Penélope

noviembre 16, 2011

Foto: http://blogreflexionesdeundonnadie.blogspot.com/

El tren había partido hacía más de seis años, en él iba su esposo y otros seiscientos esposos, hijos, padres del pueblo, el objetivo, uno solo, representar a su nación, defenderla.

Maria desde el día en que Juan, su esposo, partió, se sentaba con su vestido de flores, sus medias veladas negras, sus zapatillas de charol rojo y su cabello castaño ondulado bien brillante o como una pequeña cola con una flor que le hiciera juego en la banca de la, en el brazo llevaba una canasta de mimbre, llena de sanduches de mermelada de mora y mantequilla con sal, otros de jamón y queso, jugo de naranja y dos manzanas, todo muy fresco, como le gustaban a su esposo.

Trenes llegaban a diario, abordaban y desabordaban a centenares de pasajeros de todas las edades, varios de los que se habían ido con Juan ya habían regresado, es más ya habían abordado y desabordado miles de trenes ahí, en esa misma estación, con sus familias, solos, con el mismo uniforme, con sus armas, con sus bolsos de viaje, algunos se habían convertido en grandes empresarios, y Maria aún seguía esperando. Todos iban y volvían, y María, seguía esperando.

La guerra terminó, los soldados con sus trajes camuflados y sus cuerpos mutilados regresaron a sus casas, los que habían conocido a Juan, los que habían partido con él, los que habían peleado con él, vieron a María sentada, mirándolos sonriente, con su cara un poco más vieja, habían sido siete años de guerra, los estragos del tiempo se veían en todo su rostro, sobre todo las noches que lloraba porque Juan no regresaba.

Maria se paró de la banca, la canasta quedó allí descansando. Uno a uno contó a los soldados que descendían del tren, uno a uno los miraba a la cara, uno a uno veía como se besaban con sus esposas, uno a uno miraba como saludaban a sus hijos con un sacudón en el cabello y un abrazo, cómo los cargaban. Sólo faltaba Juan.

Fue ahí, en ese instante, cuando ella dio los primeros tres pasos que la alejaban de la banca por primera vez en dirección a un tren luego de siete años, cuando el batallón se dio cuenta lo que pasaba. Las trompetas sonaron, la guardia se paró firme, en filas, se miraron unos a otros, llevaron sus manos en forma de visera para rendir un honor. Alguien gritó desde un costado.

-Un saludo a nuestro Coronel Juan Luis Gómez.

Del tren empezaron a sentirse varios pasos, fuertes, asi como el cuerpo de Juan. Maria sonrió, lo vería por fin. Pero del vagón, ese que estaba frente a ella, empezaron a bajar cuatro grandes militares con un ataúd. Uno de ellos se paró frente a Maria, le entregó la bandera, esa que él defendió hasta el último de sus días, ese día en el que la viruela, la que le acosaba desde hacía varios meses, le quitó la vida, porque quería volver victorioso a su casa, o si no, no volvería.

Maria tomó la bandera entre sus manos, sonrió, lloró. Sus labios rojos besaron el ataúd. Su esposo había vuelto, como un héroe, tal y como ella siempre lo vio. Pero que tuvo que dar la vida, para que el país lo valorara tanto como ella lo hizo sin que tuviera que hacer ese tipo de méritos.


A tu regreso

julio 22, 2011

Foto: http://laloncheria.com/

La gira europea de ella había terminado. Volvía a Granada después de un mes de estar tocando en diferentes escenarios y ahora lo único que quería hacer era conectarse y encontrarme en el chat, contarme sus aventuras y las historias que traía guardadas en su chelo.

Descendió del avión, encendió su celular y lo primero que buscó fue mi nombre en la lista del chat. No estaba. Su cabeza se agachó, un poco aburrida, fue a esperar en el puente aéreo a que llegara la maleta de ese mundo donde todas se encuentran, se saludan y vuelven a sus dueños.

Ella tomó la maleta por la agarradera, con todas las pegatinas de cada una de las ciudades que había visitado, iniciales que para muchos podría ser la primera vez que se leían, pero que a ella ya se le habían vuelto costumbre. Su chelo, fue el último en llegar; cuando estuvo listo entre sus manos, agarró su maleta gigante y su instrumento y empezó a caminar en dirección a la salida, allí donde esperaba ese mar de carros amarillos, todos como buitres, esperando ser abordado por algún turista incauto o una chica bella como ella, para hacerla recordar el cambio de mundo.

-¿Le puedo colaborar con algo señorita?- le pregunté.

-No, gracias, estoy muy bien- respondió ella.

-Yo la veo muy incómoda- le dije- déjate ayudar.

Ahí me tomé el atrevimiento de agacharme, agarrar el chelo por la manigueta y llevar mi bolso al hombro, ese con el que siempre viajaba y cargar con la otra ese sarcófago gigante.

