El cantante

abril 9, 2012

Foto: Divine Void

Desde hacía dos años se venía ganando la vida cantando misas: Matrimonios y Requiems, su voz educada por la academia y un don que pasó por los genes de su madre le dieron la caracterización de ser uno de los mejores cantantes de la ciudad.

Desde hacía esos mismo dos años Mariana se había marchado de su vida, alegaba no ser capaz de tolerar el modo de vivir de un artista; donde había fines de semana que el trabajo y el dinero abundaban y otros donde se pasaban hasta meses sin que Jacobo, como se llamaba nuestro cantante, pegara trabajo. Así que sin nada que reprocharle y con el dolor del amor en el pecho, dejó ir a la que él había pensado, era la mujer de su vida.

Una tarde de martes, una llamada llegó al celular de Jacobo. Era la voz de un hombre, su tono lo hizo sentir joven; quería que el cantante hiciera su oficio en su matrimonio. Para ese tiempo, Jacobo ya era buscado por las altas esferas de la sociedad de Primavera y lo jugoso de la oferta y el lugar donde se iba a realizar la boda lo llevaron a aceptar.

Mariana y Julio eran los que se unían en santo matrimonio y como cada que escuchaba ese nombre femenino en una boda, Jacobo sintió que el corazón se le arrugaba, el estómago se le revolvía y sonreía con ironía. ¡Tanto amarla y tener que oficiar en la misa de matrimonio de ella, sería un golpe durísimo!

Dos meses después de ese contacto por celular, Jacobo recibió de nuevo una llamada de Julio, el novio. Era para informarle que la boda se oficiaría ese fin de semana. Jacobo sintió esa revoltura en el estómago, se acercaba el día y podría ser su Mariana, la del matrimonio ese sábado.

Sábado, tres de la tarde, con su piano, su mejor vestido, ese que se ponía cada que la mujer que se iba a casar se llamaba Mariana, su barba estaba bien arreglada y su voz perfectamente cuidada.

La iglesia era colonial, adornada con flores amarillas como a ella le gustaba. Empezaron las coincidencias. Julio llegó vestido de negro, impecable con su flor amarilla en el pecho. Los familiares del novio fueron llegando, todos impecables, los de la novia aún más, así era la familia de Mariana y hoy se comportaban tal y como Jacobo los recordaba.

La novia llegó a eso de las cuatro de la tarde, blanca como las nubes que tanto miraba Mariana en los prados de la finca donde acostumbraba pasar algunos fines de semana con Jacobo. El cantante sonrió irónicamente. No podía creer lo que estaba viendo: La mujer que más había amado estaba yendo al altar frente a él, pero con otro hombre.

La ceremonia inició. Jacobo sacó lo mejor de su voz, cerraba los ojos para no encontrarse la felicidad de ella. Aunque Mariana no lucía muy feliz, al menos no después de verlo con el piano que tantas veces interpretó para conquistarla.

Todo marchaba bien, el padre estaba a punto de declararlos marido y mujer cuando mencionó algo que ya casi en ningún matrimonio se mencionaba.

“Si alguien se opone a esta unión que hable ahora o calle para siempre”

Jacobo pensó: Yo me opongo, pero no lo dijo. La que sí lo dijo, fue Mariana.

-No puedo explicártelo- le dijo a Julio y salió corriendo delante de las caras de asombro de todos los invitados, incluso de Jacobo, que no lo creía.

Julio lloró, estuvo un rato sentado frente al altar, Jacobo guardó sus instrumentos, se acercó al novio y se despidió.

-Ya te pago- le dijo Julio.

-Tranquilo, ya me pagaste, relájate, no te puedo cobrar, no se pudo concretar tu boda así que por eso no puedo recibirte el dinero- le respondió Jacobo, le estrechó la mano y salió de la iglesia.

Cuando llegó a su casa, algo extraño se sentía en el ambiente. Un olor a Ralph Lauren inundaba la casa. Jacobo lo entendió: Mariana estaba en casa, no había botado la llave que él le había dado, es más había salido corriendo de la iglesia porque solo había alguien con quien siempre había querido casarse y ese era Jacobo.


A tu regreso

julio 22, 2011

Foto: http://laloncheria.com/

La gira europea de ella había terminado. Volvía a Granada después de un mes de estar tocando en diferentes escenarios y ahora lo único que quería hacer era conectarse y encontrarme en el chat, contarme sus aventuras y las historias que traía guardadas en su chelo.

Descendió del avión, encendió su celular y lo primero que buscó fue mi nombre en la lista del chat. No estaba. Su cabeza se agachó, un poco aburrida, fue a esperar en el puente aéreo a que llegara la maleta de ese mundo donde todas se encuentran, se saludan y vuelven a sus dueños.

Ella tomó la maleta por la agarradera, con todas las pegatinas de cada una de las ciudades que había visitado, iniciales que para muchos podría ser la primera vez que se leían, pero que a ella ya se le habían vuelto costumbre. Su chelo, fue el último en llegar; cuando estuvo listo entre sus manos, agarró su maleta gigante y su instrumento y empezó a caminar en dirección a la salida, allí donde esperaba ese mar de carros amarillos, todos como buitres, esperando ser abordado por algún turista incauto o una chica bella como ella, para hacerla recordar el cambio de mundo.

-¿Le puedo colaborar con algo señorita?- le pregunté.

-No, gracias, estoy muy bien- respondió ella.

-Yo la veo muy incómoda- le dije- déjate ayudar.

Ahí me tomé el atrevimiento de agacharme, agarrar el chelo por la manigueta y llevar mi bolso al hombro, ese con el que siempre viajaba y cargar con la otra ese sarcófago gigante.

-¿Cómo se le ocurre?- me dijo ella, pero se tuvo que tragar las palabras apenas me vio a su lado, con la gorra hacia atrás, la chaqueta negra y los zapatos verdes.

Le sonreí.

-¿Qué tal el viaje?- le pregunté.

No atinó a decirme nada, se colgó de mi cuello, me brindó un abrazo profundo y me besó, me sorprendí. Nunca habíamos estado juntos, pero habíamos estado tan cerca que podíamos respirar lo que hoy respirábamos.

-¿A qué has venido?- preguntó ella.

-A nada, a pagar un viaje que debía- Respondí.

-¿Y eso?- Volvió a preguntar.

-Que le debo una tarde de frío caminando por la gran manzana a la mejor chelista de Granada.

-¿Pero no estás muy lejos de casa? ¿Cómo supiste cuándo llegaba? Además, lo del viaje cómo lo vamos a hacer ¿Ya tienes la visa?- se llenó de preguntas.

-Eso no importa hoy, es simple, cásate conmigo, como lo dijiste la otra vez- le dije.

-Pero es la primera vez que vamos a salir juntos, deberíamos conocernos- me dijo.

-Para conocernos tenemos toda la vida, ven. – le respondí.

Le dí un beso y la llevé a la capilla del aeropuerto, allí el sacerdote del terminal aéreo nos esperaba. Su hermana estaba parada a un lado, una persona que encontré en la sala de espera al otro, ambas nos servirían de testigos.

-Pero no me he organizado- dijo.

-Todo lo que tenías que organizar ya lo hice yo- le respondí

Ella sonrió, caminó de mi mano al altar, allí de rodillas, ambos dijimos el sí, el padre dio la bendición y del bolsillo interior de  mi chaqueta saqué los tiquetes. Dos, con ida en unas dos horas hacia Nueva York. Donde hoy en día estamos, pero aún no sabemos si regresaremos. El chelo, lo llevó su hermana a la casa y aún tiene muchas historias que sacar de su interior.


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