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El tren había partido hacía más de seis años, en él iba su esposo y otros seiscientos esposos, hijos, padres del pueblo, el objetivo, uno solo, representar a su nación, defenderla.
Maria desde el día en que Juan, su esposo, partió, se sentaba con su vestido de flores, sus medias veladas negras, sus zapatillas de charol rojo y su cabello castaño ondulado bien brillante o como una pequeña cola con una flor que le hiciera juego en la banca de la, en el brazo llevaba una canasta de mimbre, llena de sanduches de mermelada de mora y mantequilla con sal, otros de jamón y queso, jugo de naranja y dos manzanas, todo muy fresco, como le gustaban a su esposo.
Trenes llegaban a diario, abordaban y desabordaban a centenares de pasajeros de todas las edades, varios de los que se habían ido con Juan ya habían regresado, es más ya habían abordado y desabordado miles de trenes ahí, en esa misma estación, con sus familias, solos, con el mismo uniforme, con sus armas, con sus bolsos de viaje, algunos se habían convertido en grandes empresarios, y Maria aún seguía esperando. Todos iban y volvían, y María, seguía esperando.
La guerra terminó, los soldados con sus trajes camuflados y sus cuerpos mutilados regresaron a sus casas, los que habían conocido a Juan, los que habían partido con él, los que habían peleado con él, vieron a María sentada, mirándolos sonriente, con su cara un poco más vieja, habían sido siete años de guerra, los estragos del tiempo se veían en todo su rostro, sobre todo las noches que lloraba porque Juan no regresaba.
Maria se paró de la banca, la canasta quedó allí descansando. Uno a uno contó a los soldados que descendían del tren, uno a uno los miraba a la cara, uno a uno veía como se besaban con sus esposas, uno a uno miraba como saludaban a sus hijos con un sacudón en el cabello y un abrazo, cómo los cargaban. Sólo faltaba Juan.
Fue ahí, en ese instante, cuando ella dio los primeros tres pasos que la alejaban de la banca por primera vez en dirección a un tren luego de siete años, cuando el batallón se dio cuenta lo que pasaba. Las trompetas sonaron, la guardia se paró firme, en filas, se miraron unos a otros, llevaron sus manos en forma de visera para rendir un honor. Alguien gritó desde un costado.
-Un saludo a nuestro Coronel Juan Luis Gómez.
Del tren empezaron a sentirse varios pasos, fuertes, asi como el cuerpo de Juan. Maria sonrió, lo vería por fin. Pero del vagón, ese que estaba frente a ella, empezaron a bajar cuatro grandes militares con un ataúd. Uno de ellos se paró frente a Maria, le entregó la bandera, esa que él defendió hasta el último de sus días, ese día en el que la viruela, la que le acosaba desde hacía varios meses, le quitó la vida, porque quería volver victorioso a su casa, o si no, no volvería.
Maria tomó la bandera entre sus manos, sonrió, lloró. Sus labios rojos besaron el ataúd. Su esposo había vuelto, como un héroe, tal y como ella siempre lo vio. Pero que tuvo que dar la vida, para que el país lo valorara tanto como ella lo hizo sin que tuviera que hacer ese tipo de méritos.
Escrito por juansems 