-¿Cómo se le ocurre?- me dijo ella, pero se tuvo que tragar las palabras apenas me vio a su lado, con la gorra hacia atrás, la chaqueta negra y los zapatos verdes.

Le sonreí.

-¿Qué tal el viaje?- le pregunté.

No atinó a decirme nada, se colgó de mi cuello, me brindó un abrazo profundo y me besó, me sorprendí. Nunca habíamos estado juntos, pero habíamos estado tan cerca que podíamos respirar lo que hoy respirábamos.

-¿A qué has venido?- preguntó ella.

-A nada, a pagar un viaje que debía- Respondí.

-¿Y eso?- Volvió a preguntar.

-Que le debo una tarde de frío caminando por la gran manzana a la mejor chelista de Granada.

-¿Pero no estás muy lejos de casa? ¿Cómo supiste cuándo llegaba? Además, lo del viaje cómo lo vamos a hacer ¿Ya tienes la visa?- se llenó de preguntas.

-Eso no importa hoy, es simple, cásate conmigo, como lo dijiste la otra vez- le dije.

-Pero es la primera vez que vamos a salir juntos, deberíamos conocernos- me dijo.

-Para conocernos tenemos toda la vida, ven. – le respondí.

Le dí un beso y la llevé a la capilla del aeropuerto, allí el sacerdote del terminal aéreo nos esperaba. Su hermana estaba parada a un lado, una persona que encontré en la sala de espera al otro, ambas nos servirían de testigos.

-Pero no me he organizado- dijo.

-Todo lo que tenías que organizar ya lo hice yo- le respondí

Ella sonrió, caminó de mi mano al altar, allí de rodillas, ambos dijimos el sí, el padre dio la bendición y del bolsillo interior de  mi chaqueta saqué los tiquetes. Dos, con ida en unas dos horas hacia Nueva York. Donde hoy en día estamos, pero aún no sabemos si regresaremos. El chelo, lo llevó su hermana a la casa y aún tiene muchas historias que sacar de su interior.


Lamentos en el piano

julio 5, 2011

Foto: Archivo personal.

El cambio de ciudad le había llegado con el tiempo, la soledad le agobiaba y no tenía nada más que hacer, papá y mamá habían muerto hacía mucho tiempo y ella, que hoy lo dejaba sentado en una banca de algún parque de Primavera, era lo único que tenía.

Con una maleta llena de recuerdos, un par de fotos y tres susurros que nunca quería dejar de escuchar, se embarcó a Quimbaya, la capital de Granada y allá trató de hacerse la vida.

Pegó carteles en cada poste, “Para ahogar mis recuerdos me vine a la capital y te voy a enseñar a interpretar los más profundos lamentos con el piano” firmaba cada cartel y dejaba el número de su celular para que lo llamaran.

Fue así como ella llegó a él, Andrea se llamaba. Timbró dos veces y con cada paso fue haciendo una melodía en el piso donde vivía él en la calle Arciniégas, él la sintió desde que en las escaleras empezó a dibujar el pentagrama con los tacones y esperó al otro lado de la puerta esos dos timbrazos que llegaron y lo llenaron de vértigo. La voz le había encantado. El acento de la gente de Quimbaya era algo que le atraía desde siempre y por eso, cuando la escuchó, la imaginó, joven, esbelta, sensual como su misma voz, de ojos claros y piel trigueña, cabello oscuro y una sonrisa gigante.

Se asomó por el ojo de la puerta y allí estaba ella, trigueña si, de cabello oscuro también, esbelta y joven también, los ojos eran oscuros, como las notas negras que se dibujaban en forma de notas por el papel que escribía. Se sonrió, se miró al espejo, acomodó bien su cabello y sonrió, abrió la puerta.

-Bienvenida- dijo.

-Gracias- dijo ella- ¿así que eres mi profe?, te imaginé más…

-¿Más qué?- dijo él.

-No sé, ¿Viejo?- respondió ella.

-Pues no lo soy, así que vamos a empezar con la clase.

La invitó a entrar, le ofreció algo de tomar y le preguntó si sabía algo de música, como la respuesta fue negativa, se dio a la tarea de empezar a explicarle lentamente todos los conceptos que tenía para ofrecerle, luego pasaron al piano y así, poco a poco ella se convirtió en su mejor alumna.

Ella, su mejor alumna, poco a poco lo invitaba a salir, a tomar algo, a teatro, a leer, a jugar, él aceptaba, se estaba enamorando de ella y tal vez era bien retribuido todo. Por eso decidió echar a la basura todo lo que traía de Primavera, con bolso y todo, y darse una oportunidad con Andrea.

