un poco de malicia.

Roberto trabajó toda la mañana, lo hacía desde su casa,  y a la hora del almuerzo tomó sus llaves, se paró frente al doscientos dos, tocó el timbre y nadie le abrió, nuevamente hundió el botoncito y la puerta no se movió. Llamó al celular de Dana y sonó adentro del apartamento, pero nunca fue contestado. La última opción que tenía era tomar la llave que ella le había dicho alguna vez.

La metió en la cerradura, la giró y abrió la puerta de un solo golpe. Entró y no había nadie, buscó en la cocina y el baño y Dana no aparecía. Finalmente miró hacia la puerta del dormitorio que permanecía cerrada.

Abrió la puerta, empujó y se encontró el cuadro que tal vez no quería, contra la pared estaban uno a uno los golpes que había escuchado en la madrugada, simbolizado en clavos que retenían el cuerpo inerte de Dana, quién manchó la pared blanca y la sábana crema con el rojo de su sangre. En el suelo, descansaban un reguero de clavos de dos, tres y cuatro pulgadas, un martillo y una lágrima de cristal, de esas que solo Dana, cuando estaba enamorada sabía llorar y que solo Roberto había visto, porque ni a Fernando le habían correspondido.

Foto: http://www.noticiasandroid.net

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