Sinfonía de tacones


Foto: http://www.terra.com/

Se bajó del colectivo, dio tres pasos, escuchó a un hombre que decía la hora en la tienda a su lado izquierdo y empezó a subir las escaleras para llegar al metro. A su alrededor, empezaron a sonar tacones, gruesos, delgados, altos y bajos, mujeres grandes, otras pequeñas, de olores fuertes o a suave menta, unas con afán, otras con tranquilidad, con compañía o solitarias, que bostezaban, que masticaban, bolsas en las manos, con más de dos bolsos y Javier escuchando.

Cada que llegaba a la estación, caminaba y se inventaba acordes y melodías con cada uno de los tacones que escuchaba.

Pero esa mañana, después de escuchar la hora que decía el hombre de la tienda que quedaba a su lado izquierdo antes de subir las escaleras, algo fue diferente.  Un taconeo más lento, más sensual, más delgado, simple. Con un olor a uva en el cuerpo y a manzanilla en el cabello y un silencio intrigante, se movía con sus curvas y su bolsa de alguna tienda de zapatos llena de algún documento que tuvo que revisar en su casa en la noche, porque el tiempo en la oficina no le alcanzó y tendría que entregarlo a primera hora.

A Javier lo atrajo el olor de ella, pero sobre todo su taconear, un paso, dos pasos, tres pasos, la siguió, tic, tac, toc, sonidos distintos con cada paso, era diferente a todas las que pasaban por esa estación todos los días a esa hora en la mañana, la melodía de ella era distinta y él quiso escribirla.

La siguió, ella no llevaba ningún tipo de afán, por eso escribir varias melodías con su andar, era fácil, practicamente un prodigio para la música en tacones. Ella notó que alguien la seguía, se detuvo, Javier se la llevó por delante.

-¿Por qué me sigues?- Preguntó ella.

-Me gusta como suenas- respondió Javier.

-¿Como sueno, cómo asi?

-Es que soy músico y encuentro melodías en cualquier parte. Y tus tacones son hoy esa parte.

Ella se sonrojó, Javier no la notó, estaba pendiente de cualquier movimiento de sus tacones, que se estaban moviendo suavemente en el suelo, casi que clavandose o atornillandose al piso, él escuchaba paciente y casi que saboreándose por el crujir del cemento en cada tacón.

-Mucho gusto, Andrea- le dijo la sonrojada que encontró en el misterio y la belleza de Javier un gran atractivo.

-Javier- Respondió él, mientras le estiró la mano- Una pregunta, solo una tengo.

-Dime.

-¿De qué color son tus tacones?

-Yo también me he preguntado eso, son como verdeaguamarina.

-Ah, o sea que los aguamarina sonarán distinto- dijo él.

-Y ¿Por qué lo preguntas?

-Es que yo no los puedo ver.

Ella se sonrojó aún más, por no haber entendido por qué la seguía por el sonido de sus tacones. Pero a partir de ahi empezó a conocerlo mejor y convertirse al final en su musa de Tacones, con los que Javier, hoy en día escribe su sinfonía, próxima a lanzarse.

 

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 36 seguidores