Las invitaciones se hicieron cada vez más comunes, pasaban más tiempo juntos, es más, ella se quedaba a las clases de los demás alumnos.

Un día, cuando todo iba bien y habían pasado muchos meses, una llamada llegó al celular.

-Quiero recibir clases de piano- se escuchó al otro lado.

-Claro, la dirección donde puedes venir a recibirlas es…- dijo él y organizó una cita para el otro día.

Al otro día, cuando abrió la puerta y luego de haberse imaginado la voz de esta nueva alumna, no pudo creer lo que el ojo le mostraba, Uvita, desde Primavera había venido a buscarlo, no había recibido señales de vida de él y no pensó que fuera tan grave, así que decidió ir hasta donde estaba.

Luego de una larga conversación, lo convenció, él recogió todo lo que estaba en la basura y decidió volver a Primavera, con Uvita, mientras Andrea, tal y como se lo había prometido el cartel, aun sigue en Quimbaya lamentándose en el piano y compartiendo el legado que su profe, ese con el que vivió sus mejores clases, le dejó como enseñanza.


El regreso

diciembre 22, 2010

Cargado de maletas

Foto: http://divagacionesnocturnas.blogspot.com/

-Estamos sobrevolando Primavera- dijo el piloto por el intercomunicador- Por favor abróchense el cinturón de seguridad, que estamos próximos a aterrizar.

Después de seis meses volvía a pisar su tierra, esa que lo vio nacer y crecer, donde había dejado su familia, su novia y todos sus amigos. Nadie sabía de su regreso, es más, había vuelto como sorpresa para ella, la mujer que lo había acompañado durante los últimos tres años y quien le había dicho que lo esperaría. Por eso, no había querido acabar la relación, pese a las explicaciones sobre la distancia y cuánto podría afectarlos a ambos estar separados durante esos tres años que él pasaría en Teutonia.

Hacía ya un par de semanas que no hablaban y por eso él había decidido darle la sorpresa, una visita que tal vez a ambos los alegraría, porque estar separados a la final era algo insoportable para ambos. Igual, él sabía lo difícil que era para ella cada momento lejos de él, además de las diferencias de horario y que cada vez extrañarlo se le hacía más insoportable, al menos eso le decía.

El taxi a casa estaba frío, silencioso, Primavera en seis meses había cambiado mucho, la gente andaba con miedo, la navidad estaba apagada, pese a ser veinte de diciembre, el sol brillaba frío, mucho más frío que en teutonia donde nunca calentaba y la radio sólo daba malas noticias.

Andrés, como diremos que se llama nuestro protagonista, llegó a su casa, dónde vivía con Carolina, como diremos que se llama ella, quien lo extrañaba. Pagó el taxi, bajó las maletas, se agachó, abrió la más pequeña y sacó de ella un peluche con una zarigüeya, una caja con chocolates y una postal que relucía por la nieve que cargaba en su interior. Sacó las llaves del bolsillo más pequeño del bolso e introdujo la amarilla en la cerradura de la puerta.

Giró la llave, cuando empujó para entrar, el calor de la casa se le aventó encima, él sintió el aroma que lo recibía y que tanto había extrañado. Miró en todo el primer piso y no encontró a Carolina. “Tal vez no está” se dijo a sí mismo. Entró a la cocina, la despensa estaba repleta, en la isla que servía de base para preparar muchas comidas y hasta de mesa del comedor, descansaban una botella de vino y dos copas. Andrés pensó lo peor.

Con rabia, empezó a subir las escaleras, buscó en cada una de las habitaciones. Pensó que si la traición había llegado, Carolina no sería capaz de cometerla en su dormitorio, pero mientras iba abriendo una a una las puertas de todos los cuartos y no encontraba en ninguno el rastro de ella, se dio cuenta que sólo en el dormitorio de ambos, podía ocurrir.

Allá deben estar, pensó. Mientras tomó el atizador de la chimenea, ya la ternura que cargaba antes de entrar, se había ido por la borda y sólo lo invadía la ira. Despacio fue acercándose, esperando que no se dieran cuenta de su presencia, llegó al umbral de la puerta, tomó aire, imaginando qué cuadro encontraría al otro lado, empujó con fuerza, la puerta no estaba cerrada. Ahí estaba, tiesa, intacta, límpida, mirándolo con los ojos perdidos en el vacío y vidriosos, con un papel en la mano, en él algo escrito y en el rostro de ella una última sonrisa, la cabeza se le había desprendido del cuello. No habían rastros de sangre, Andrés tomó el papel en las manos, no pudo contener las lágrimas.

Leyó la nota: Si vuelves, estoy donde mamá, disculpa, pero esperarte hizo que me bebiera la copa que había servido para ti. Carolina.

Soltó la cerámica que antes le había entregado la nota y salió corriendo a buscarla en casa de sus suegros.

 


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